Nuestra vida en una vitrina

Libro Kentukis  - Lecturama

Kentukis

Samanta Schweblin

Literatura Random House, México 2019

Hoy al despertar, lo primero que hice fue abrir las persianas y estirarme. Mi vecina, cuya ventana de su cuarto queda justo enfrente de la mía, pensó que la saludaba y me correspondió. Luego bajé a la cocina para preparar el café, pero antes abrí todas las cortinas y persianas para dejar que la luz del sol iluminara de manera natural mi casa.

Debo decir que mi casa tiene amplios ventanales en la sala que dan hacia el exterior y que desde la cocina puedo observar y pueden observarme quienes transitan por la calle.

Mientras me preparaba el café, aún en piyama, algunos deportistas madrugadores me sonrieron como invitándome a dejar la modorra y seguir su paso de personas saludables. Otros vecinos que salieron a pasear a sus perros me dieron los buenos días y me sugirieron que agregara un poco de granola al yogurt que estaba por desayunar. Un par de niños que fueron a la escuela se rieron por mi despeinado. La vecina de la esquina se quedó viendo a mi pantalón de piyama y me dijo que tenía una peligrosa rasgadura a la altura de la ingle.

La culpa es en parte mía, yo dejé las cortinas abiertas a todas esas miradas curiosas para que pudieran conocer mi intimidad.

Acabo de leer la novela Kentukis de la escritora argentina Samanta Schweblin y me dejó pensando muchas cosas. Los kentukis son muñecos de peluche con cámaras en los ojos y ruedas que les permiten moverse, controlados a distancia por personas que pagan para ser observadores de otras vidas, las de quienes adquieren los muñecos. Es decir, a través del muñeco se establece un vínculo entre dos personas que no se conocen y que pueden estar en lados opuestos del mundo: observador – observado; amo (dueño de peluche) – ser (persona que maneja el peluche y observa la cámara).

Detrás de esta relación aceptada puede haber las más diversas motivaciones, algunas buenas, otras no tanto. Están los que adquieren el muñeco para sentir compañía, como un sustituto de mascota al que no hay que alimentar, basta con dejar el cargador al alcance del muñeco. Por otro lado están quienes adquieren la conexión para observar a través de los ojos del muñeco y así conocer otros lugares del mundo y contactar con personas de otras culturas. Digamos que ambos son el lado bueno de la moneda. Por otro lado, hay quienes adquieren el muñeco para exhibirse y dar rienda suelta a su sadismo reprimido. Otros compran la conexión para fisgonear, tratar obtener datos personales de los amos y después extorsionarlos. Este es el lado perverso.

Y en este vínculo admitido por observadores y observados hay un tercer actor que nunca se menciona en la novela: el que produce los kentukis y que se enriquece por dos vías. Y esa fue una de las reflexiones que me detonó el libro, los grandes corporativos a quienes entregamos libremente nuestros datos personales para que conozcan nuestros gustos, nuestros patrones de consumo, los lugares que frecuentamos y dónde vivimos. Somos nosotros mismos quienes abrimos las cortinas de nuestra casa-escaparate.

Kentukis es una novela que habla de la invasión a la intimidad, de la violación de la privacidad, de la necesidad de vínculos afectivos, de vouyerismo, de los huecos en la ley que permiten que la tecnología y el acceso a la información se usen de manera maliciosa.

Este es el tercer libro que leo de Samanta Schweblin: el primero fue Distancia de rescate; el segundo Siete casas vacías. Los dos lecturas me sacudieron y esculpieron un altar para la autora entre mis escritores favoritos. Debo confesar que tenía un poco de recelo acerca de Kentukis, sobre todo porque cuando recién se publicó el libro (2018) hubo una gran campaña de publicidad: The New York Times en español lo calificó como uno de los diez mejores libros de ficción del año. The Guardian calificaba a la autora como una de las 50 mejores voces nuevas de la ficción. Dejé pasar casi tres años para leerlo y mi temor se vio más o menos validado, es decir, me gustó, pero no tanto como los dos libros anteriores.

En el libro, los kentukis se vuelven tan populares que se pueden encontrar en cualquier lado. La propaganda publicitaria, que es un tema apenas mencionado, creó una falsa necesidad entre los consumidores que se volcaron a comprar muñecos o conexiones para observar. Yo, al ver que se le hacían tantos elogios a la novela, corrí a comprarla aunque la dejé reposar. El altar para Samanta Schweblin sigue en pie, pero quizá todos terminamos siendo víctimas de la mercadotecnia.

¿Comer o no comer? Ese es el dilema.

Cadáver Exquisito (Premio Clarín 2017) / Tender Is the Flesh: Bazterrica,  Agustina: Amazon.com.mx: Libros

Cadáver exquisito

Agustina Bazterrica

Alfaguara, España, 2019

El fin de semana pasado tuvimos un asado en familia: solo mi esposa, mi hija y yo. No es recomendable tener invitados en esta época de pandemia. El menú: unos vegetales a las brasas, unas quesadillas y un sirloin bien cocido. No me gusta el sabor de la sangre, por más que me digan que soy un criminal de los asados.

Después del postre hicimos la sobremesa. Comentábamos que a las brasas todo sabe bien, hasta los duraznos y la piña en almíbar. Después de recoger la cocina, aún quedaba un trozo de domingo para descansar y distraernos. Cada uno nos refugiamos en un rincón de la casa con su pasatiempo favorito. Yo seleccioné un libro que me recomendó Melina desde Mar del Plata: El cadáver exquisito de Agustina Bazterrica.

El título me sonaba a esa técnica usada por los escritores surrealistas, como una especie de juego en la que varios participantes armaban una historia. Consiste en que el primer participante comienza a escribir una historia en un papel y después de un cierto tiempo se detiene y le pasa la hoja al siguiente participante. Este no puede leer más que la última frase escrita por su antecesor y debe continuar la historia sin más información que esa. Y la hoja va pasando de mano en mano hasta que al final queda una historia hecha de retazos, como una quimera literaria.

La novela de Agustina Bazterrica nada tiene que ver con el pasatiempo surrealista.

Cadáver exquisito nos traslada a un mundo distópico en el que un virus mortal que afecta a los animales se contagia a los seres humanos. Con la finalidad de contener la transmisión del virus, es necesario sacrificar a todos los animales en cautiverio, incluidos animales de granja, de zoológicos, mascotas y en lo posible cazar a todos los animales libres. Hasta aquí, la distopía no está tan alejada de la realidad actual y 17 millones de visones sacrificados en Dinamarca a causa del Covid-19 son una muestra de ello.

Los seres humanos sobrevivientes al virus mortal siguen teniendo la necesidad de incluir carne en su dieta y, ante la falta de otra fuente calorías, se legaliza el consumo de carne humana. Cadáver exquisito se sitúa en ese tiempo en que las granjas que antes producían ganado vacuno, comienzan a producir la primera generación pura (PGP) de especímenes -está prohibido llamarle humanos. Afuera de los mataderos que antes se utilizaban para reses y puercos, y que ahora se usan para los especímenes PGP, viven los Carroñeros, grupos de personas que se conforman con los restos no aprovechables o con la carne echada a perder. Existe también una Iglesia de la Inmolación, que promueve entre sus feligreses el autosacrificio con la finalidad de que sus semejantes se alimenten de su propio cuerpo.

No voy a negarles que la lectura de este libro, merecedor del Premio Clarín en 2017, por momentos me dio retortijones. Era quizás el esfuerzo de mi estómago por procesar el sirloin a las brasas que dos horas antes había comido.

El estilo de la novela carece totalmente de ornamentos, cuenta las acciones sin entrar en tanto detalle en descripciones, casi como un guion cinematográfico. Aun así, provoca una profunda reflexión, casi una indigestión mental, sobre la destrucción que hemos hecho como especie, en este planeta. Hemos arrebatado el hábitat a muchas especies y las hemos extinguido; hemos creado una enorme desigualdad entre nosotros mismos; hemos agotado al planeta hasta llevarnos al borde de nuestra propia destrucción y todo con tal de perseguir ese modelo de consumo impuesto por el capitalismo.

¿Cuántos millones de reses se necesitarían para que toda la población del mundo pudiera comer carne diariamente? ¿Cuántos planetas se necesitarían para mantener esa producción de carne? No soy nadie para arrojar la primera piedra a los carnívoros, menos después de ese pedazo de sirloin bien cocido que clamaba venganza desde mi interior. Pero ¿y si todos, en la medida de lo posible, hacemos el esfuerzo de reducir el consumo? (Aplica igual para la carne o para cualquier producto).

Terminé la novela de Agustina Bazterrica con un remordimiento en mi estómago. Quienes me conocen saben que me gustan los libros que me hacen sufrir, éste sin duda lo recomiendo para eso. Sé que no soy el mismo después de su lectura y que sin duda seguirá dándome vueltas en la cabeza por mucho tiempo. Quizás hasta el próximo asado en el que me conformaré con los vegetales y las quesadillas.