El mal de Portnoy

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Phillip Roth

México, Penguin Random House, 2018

Alexander Portnoy confiesa a un psicoterapeuta sus desviaciones y cuál es el posible origen de ellas: el resentimiento hacia sus padres. Alex creció bajo una tradición judía que muchas veces le resultaba incomprensible y otras incoherente. Por un lado, su madre que todo el tiempo lo enaltecía por ser el niño más guapo e inteligente después era capaz de montarle un chantaje terrible y hasta de amenazarlo con un cuchillo cuando no quería comer. Su padre en cambio, que era una figura débil en la casa, era el encargado de inculcar los preceptos de la religión y era el primero en quebrantarlos.

Cómo resultado de vivir en una atmósfera asfixiante durante su niñez y adolescencia, en su juventud, Alex se rebela, intenta romper el lazo que lo ata a su familia y se convierte en depravado sexual.

Más allá de la parte porno y de las severas críticas a las religiones judía y cristiana -que a más de algún lector le podrían incomodar-, El mal de Portnoy es una gran novela que describe las consecuencias en el comportamiento de alguien que tiene una madre castrante y un padre oscurantista y que además carga con la culpa judeocristiana inculcada en casa.

Con esta novela, que tiene una clara reminiscencia a La metamorfosis de Kafka, Phillip Roth se consolida como uno de mis autores favoritos.

Este libro es parte de la tercia de Autores incómodos que seleccionamos para leer este mes en El Club de Lectura; los otros dos son Charles Bukowski con Mujeres y Michel Houellebecq con Plataforma.

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La indignación y la rabia

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Viaje a Yucatán II

John Lloyd Stephens

México, Ediciones Promo Libro

¿Alguna vez han estado a punto de dejar un libro por la indignación que les causa leerlo? Yo estuve a punto con El viaje a Yucatán II de John Lloyd Stephens. ¿Y porqué causaría indignación un libro que habla de viajes?

Quizás debo empezar diciendo que, hasta hace poco, era un necio que casi nunca abandonaba un libro. A pesar de lo sinuosa que pudiera resultar una lectura, yo me empeñaba en terminarla, pensando que quizás lo mejor estaba por venir. Y en algunas veces resultó así. Por ejemplo: El diario de un caracol (1972) de Günter Grass fue un libro pesado, poco interesante, ininteligible por momentos. Cada página llena de nombres y siglas sin significado para mí se volvía más fatigosa, y sin embargo seguí. Ya casi al final del libro, a manera de premio a la perseverancia, aparece un grabado de Alberto Durero llamado Melancolía, seguido de una disertación que valió la pena el tortuoso camino a través de más de 400 páginas.

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Ahora sigo siendo un necio y mi porcentaje de abandono de libros sigue siendo bajo. Hay quienes aconsejan que si llegas a la página 100 y no hay nada que te vincule al libro, lo dejes. Otros dicen que con 50 páginas es más que suficiente para saber cómo será el resto del libro. Pero no hablan para nada de cuáles son los sentimientos que provoca el libro que te orillan a abandonarlo. Podría ser la tristeza, el miedo, la rabia, la abulia y quizás la indignación.

John Lloyd Stephens (1805-1852) fue un explorador, escritor y diplomático estadounidense que en los años treinta del siglo XIX hizo varias expediciones a Centroamérica y el sur de México para explorar sitios arqueológicos. Documentó sus experiencias en Incidentes de viaje en América Central, Chiapas y Yucatán Vols. I y II, todos ellos con ilustraciones de Frederick Catherwood, quien lo acompañó en sus travesías. Sus relatos son tan interesantes que sirvieron de inspiración a Edgar Allan Poe. Como diplomático, Stephens desempeñó un papel crucial en la negociación y planeación del ferrocarril trans-ítsmico de Panamá. Mientras supervisaba la obra del ferrocarril, contrajo la malaria y aunque fue llevado a Nueva York para su tratamiento, no logró sobrevivir.

Con tales cartas de presentación, pareciera que la indignación no podría ser un sentimiento producido por sus libros. Sin embargo, lo es.

En alguno de los pasajes de Viaje a Yucatán II, Stephens relata como encuentra una pintura dentro de uno de los muros interiores de una pirámide. Llama al dueño de la finca y le pide que lleve a un cantero para que extraiga el muro. Pero como el muro con la pintura es tan grande, no puede salir por la puerta, por lo que pide que destruyan el techo y lo saquen por arriba. Finalmente, no pudo llevarse el muro por lo pesado que era y escribe “ojalá llegue otro compatriota que se lleve esa pintura a la National Gallery”.  John Lloyd Stephens, como muchos arqueólogos sin ética profesional, era un cazador de tesoros, un saqueador de templos y tumbas. Pero lo más indignante, es que el dueño de la finca accede a que se lleve lo que quiera.

Para sumar a mi indignación, Stephens se refiere en varias ocasiones a los habitantes de Yucatán, como una raza abyecta, ignorante, sucia y miserable, a la cual era fácil explotar. Un fragmento aquí para demostrarlo, en el que habla sobre los cultivos de azúcar:

“[…] la línea desde Campeche a Tabasco es muy buena para aquel cultivo, desde donde estará al alcance en los mercados extranjeros. Las principales ventajas consisten, primero en que no hay que emplear el trabajo de los esclavos y, segundo, en consecuencia, de que no se necesita el grueso capital para la compra de ellos. En Cuba y la Luisiana el plantador tiene que contar entre sus gastos el interés del capital invertido en la compra de esclavos y el costo de su manutención; mientras que en Yucatán no tiene que desembolsar ese capital: el trabajo del indio, según afirman personas competentes que lo han comparado con el del negro de Cuba, es el mismo que el de éste, y, dando ocupación constante a los indios, puede cualquiera procurarse el número que le apetezca a razón de un real diario, que es menos del interés del costo de un negro, y menos que el gasto de mantenerlo, aún cuando no costase nada”.

¿Cómo no llenarse de indignación al leer tanta voracidad y tanto desprecio por negros e indios? En ese punto estuve a punto de abandonar el libro. Una inmensa rabia contra el autor crecía en mi estómago. Pero como lo mencioné antes, sigo siendo un necio.

A pesar del enojo, seguí la travesía a través de la península, en una época en la que Santa Anna perdía gran parte del norte del país y contenía la revolución en el sur; aguantando el calor, las garrapatas, los mosquitos, la falta de agua y a veces de comida; y por otra parte, asombrándome con las estructuras mayas cubiertas de maleza, refrescándome en los cenotes que servían como única fuente de agua en zonas en las que no hay lagos ni ríos naturales, y maravillándome con todos los vestigios de una civilización que dominó la arquitectura, la astronomía (esto no lo supo Stephens), la escritura, la escultura y muchas cosas más.

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Y entonces descubrí que no todo mi coraje era producto de lo que escribió Stephens hace más de 170 años. El coraje era (es) principalmente porque la humillación del vecino del norte hacia todos los mexicanos, en especial a nuestros indígenas sigue presente. La indignación es porque han pasado más de 170 años y persisten la miseria, el analfabetismo y otras formas de ignorancia que vio el explorador estadounidense. El enojo es porque el servilismo y el sometimiento ante los norteamericanos han cambiado de forma, pero prevalecen. La rabia es porque gobiernos van, gobiernos vienen, cambian de color y de siglas partidistas, pero todos agachan la cabeza ante el Estados Unidos. La rabia crece por la iniciativa Mérida, por el acuerdo migratorio, por que siempre actuamos con la anuencia de su majestad o no actuamos; la rabia me ahoga porque somos humillados y además debemos estar agradecidos por sus empresas (las plantaciones de azúcar han dejado de ser redituables) y porque nos libraron de sus aranceles. La indignación es por ser un patio trasero.

Viaje a Yucatán de John Lloyd Stephens, es una excelente crónica de viaje que te transporta a otra geografía y otra época, pero hay que leerlo con un nudo en el estómago. Las maravillosas ilustraciones de Frederick Catherwood siempre ayudan a clarificar las descripciones y a veces sirven de oasis en medio de las quejas de Stephens. Es un libro recomendable para todos aquellos que, como yo, son arqueólogos frustrados y también para aquellos que quieren reflexionar sobre una realidad dolorosa de México.

 

En búsqueda del enemigo correcto

Philip Roth

Nemesis

USA, Vintage International, 2010.

Todos, al menos una vez en la vida, tenemos alguna guerra que enfrentar. Lo importante es saber identificar cual es nuestra guerra, escoger inteligentemente las batallas, identificar quién es el enemigo por vencer y después arrostrarlo – me encanta este verbo que ya está quedando en desuso.

Nemesis es una novela de Philip Roth publicada en el 2010, que habla sobre la epidemia de poliomelitis que, en el año de 1944, atacó un poblado de Newark, en especial a una comunidad judía.

Bucky Cantor es un profesor de educación física de la escuela en el barrio de Weequahic, y durante el caluroso verano de ese fatídico 1944, está a cargo del campo de juego. Él se encarga de organizar a los niños para formar los equipos de beisbol, les ayuda a perfeccionar los lanzamientos y la técnica de bateo, los cuida de cualquier accidente ocasionado por las actividades deportivas y se divierte jugando con ellos. Sin embargo, él hubiera deseado estar peleando en Francia junto con sus dos amigos de la infancia la guerra contra los nazis. Pero Bucky no fue aceptado en el ejército por su miopía, y eso lo excluyó de la guerra y le dejó, como premio de consolación, convertirse en profesor de educación física.

La novela inicia cuando Bucky y un montón de niños juegan beisbol en el parque y de pronto irrumpen dos autos repletos de adolescentes italianos que se bajan de manera amenazante y comienzan a decir que van a propagar la polio entre los judíos como venganza. Cantor, de manera inteligente, se pone al frente de los niños y comienza a dialogar con los italianos, les dice que se vayan, que dejen tranquilos a los chicos o de lo contrario tendrá que llamar a la policía. El grupo de italianos cada vez más alterado, escupe cerca de los pies de los niños escudados detrás de Bucky, y él con una tensa serenidad, ordena a uno de sus niños que hable a la policía. Finalmente, los italianos ceden y se retiran. En esa ocasión Bucky decidió que esa no era una batalla que debía pelear, sin embargo su guerra apenas comenzaba.

A los pocos días del incidente con los italianos, dos de los niños que jugaban en el parque caen enfermos de polio: uno de ellos muere al día siguiente y el otro unos días después. Ni las autoridades del pueblo, ni los doctores tienen idea de qué hacer, no saben qué es lo que contagia la polio y no quieren tomar decisiones que hagan entrar en pánico a la población y sólo recomiendan que se incrementen las medidas de higiene. Pero los casos de niños infectados se multiplican.

Uno de los episodios más desgarradores de la novela, sucede durante el sepelio de uno de los niños muertos. La pérdida de un hijo expresada por un padre es capaz de estremecer a cualquiera, de cimbrar los cimientos de nuestras creencias, y eso es algo que sin duda marca al profesor Cantor.

Otro personaje importante en la novela es Marcia, la novia de Bucky Cantor, quien lo convence de que se vaya al campamento Indian Hill, en donde podrá tomar distancia de lo que ocurre en su comunidad, tener el empleo de encargado de los clavados y natación, y sobre todo podrá pasar tiempo con ella. Bucky, a pesar de que le preocupa dejar sola a su abuela, acepta mudarse, con la idea de proponerle matrimonio a Marcia por el amor a ella y el cariño que siente por toda su familia – es importante este detalle, pues él no tuvo una familia tradicional: su madre murió en el momento en que él nació, su padre que era un ladrón no lo reconoció, y él se crío con sus abuelos.

Ya estando en el campamento, la vida de Bucky y la novela dan un nuevo giro inesperado: la polio se hace presente en el campamento. Uno de los instructores con el que había convivido con Cantor durante sus primeros días es hospitalizado y esto desata nuevamente una batalla interna en el protagonista.

La verdadera guerra de Bucky Cantor es una guerra contra sí mismo, contra el remordimiento de haber huído de Weequahic, de haber abandonado a sus niños; una confrontación contra sus propias creencias, contra un dios que no le permitió ser un héroe de verdad y pelear contra los nazis, contra un dios que toma la vida de niños inocentes y que destroza familias; su lucha es contra el dios malvado que creó una enfermedad que cuando no mata deforma el cuerpo de por vida; un enfrentamiento contra el dios que lo usó a él como instrumento de destrucción.

La némesis es el agente inescapable que provoca la caída de alguien, el archienemigo que no se puede vencer. Podríamos pensar que en el caso del protagonista, ese agente fue la polio para la cual no hubo una vacuna sino hasta 1955 y que se comercializó hasta 1961. Quizás la epidemia de polio sólo fue algo circunstancial y el verdadero enemigo de Cantor era él mismo.

Nemesis es apenas la segunda novela que he leído de Philip Roth, y me dejó un gran sabor de boca – a pesar de la temática tan dramática. La primera fue La conjura de América, que también me impresionó gratamente. Será un autor al que vuelva a recurrir en un futuro, quizás con The human stain que ya se encuentra en mi antibiblioteca. Roth ha sido dos veces ganador del Premio Pulitzer y de una gran cantidad de premios más que lo hacen ser un autor que todo ávido lector debería leer.

Recomiendo Nemesis especialmente a aquellos lectores que disfrutan de personajes con una psicología compleja, que disfrutan de los dramas y las historias trágicas. En inglés, para quienes no somos angloparlantes puede significar un reto extra, aunque su escritura no es muy complicada.