Estampas grises de un pueblo rumano

En tierras bajas by Herta Müller

My rating: 3 of 5 stars

Creo que el estado de ánimo es un factor que en ocasiones encauza las lecturas y permite una mejor recepción o reticencia de la novela en cuestión. Al final no es culpa de la obra; se dice que una vez que sale del autor, la novela le pertenece al lector. En esas ocasiones, un gran trabajo literario puede no ser apreciado en su totalidad, o al contrario, tener la ligereza de espíritu para lograr una empatía más fácil con la lectura.

Mi caso particular es que estaba de muy buen humor los últimos meses, y las lecturas sombrías o excesivamente dramáticas no encajaban en mi actual ánimo.

Herta Müller logra estampar grises postales de un pequeño pueblo rumano bajo la dictadura de Ceaucescu, utilizando sus recuerdos infantiles de la región donde creció. A través de los ojos infantiles de una pequeña niña, vemos la interacción en el pueblo y la opresión que se siente en el ambiente. De una manera sutil, vemos la pobreza extrema en la que se encuentra la familia, llegando al punto de reutilizar el agua para poder bañarse, siendo el primero el más afortunado, y el abuelo quedándose con la peor parte.

Encontramos también un pueblo donde el alcohol parece ser el único medio de escape de la realidad. Padres que terminan borrachos y que rompen las ilusiones de convivencia con sus hijos, con un grado de incomunicación marital que resulta de lo más común y normal en ese ambiente.

Observamos también como se vivía en ese pueblo, donde los animales tenían que pasar por una autorización expresa del gobierno para poder sacrificarlos. Aunque la familia se muriera de hambre, sin el permiso, no les estaba permitido alimentarse del animal. Se tenía que recurrir que falsos accidentes con el fin de obtener la tan ansiada autorización.

Un pueblo lleno de gente sin esperanzas, con una supervivencia diaria, con una aceptación del día a día. No por nada fue una obra prohibida, ya que denunciaba el lamentable estado los habitantes del régimen. Solo hasta que la autora pudo vivir en Alemania, fue cuando su obra se presento al mundo.

Ganadora del premio Nobel de literatura, su obra representa una voz de reclamo sobre los regímenes totalitarios de la Europa central.

Equiparable en cierta medida con Svetlana Alexiévich por las atrocidades de la guerra, o con Fernanda Melchor en Temporada de Huracanes por la pobreza de aquel pueblo y el comportamiento de su gente; es una novela que debe leerse anímicamente preparado. Recomendada para lectores nivel intermedio.

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Un poema viviente

El Levante

Mircea Cartarescu

España, Editorial Impedimenta, 2016

El año de 1987 trajo muchos cambios a mi vida. Al terminar la escuela primaria hice un viaje inolvidable; por primera vez me separé de mi familia para ir a la capital de la república, con un montón de chiquillos de todo el país, que igual que yo salían por primera vez de casa sin la protección de los padres. Conocí Teotihuacán, el Palacio de Bellas Artes, el bosque y el Castillo de Chapultepec, el Museo de Antropología, Reino Aventura, y fui a la entonces residencia del presidente de México: Los Pinos. Fue un recorrido a través de la historia de mi país y hasta cierto punto fue como eclosionar hacia una vida un tanto más independiente: la adolescencia.

En ese mismo año, al otro lado del mundo, en Bucarest, un profesor de literatura llamado Mircea Cartarescu, comenzó la monumental tarea de escribir una epopeya que narrara la historia de su patria: Rumania.

En la cocina de un departamento sin calefacción, mientras mecía a su hija recién nacida, Cartarescu se sentó frente a su máquina de escribir e inició un texto en verso tan ambicioso que cobró vida. Su idea original era hacer una crónica sobre la convulsionada historia de Rumania, incluyendo el período dictatorial de Ceausescu que gobernaba por aquel entonces. Poco después pensó en hacerlo una parodia de los poemas épicos, algo así como lo que intentó Cervantes con las novelas de caballería cuando escribió El Quijote. El resultado fue similar al que tuvo Cervantes: el libro se ha tomado tan en serio, que se considera uno de los libros de poesía más importantes de Rumania.

Cartarescu, después de muchos esfuerzos y dificultades, terminó este libro dos años después y lo tituló El Levante. Desconozco cuanto tiempo tardaron en publicarlo en Rumania –supongo que fue hasta después del triunfo de la revolución y la caída de Ceausescu-, pero sé que el original sufrió muchas modificaciones, para que pudiera ser publicado como una novela. La traducción al español por Marian Ochoa de Eribe llegó muchos años después, publicada por Editorial Impedimenta y es un libro bellísimo de pasta dura que nunca tuve en mis manos. (Es el primer libro digital que leo y aunque la experiencia de leer en este formato no fue tan mala, aprovecho el espacio para quejarme de que los libros de esta editorial son bastante caros en México).

El libro comienza con la historia del poeta Manoil que navega por el Mediterráneo y se encuentra con el temible pirata Yogurta. Tras el abordaje de los corsarios al barco del poeta, Manoil le dice a Yogurta que conoció a su hijo mientras estudiaba en Cambridge y terminan haciéndose amigos. Así comienzan un viaje en el que van conociendo a varios personajes que se les suman con el fin de derrocar a la tiranía en Rumania: un espía llamado Languedoc Brillant; Zotalis, el líder de los gitanos; Zenaida, la bella hermana de Manoil y el inventor Leónidas Antropófago. Todos ellos viajan a veces surcando el mar, a veces el cielo en zeppelin, y otras a pie a través de las tierras de Cárpatos.

La novela tiene un lenguaje profuso -a veces inalcanzable si no se tiene un diccionario a la mano- y una prosa poética que dan ganas de dejarse acariciar por sus palabras aun cuando no se tenga un conocimiento del contexto histórico. Además, cuenta con numerosas referencias literarias y en sus páginas podemos encontrar los nombres o las huellas de autores como Borges, Luiggi Pirandello, James Joyce, Faulkner, Góngora, Maquiavelo y otros más.

Pero quizás lo que hace más alucinante la novela, son las escenas inesperadas en las que el propio autor interviene en el relato. En el Canto Quinto, aparece de pronto un ojo en el cielo, que no es el ojo de Dios sino el del propio autor que se asoma a las páginas de su obra, y deja a todos los marinos sorprendidos y paralizados. En el Canto noveno, hay una lucha entre el poeta y el autor mientras este último dice “Ay, poeta, soñador, señor, porqué me habré puesto a escribir esta historia, en qué estaría pensando, cuando todos están locos por la actualidad, cuando se escribe poesía de la realidad, cuando la poesía que baja a la calle, cuando todo mundo se ha cansado de metáforas, de imágenes, del estilo recargado de adornos, filigranas, arañas diablos, solo me hacía falta una epopeya oriental que me tenga paralizado dos años y que, sí, que me reportará, si se publica algún día, sólo comentarios irónicos…”.

Los personajes, a pesar de ser solo tinta y papel, están tan vivos que son capaces de intervenir la obra, meter al autor al relato mientras la máquina de escribir sigue tecleando de manera autónoma, pelear con él e incluso visitarlo en su propia casa.

La odisea de Cartarescu al escribir El Levante, al igual que la de sus personajes, fue una aventura fantástica que le transformó la vida. Viajó por la historia de su país y lo reinventó, y al terminar de escribirlo se despidió de él con mucha nostalgia. Al igual que yo me despedí de la infancia, después de aquel lejano viaje de 1987.