La huella en el alma

La verdadera vida de Sebastian Kight

Vladimir Nabokov

Editorial Anagrama

Algo que caracteriza a los grandes escritores es que, aún en textos que se consideran obras menores, podemos encontrar la huella de sus pensamientos y de su estética.

Un ejemplo claro es La verdadera vida de Sebastien Knight de Vladimir Nabokov, que cuenta la historia de un personaje en busca de testimonios que le ayuden a reconstruir la vida de su hermano muerto.

Los hermanos se separaron hace muchos años en París, después de haber huido de San Petersburgo por la Revolución Bolchevique. Tras leer la biografía escrita por el secretario de Sebastian, el protagonista se niega a creer que su hermano fue un escritor frustrado, gris, aburrido, solitario y antisocial; entonces decide lanzarse en la búsqueda de testimonios que le ayuden a confirmar o reivindicar la imagen que tiene de él. Esa pesquisa se convierte en la persecución de una amante de Sebastian de la que nadie tiene pruebas.

En esa trama aparentemente sencilla, está la huella de Nabokov: El exilio, las persecuciones, la sonoridad de las palabras y el indiscutible dominio del inglés que no fue su lengua materna pero sí la lengua en la que decidió escribir.

La verdadera vida de Sebastien Knight me recordó a otros libros que hablan de búsquedas o persecuciones, como Los Detectives Salvajes (Roberto Bolaño) y Luz Negra (María Gainza) y por supuesto Lolita, que aunque no comparten territorio en mi librero, si ocupan un lugar muy importante en la geografía de mis predilecciones literarias.

Otra característica que separa a los grandes escritores de quienes no lo son, es que a través de sus historias, remueven sentimientos e inseminan grandes ideas en las mentes fértiles de sus lectores.

La verdadera vida de Sebastian Knight me hizo reflexionar sobre los familiares y amigos a los que la vida y las circunstancias han separado de nuestro lado. ¿Cuánto tiempo efectivo nos queda junto a ellos? La reunión anual, las navidades, los festejos familiares y un puñado de momentos que conforme nos hacemos viejos, se escapan de nuestras manos.

Seguramente Nabokov no pretendía dejar lectores nostálgicos pensando en sus amigos y hermanos que están lejos; pero aún sin pretenderlo, sus palabras calan hondo y ahora extraño mucho a todos aquellos que han caminado junto a mí en algún tramo de la vida y que me han ayudado a forjar el ser que actualmente soy, todos aquellos que forman parte de mi alma.

“[…] el alma no es sino un modo de ser -no un estado constante- y cualquier alma puede ser nuestra si encontramos y seguimos sus ondulaciones.”

Lealtades que hunden o salvan

Las lealtades

Las lealtades

Delphine de Vigan

Anagrama, España, 2018

Hay muchos libros sobre los que puedo decir que me enseñaron a ver el mundo de distinta manera, otros  en los que descubrí pensamientos que ya me rondaban en la cabeza pero que yo no hubiera sido capaz de escribir de manera correcta; algunos me sorprendieron y otros más me dejaron pensando por mucho tiempo. Pero hay unos pocos, y puedo contarlos con los dedos de las manos, que al terminarlos me dejaron la piel de gallina.

Los que ahora me vienen a la mente son: Retrato de Shunkin de Junichirō Tanizaki; El jardín de cemento de Ian McEwan; Vida y época de Michael K. de J.M. Coetzee, La rebelión de los colgados de Bruno Traven y, el más recientemente leído, Las lealtades de Delphine de Vigan.

Quizás fue porque pude conectarme con esas historias angustiantes, quizás porque los autores lograron mantener la tensión en la historia hasta la última página, o tal vez fue el momento emocional en el que yo me encontraba, pero un escalofrío me recorrió al llegar al final de cada una de esas novelas.

Podría parecer que es una exageración mía, pero con Las lealtades de Vigan procuré dejar testigos y mostré la piel chinita de mis brazos a mi esposa y a mi hija.

Las lealtades cuenta la historia de Théo, un niño de 12 años que tras la separación de sus padres comienza a consumir alcohol como una manera de evadir su realidad. Théo está en custodia compartida de sus padres y tiene que vivir de manera alternada entre el mundo de su madre que está lleno de rencor contra su exmarido que la engañó, y el mundo gris y depresivo de su padre que se encuentra abatido después de que su amante lo dejó y él perdió su trabajo.

Quien descubre que algo va mal con Théo, es Hélène, su maestra de Ciencias Naturales, quien nota cansancio y un comportamiento extraño en su alumno, y entonces decide observarlo de cerca. Tan de cerca, que varios creen que es una invasión que no le corresponde como profesora. Hélène, a su vez, tiene un pasado terrible del que pudo salir adelante y por eso vuelca toda su preocupación sobre Théo.

Mathis es el único amigo de Théo y se ve arrastrado a ese peligroso juego de beber alcohol. La ventaja de Mathis es que Cécile, su madre, está más al pendiente de él. Sólo un poco, porque Cécile tiene otras preocupaciones, cómo la de estar casada con un hombre que creía conocer y que resulta tener una monstruosa personalidad que sólo muestra en las redes sociales.

Conforme leía esta novela pensaba en cuánta infelicidad puede haber en el mundo, cuánta infelicidad es capaz de soportar alguien. Imaginaba la infelicidad como un gran hoyo negro que lentamente devora todo a su paso, que engulle la risa, las ganas de vivir y arrasa con la vida propia y la de quienes están alrededor.

Théo buscaba una salida falsa para tratar de esquivar ese hoyo negro y se refugiaba en ese placer momentáneo que sentía cuando el alcohol entraba a su torrente sanguíneo.

Ninguno de los personajes de esta novela escapa a esa fuerza que los succiona hacia el abismo, y de la que la única forma de escapar es con ayuda de alguien que no solape y que se atreva a confrontarla. La autora nos asegura que las lealtades son “los trampolines sobre los que se despliegan nuestras fuerzas y las zanjas en las que enterramos nuestros sueños”.

No sé si todos los lectores hayan experimentado alguna vez esta cosa de la piel de gallina al leer un libro. Y estoy seguro que los libros que me lo provocaron a mí, no tendrán el mismo efecto en todos los lectores. Pero esos contados libros ocupan un lugar especial en mi memoria y los recomiendo ampliamente.

“Las lealtades son los lazos invisibles que nos vinculan a los demás –lo mismo a los muertos que a los vivos-, son promesas que hemos murmurado y cuya repercusión ignoramos, fidelidades silenciosas, son contratos pactados las más de las veces con nosotros mismos, consignas aceptadas sin haberlas oído, deudas que albergamos en los entresijos de nuestras memorias”. 

El poder hipnótico del mar

Océano mar - Baricco, Alessandro - 978-84-339-6749-7 - Editorial Anagrama

Océano mar

Alessandro Baricco

Anagrama, México, 2016.

El mar tiene un poder hipnótico, igual o más poderoso que el fuego. A la orilla del mar o en su interior han surgido tantas historias como alrededor del fuego. Agua y llamas secuestran nuestras miradas mientras nos revelan leyendas fantásticas.

Además, a diferencia del fuego, al que hay que alimentar para evitar que se extinga, el mar es perpetuo.  Su vaivén infinito nos arroja vestigios del pasado, residuos del presente y esperanza del futuro. Todo converge en el mar.

Tenía que ser una posada frente al mar, el lugar donde podían coincidir personajes tan distintos: una mujer bellísima a la que su esposo la envía lejos de su hogar con tal de separarla de su amante; un pintor que diariamente intenta pintar el océano y no lo logra por no encontrarle los ojos; un profesor que entre otras tareas imposibles, decide medir en dónde termina exactamente el mar; una chica que padece una rara enfermedad y que viaja al lado de un cura locuaz y ojo alegre.

La Posada Almayer es atendida por niños de costumbres extrañas: un niño que pasa el día entero sentado en el alféizar de la ventana de un cuarto que da a un acantilado y que puede saltar hacia ambos lados; un pequeño que le ayuda al pintor a localizar barcos en el horizonte para que puedan simular los ojos del océano; otro que le ayuda iniciar los sueños a uno de los huéspedes.

Pero quizá, la costumbre más extraña de los niños de la Posada Almayer sea la de salir a bailar a la playa, con lámparas, durante las noches de tormenta, para descontrolar a los barcos y que se estrellen contra los acantilados… después de todo, hay muchas islas que sobreviven gracias a los naufragios.

Todo eso ocurre en Océano mar, la novela del escritor italiano Alessandro Baricco publicada por primera vez en 1993 y que yo apenas descubrí a finales del 2020.

Aquí debo señalar que hasta ahora he leído 3 libros del autor y que ninguno me ha dejado imperturbable: o los amo o los padezco. Primero leí Seda (1996) y lo amé rotundamente; luego City (1999) y me costó trabajo llegar al final de sus páginas; Océano mar, es el tercer y me volvió a encantar. Su estilo nunca es el mismo. Como el agua del mar que nunca es la misma cuando nos moja los pies. O quizás somos nosotros los que cambiamos constantemente, y en cada libro que leemos somos distintos.

Además de estos personajes alucinantes que habitan en Oceáno mar, encontré una historia sobre una fragata francesa que encalló a varios kilómetros de costas africanas y que, al ser insuficientes las lanchas salvavidas, varios hombres y una mujer, tuvieron que subir a una balsa improvisada en la que padecieron horrores durante los días que estuvieron a la deriva.

La manera en que Baricco enlaza las historias es magistral, y nos lleva a través de una gama de emociones a las que es mejor no oponer resistencia, dejarse llevar como balsa a la deriva en medio del mar.  Si están dispuestos a iniciar esta aventura, prepárense para ir de la ironía a la melancolía, de la reflexión al embeleso en unas cuantas páginas. Uno de los mejores libros que leí el año pasado y lo recomiendo enormemente.

Aquí una de mis frases favoritas:

“He visto naves espléndidas luchando contra tormentas feroces, y he visto algunas de ellas rendirse y desaparecer entre las olas altas como castillos. Era como un duelo. Bellísimo. Pero la Alliance no ha podido combatir. Un final silencioso. Con un inmenso mar casi plano a su alrededor. El enemigo lo tenía dentro, no delante. Y toda su fuerza no valía contra un enemigo así. He visto muchas vidas naufragar de esa manera absurda. Pero naves, nunca.”

Un libro lleno de sabiduría

El libro vacío

El libro vacío

Josefina Vicens

Ediciones Transición, 1978, México

De lo bueno poco, dicen. Por eso Josefina Vicens (1911-1988) publicó sólo dos novelas (El libro vacío, 1958 y Los años falsos, 1982) y eso le bastó para ganarse un lugar muy importante en la Literatura Mexicana. Aunque además de estas dos novelas, también escribió varios guiones cinematográficos, cuentos y una obra de teatro.

Hoy hablaré de El libro vacío, aunque no contaré nada de su argumento, ni daré mi opinión, ni mencionaré el montón de resortes que hizo saltar en mi cabeza; simplemente compartiré algunas de las cápsulas de sabiduría que contiene esta novela, para que se presente por sí misma:

“Muchos años después la encontré en una cervecería. Por nada en el mundo la describiría aquí. Pero la sensación que experimenté me hizo comprender que solo en el cuerpo del ser profunda y largamente amado, no percibimos el paso del tiempo, y que el envejecer juntos es una forma de no envejecer. La diaria mirada tiene un ritmo lento y piadoso. La persona que vive a nuestro lado siempre está situada en el tiempo más cercano: ayer, hoy, mañana, y a estas distancias mínimas no pueden verse, no se ven los efectos de los años.”

Consejo de padre a hijo…

“[…] lo que tu sentimiento considera esencial, eso es lo esencial. No hagas caso de mis consejos; la experiencia está al final del camino, y yo no debo quitarte el gusto del camino, ni la triste riqueza que vas a encontrar cuando lo hayas recorrido. Porque la experiencia es eso: una triste riqueza que sólo sirve para saber cómo se debería haber vivido, pero no para vivir nuevamente. Yo podría protegerte, pero ¿te interesa mi protección? Lánzate a tu vida desnudo, inexperto, inocente. Y sal de ella maltrecho o victorioso. Eso, al fin y al cabo, es igual. Lo importante es la pasión que hayas puesto en vivirla.”

“[…] el mediocre puede ser también un triunfador, si por triunfo entendemos no sólo la brillante apariencia, la forma o la prosperidad, sino la paz íntima y la falta de avidez por los elementos estridentes que dan un suntuoso contorno a la existencia.”

Sobre el paso del tiempo y las hazañas que nos hubiera gustado hacer…

“No puedo hacer nada para que éstas se conviertan en realidad, por eso, porque el tiempo ya pasó. Antes, cuando aún no pasaba, yo no sabía que pasa tan rápidamente que ni siquiera lo sentimos, ni que después, cuando empezamos a notar su paso, es que ha pasado ya.”

Josefina Vicens: La escritura y el salto al vacío

Aunque el nombre de Josefina Vicens no sea tan resonante como el de otros escritores mexicanos, está grabado con letras de oro, al lado del de Juan Rulfo y Octavio Paz, en el firmamento literario mexicano y es bueno recordarla leyendo su obra.

Orgullo y prejuicio, un clásico que perdura

Orgullo y prejuicio (Austral Singular): Amazon.es: Austen, Jane, Vales,  José C.: Libros

Orgullo y prejuicio

Jane Austen

Editorial Austral

En una conferencia del Colegio Nacional de México, Christopher Domínguez Michael, el reconocido crítico literario, decía acerca de los libros que se consideran clásicos: “Los clásicos son aquellos libros que cada generación tiene en las manos por razones misteriosas. Porque el abuelo se lo recomienda al hijo y el hijo al nieto. Porque van persistiendo en el gusto del público; porque el propio público los va protegiendo. Y cada generación lo lee y lo interpreta de manera distinta.”

Definiciones más o definiciones menos, la realidad es que hay libros que por más que pasen los años, se siguen editando, reimprimiento, llevándose al cine, al teatro, se siguen analizando por los estudiosos y comentando entre los lectores. Uno de esos libros llamados clásicos es Orgullo y Prejuicio de Jane Austen.

Hace poco leí este libro que se publicó por primera vez en 1813 de forma anónima. Lo leí porque fue el pretexto para invitar a Romina Silman (su cuenta en Instagram: Leer.es.bonito) a grabar un podcast con 3C Libros y ella sugirió el tema.

No podré negar que tenía cierto prejuicio acerca de la obra: pensaba que iba a ser una novela con una visión muy femenina y anacrónica acerca del amor. A medida que avanzaba en las páginas, me daba cuenta de cuántas cosas nos perdemos por tener una preconcepción acerca de todo. Al llegar al final del libro pude decir, con un poco de orgullo, que vale la pena aventurarse, lanzarse al vacío de la lectura, en especial de un libro clásico que cuenta con una red de seguridad avalada por miles de lectores.

El libro me gustó mucho y dió para una larga plática entre amigos, de la cual les dejo el link para que la escuchen.

La aventura de esta lectura me dejó una doble recompensa: conocer la escritura de Jane Austen y tender las bases para una amistad que espero dure muchos años. Mil gracias Romina…

Primera parte del podcast dedicado a Orgullo y prejuicio de Jane Austen
Segunda parte del podcast dedicado a Orgullo y prejuicio.

La difícil tarea de ser madre

En «Mátate, amor» todo lo que se pudre forma una familia – Liberoamérica

Matate, amor;

Ariana Harwicz;

México, Dharma Books, 2019

Cuando pensamos en alguien que acaba de ser madre, viene a nuestra mente la ternura de los bebés, los brazos pachones y la piel lisa del pequeño, la temperatura caliente del cuarto en el que está la cuna, el aroma a talco. Quizás se cuele en nuestro recuerdo el olor a pañal usado y a leche materna; o las manchas en la cara y las estrías en la panza de la madre, huellas de un embarazo que es algo del pasado. Menos probable aún, es pensar en los desvelos, el cansancio acumulado, las ojeras, la depresión postparto, la desesperación de no poder hacer otra cosa que ser mamá de tiempo completo.

Por alguna extraña razón, recientemente han caído en mis manos muchos libros que hablan de la maternidad. Más precisamente, del lado B de la maternidad, ese que no tiene que ver con lo idílico sino con lo penoso de ser mamá. El más reciente de esos libros fue Matate, amor, de la escritora argentina Ariana Harwicz. No recuerdo de dónde escuché la referencia de este libro por primera vez, pero en la contraportada viene recomendado por Samantha Schweblin y eso ya es un sello de garantía.

Una mujer cansada de aparentar una vida feliz al lado de su bebé y de su marido sufre un golpe anímico. La depresión post-parto sumada a una insatisfacción sexual, intelectual, matrimonial y de vida en general, además de la sospecha de ser engañada por su marido, desencadenan un derrumbe emocional. La afectación en ella provoca que entre continuamente en desesperación con el bebé y que lo descuide.

“Pasé la mañana insultando al bebé. Le dije de todo menos lindo. Al bebé. Qué no le dije, lo recontra insulté. Una boca sucia de madre. Lo llené de agravios al pobre. Espero que no reconozca ninguna palabra, que más tarde repita delante de todos la concha de tu madre. Me miró diciendo: mamá, pis, y lo mandé a hacer pis solo, a que se alimente con sus propios medios. Ese domingo de invierno comenzó mal”.

A lo largo de la novela está siempre presente la sensación de que algo malo le va a pasar al bebé. No obstante, ella no es la única responsable del constante peligro que corre el niño, sino también el marido, el entorno y la sociedad en general que asumen que la madre es la única obligada a cuidar de los hijos.

En Matate, amor, hay una violencia soterrada que se asoma de vez en cuando y nos da pistas de las posibles causas que afectan la psique de la protagonista:

“Cada vez que lo miro recuerdo a mi marido detrás de mí, casi eyaculándome la espalda cuando se le cruzó la idea de darme la vuelta y entrar, en el último segundo. Si no hubiera habido ese gesto de darme vuelta, si yo hubiera cerrado las piernas, si le hubiera agarrado la pija, no tendría que ir a la panadería a comprar la torta de crema o chocolate y las velitas, medio año ya. Las otras al parir suelen decir, ya no me imagino mi vida sin él, es como si hubiera estado desde siempre, pff.”

Como parte de ese derrumbe emocional o liberación de la realidad, la protagonista da rienda suelta a sus instintos sexuales con un vecino que la observa. Esto hace que la lleven a un centro de rehabilitación psiquíatrico, diagnosticada como ninfómana.

Matate, amor, está situada en un ambiente rural, lleno de una bruma que hace un poco difusa la frontera entre lo real y lo alucinatorio, y que por lo tanto exige una mayor atención al leerse. Sin duda esta novela es un gran libro y lo recomiendo ampliamente a aquellos que ya tomaron una decisión acerca de ser padres o madres y no hay nada que los haga cambiar de parecer.

“Quiero ir al baño desde que terminó el almuerzo pero es imposible hacer otra cosa que ser madre. Y dale con el llanto, llora, llora, llora, me va a trastornar. Soy madre, listo. Me arrepiento, pero ni siquiera lo puedo decir. A quién. ¿A él sentado en mis rodillas, metiendo la mano en mi plato de restos fríos, jugando con un hueso de pollo? ¡No! Dejá eso que te atragantás. Le tiro una galletita. Me la devuelve. Tengo la boca llena de saliva, de migas. Tengo tomate pegado en mi brazo […] Soy madre en piloto automático. Lloriquea y es peor que el llanto. Lo alzo, le ofrezco una sonrisa falsa, aprieto los dientes. Mamá era feliz antes del bebé. Mamá se levanta todos los días queriendo huir del bebé y él llora más. Quiero ir al baño, pero ese cacareo interminable, esa queja, me lo hace imposible Qué quiere de mí. ¿Qué querés? No me deja dejarlo. Se arquea. Ayer tuve que ir a hacer con él, hoy prefiero hacerme encima”.

A propósito de epidemias

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA de JOSE SARAMAGO en GandhiEnsayo sobre la ceguera

José Saramago (Portugal 1922 – España 2010. Premio Nobel de Literatura 1998)

Imagina que un día cualquiera vas manejando tu auto, dirigiéndote a tu trabajo, te toca un semáforo en alto y justo en el instante en que la luz cambia a verde, te quedas ciego. Sufres una ceguera que lo envuelve todo con un manto blanco como la leche. Ante el caos que provoca tu auto que no avanza con el semáforo en verde se acercan varios curiosos para tratar de ayudarte y en medio del alboroto, un hombre se ofrece a llevarte a tu casa. Siguiendo tus instrucciones se dirige a tu domicilio, manejando tu auto; te ayuda a bajar del auto y llegar hasta la puerta de tu casa, luego te ayuda a abrir la puerta y hasta te ofrece hacerte compañía hasta que llegue tu esposa. Te niegas. Él se va, y se lleva tu auto.

Así inicia la novela de José Saramago que se titula Ensayo sobre la ceguera.

Al día siguiente, después de aceptar la pérdida de la vista de su marido y la el robo del auto, la esposa del ciego lo lleva al oftalmólogo para que le revise esa ceguera repentina. El doctor no encuentra nada mal en los ojos del paciente, es un caso extraño e inexplicable, lo manda a casa sin receta. Después de este paciente atiende a otros que estaban esperando. Ese mismo día, por la noche, el doctor pierde la vista. Su ceguera es blanca como la de su paciente.

Pensando en actuar correctamente, el médico avisa a las autoridades que están ante el posible brote de una epidemia desconocida. Una epidemia que causa una ceguera de forma repentina, pero no una ceguera normal que lo vuelve todo negro, sino una ceguera blanca. Las autoridades deciden ponerlos en cuarentena, la esposa del médico, que aún no ha perdido la vista, finge estar ciega para irse con él. Los aíslan en lo que antes era un manicomio, al médico y su esposa, al primer ciego, a otros dos pacientes que tuvieron consulta con el oftalmólogo y al ladrón del auto del primer ciego. Así empieza la epidemia.

Con 6 personas aisladas hay conflictos, pero la cosa es aún llevadera. Excepto por el ladrón que se trata de propasar con una chica que lleva gafas oscuras, pero recibe su merecido. Los soldados tienen orden de disparar contra los ciegos que se acerquen a la puerta, esto para proteger a los ciudadanos que se encuentran sanos en el exterior.

Poco a poco van llegando más ciegos al manicomio y las raciones de comida no alcanzan. El orden establecido por los primeros 6 pacientes se rompe completamente cuando en el manicomio hay más de 200 personas abandonadas a su suerte. Y entonces un ciego de nacimiento, que tiene ventaja sobre los otros porque ya está acostumbrado a no ver, impone la ley del más fuerte.

En esta novela se muestra claramente la transformación que tienen los personajes. Se puede ver como hay quienes buscan cooperar y otros que buscan imponerse. Puede notarse, también, como la búsqueda del bien común puede prevalecer en grupos pequeños, y cuando estos crecen el bien común ya no existe: la búsqueda de la sobrevivencia y el bien común se ven rebasados por la búsqueda de privilegios de unos sobre otros. Más comida para mí, menos responsabilidades para mantener el mínimo orden, y los demás que le hagan cómo puedan.

Las crisis siempre sacan lo peor y lo mejor de la humanidad.

Dentro de este marco que parece calamitoso y que augura un final trágico, aún existe la esperanza de que la ceguera será pasajera o que encontrarán una cura contra ella; esa ilusión es la que hace que el relato avance; siempre ha sido así, la esperanza ha hecho avanzar a la humanidad ante los desastres.

Esta novela tiene la huella inconfundible de Saramago. Los personajes no tienen nombres, hay un narrador que lo ve todo, incluso el pensamiento de los personajes, pero que no lo sabe todo de antemano, o por lo menos no lo revela anticipadamente. Los diálogos entre los personajes no tienen guiones y sin embargo, siempre se sabe quién habla.

Si pudiera pedir el deseo de escribir como yo quisiera, no dudaría en escoger la forma de escribir de José Saramago. Su inconfundible forma de narrar incorporando refranes y dichos populares, sus planteamientos filosóficos sobre las reacciones del ser humano ante las crisis y su humor satírico, lo han hecho uno de mis escritores favoritos.

Por lo general al terminar de leer un libro, comienzo inmediatamente con uno nuevo. A más tardar al día siguiente. Sin embargo, la sensación de ser un sobreviviente de la ceguera blanca me tenía tan perplejo que dejé pasar una semana antes de poder comenzar un nuevo libro.

Leer a Saramago te cambia la forma de percibir el mundo y esta novela en particular te estruja, te conmueve, te hace reír, te anuda la garganta, te deja en evidencia la fragilidad de los individuos. Las relaciones del ser humano con sus semejantes, con el mundo que lo rodea y hasta consigo mismo descansan sobre sobre una película de jabón que ante cualquier soplo se rompe y todo se viene abajo.

Quizás no sea una novela recomendable para leerse mientras se expande una pandemia por el mundo, sobre todo para quienes son muy susceptibles con sus lecturas. Por otro lado, si te gusta angustiarte con los libros que lees, como me pasa a mí, este es el mejor momento para leer Ensayo sobre la ceguera. ¡Empieza ya!

Argentina, tan lejos y tan cerca

Amazon.com: Una vez Argentina (Spanish Edition) eBook: Andrés ...Una vez Argentina

Andrés Neuman

Editorial Alfaguara, México, 2014

Una vez Argentina es como un álbum familiar en el que Andrés Neuman, a través de anécdotas, nos va describiendo su árbol genealógico.

Su bisabuelo Jacobo, un judío ruso, le robó el pasaporte a un soldado alemán y así adquirió el apellido Neuman. Se embarcó hacia Sudamérica huyendo de los pogromos. Allá conoció a su bisabuela Lidia, también emigrante, de origen lituano ella.

En esta parte, el libro me recordó el libro de Paul Auster, 4 3 2 1 que leí recientemente. En la novela de Paul Auster, el bisabuelo del protagonista también era de origen judío y viajó desde Rusia hasta Nueva York en busca de una nueva vida y en el camino adquirió, por casualidad, el apellido Ferguson. No dejan de maravillarme esas coincidencias en la literatura.

Regreso al libro de Andrés Neuman; este, además de ir contando la historia familiar de su autor, nos va contando la historia de Argentina, esta historia vivida en carne propia por cada uno de los protagonistas. La dictadura militar, la llegada de Raúl Alfonsín a la presidencia, la inflación incontrolable, el campeonato de fútbol en el 86, la guerra de las Malvinas y, por supuesto, los referentes literarios.

“Leía el diario en la casa de mi abuela Dorita. Las páginas centrales festejaban el triunfo de la selección en México. Según las crónicas, una mano divina había conquistado nuestro segundo Mundial, esta vez sin militares, y nos había devuelto las Malvinas. Maradona sonreía desde el Estadio Azteca, alzando la copa dorada como un brindis solar. Mientras buscaba alguna mención del Chino Tapia, me topé de improviso con la foto de un anciano entrecerrando los ojos. Me sorprendió que semejante vejestorio le quitara algo de espacio al fútbol. Era junio de 1986. Los restos del tal Borges descansaban en Ginebra”.

La manera de narrar de Neuman es tan natural, tan entrañable, que es imposible no verse reflejado en alguno de sus párrafos. ¿O será que su etapa de adolescente tímido me vino como un perfecto espejo literario?:

“Mostrar los pies me atemorizaba. Los pasos del pudor me llevaban a ocultarlo ante la vista ajena. ¿Ajena? Quizás los ocultaba de mí mismo.”

“Quise a una pelirroja que no supo que la quería. Ariadna. Admito que, con semejante nombre, hubiera debido sospechar. Pero a aquella edad no andaba uno sobrado de mitología.”

Además de estas citas, que ojalá hubiera escrito yo, viene una de las mejores descripciones sobre la vejez que jamás haya leído y que comienza así: “La vejez se convierte en una visión progresivamente incómoda para sus testigos, un futuro contagioso al que no conviene acercarse demasiado”.

Es imposible no pasar ir de un estado de ánimo a otro al leer éste libro. Además me llegó en un momento donde Argentina me parece más próxima que nunca. Tenía planeado viajar a Argentina el 22 de abril, y quería irme empapando del país sureño a través de su literatura.

Mi intención era pasar unos días en Buenos Aires y luego ir hasta la Patagonia. Pero este viaje estaba destinado a no ocurrir. Primero, enfermó mi mejor amigo con quien pensaba hacer este recorrido. Después, pasó por mi cabeza hacer el viaje en solitario y la pandemia del covid-19 me hizo desechar la idea. Lo dicho, este viaje estaba destinado a no ocurrir. No en este momento, pero presiento que, en un futuro próximo, Una vez Argentina.

Un gótico comtemporáneo

Image result for Las cosas que perdimos en el juegoMariana Enríquez

Las cosas que perdimos en el fuego

México, Editorial Anagrama, 2016

Las cosas que perdimos en el fuego llevaba más de un año en mi librero. No es que le estuviera sacando la vuelta o que estuviera esperando a que la autora ganara el Premio Herralde -lo acaba de ganar por su novela Nuestra parte de noche-, simplemente no le había podido llegar su tiempo. Por fin le llegó su momento y me ha impactado.

Mariana Enríquez ha desarrollado un estilo literario muy particular que se me ocurre llamar Gótico Argentino Contemporáneo -después me enteré de que le llaman Gótico Realista.

Sus historias no se sitúan en castillos medievales ubicados en lo alto de una montaña o en bosques oscuros, pero a veces se mencionan casas lujosas antiguamente que están localizadas en barrios bonaerenses venidos a menos, en los que el paso del tiempo y la falta de dinero para darle mantenimiento, han acelerado el deterioro.

En los cuentos de Mariana Enríquez podemos encontrar diferentes tipos de fantasmas. A veces, están aquellos entendidos como esas almas en pena que necesitan un acto reivindicativo para por fin descansar en paz -como El desentierro de la angelita, cuento publicado en la Revista Literaria Quimera. En otras de sus historias, aparece de manera subyacente el fantasma de la dictadura y el de la pobreza que igualmente asusta hasta a los más valientes.

Las cosas que perdimos en el fuego está formado por doce cuentos que no son precisamente de terror, pero vaya que dan miedo.

Un chico sucio no tiene elementos fantásticos, pero hay personas que creen en cosas fantásticas y que ponen un altar en la calle y le rezan santos delincuentes como El Gauchito Gil o San La Muerte, que al mexicanizarlo estaríamos hablando de El Santo Malverde y la Santa Muerte. Este es un relato ubicado en un barrio bravo de Buenos Aires, que anteriormente era de clase alta y en el que ahora lo único alto es la desigualdad entre las clases. En este relato, hay un niño que vive en la calle con su madre, que huele mal y causa lástima. Una noche, la protagonista lo invita a su casa -la casa antiguamente lujosa- le da de comer, le invita un gelato y pasan cerca de algo que parece un altar satánico. Ningún elemento fantástico, pura realidad hecha literatura.

La hostería nos traslada a una provincia argentina, un lugar al que los bonaerenses van a vacacionar. La hostería en la que se hospeda la protagonista anteriormente era un cuartel militar en el que, durante la dictadura militar de Videla, se encerraba y torturaba a los disidentes. En ese lugar los gritos de dolor y la violencia del pasado quedaron impregnados en las paredes y el terror no se olvida.  En este cuento encontramos elementos fantásticos con un sustento real y cargado de la historia de Argentina.

Los años intoxicados cuenta la adolescencia de tres amigas, desde 1989 hasta 1994. Nos habla de su amistad, del destrampe, de sus experiencias con las drogas (alcohol, marihuana, cocaína, ácidos) y las sitúa en un marco de pobreza, precariedad y abandono; la luz se iba por horas, no había comida y ellas eran flacas por no comer. Luego viene la ilusión de la recuperación económica -cuando la paridad del peso argentino y el dólar era 1 a 1. Además del ese trasfondo económico, está el social. Las chicas estaban a su suerte, nadie se preocupaba por ellas. Una de las chicas tenía llave de su cuarto para evitar que el padre, que siempre estaba borracho, se le metiera de noche. De manera tangencial, el cuento también habla del aborto ilegal.

Las cosas que perdimos en el fuego, cuento que le da nombre al libro, habla de una forma de “protesta” contra la violencia hacia las mujeres y también de un acto de sororidad. Una mujer en el subte, quemada del rostro y la cabeza, se sube a mendigar y saluda de beso a todos los pasajeros. Algunos al verla rehúyen y abandonan el vagón. Según ella, el novio le roció alcohol y le prendió fuego mientras dormía; el novio declaró que fue un accidente y ahora se encuentra libre. Víctima del novio y revictimizada por los jueces que no le creyeron. Igual al caso de ella, hubo otros casos, hasta que el hartazgo por falta de justicia las hace quemarse voluntariamente. Más mujeres solidarias se lanzan a la hoguera: si los hombres no eran capaces de respetarlas, vivirían con monstruos. ¿De qué otra manera podrían hacer patente la violencia que padecían? ¿De qué manera, en que fueran escuchadas?

“Por lo menos ya no hay trata de mujeres, porque nadie quiere un monstruo quemado y tampoco quieren a estas locas argentinas que un día van y se prenden fuego – y capaz que le pegan fuego al cliente también”. [p. 195]

Los relatos de Mariana Enríquez están llenos de una realidad actual e histórica, una realidad más bien maligna que a veces quisiéramos que no fuera real. Sin embargo, los diarios nos dicen que existen los rituales narco-satánicos, las desapariciones masivas, la drogadicción el abandono y la pobreza extrema, el aborto ilegal, los tipos que son capaces de arrojar ácido a una mujer por celos, la violencia de género.

Ojalá que este tipo de historias fueran solo parte de ese universo literario de Mariana Enríquez. Me he vuelto fan de esta autora y en cuanto pueda compraré su nuevo libro premiado para dejarlo reposar un buen tiempo en mi librero.

¿Leer el libro o ver la película?

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Big Fish

A Novel of Mythic Proportions

Daniel Wallace

Algonquin Books of Chapel Hill, USA, 2012

 

¿Vale la pena leer un libro después de haber visto la película? Yo creo que sí, porque para decidir cuál de las dos versiones es mejor, hay que transitar por ambas. Aunque creo que hay libros que se prestan mucho para llevarlos a la pantalla del cine, pues están llenos de descripciones que se pueden lograr bien con imágenes y narraciones que se pueden convertir en secuencias inolvidables. Hay otros libros más intimistas e introspectivos, en los que es necesario recurrir a una voz en off para la versión cinematográfica, recurso que muchas veces arruina el resultado.

Un ejemplo de los libros que lucen bien en la pantalla del cine es El gran pez. Esta película dirigida por Tim Burton, estrenada en 2003 se convirtió en una de mis favoritas, mientras que el libro de Daniel Wallace, publicado en 1998, quizás no lo logre. Aun así, valió mucho la pena haber leído esta novela.

El libro habla de la relación padre e hijo, al final de la vida del primero. Este tema siempre ha sido una fuente de inspiración para grandes relatos.

Edward Bloom se encuentra en su lecho de muerte acompañado, en este último tramo de su vida, por su esposa y su hijo William. Edward era esa clase de personas que tiene chistes para cada ocasión, le caía bien a todo el mundo y estaba siempre dispuesto a ayudar. Pero no podía pasar mucho tiempo en un solo lugar, ni siquiera en casa.

William rememora las historias que su padre le contaba y que para él se volvieron inverosímiles; lo que para el padre eran pequeñas exageraciones, para el hijo era un cúmulo de mentiras. Por eso, el tono con que William recuenta esas anécdotas es un poco de reclamo: su padre era el candil de la calle y la oscuridad de la casa. Los chistes y la imagen paterna se fueron desgastando para Will a lo largo de los años. Sin embargo, hacia el final, la imagen que William tiene de su padre, logra reconciliarse con la que tienen todos los demás. Su padre fue un gran hombre, que siempre se preocupaba por hacer sentir bien a quienes estaban a su alrededor.

No diré mucho más sobre el argumento de El gran pez, sólo que el libro y la película utilizan distintos recursos para reivindicar la imagen del padre y me parece que la película lo logra de mejor manera.

Esta fue la primera novela publicada por Daniel Wallace -aunque no la primera escrita- y a partir de ahí se volvió famoso. Más aún cuando el libro se llevó al cine y me parece que también se presentó en teatro. Una fama inesperada con la que muchos escritores sueñan para este autor norteamericano.

Regresando a la pregunta inicial, me parece que es bueno hacer ambas cosas para contrastar. Creo que la secuencia adecuada es primero leer el libro para darle rienda suelta a la imaginación y no llegar con las imágenes preconcebidas por haber visto la película. Esto no siempre es posible, en parte porque la mercadotecnia del cine es mucho más poderosa que la de la industria literaria y en parte porque nos estamos haciendo flojos: ver una película nos toma dos horas, mientras que leer un libro nos puede tomar 2 días, 2 semanas o 2 meses dependiendo de nuestro hábito. A veces el libro nos gusta tanto que nos obliga a verlo en imágenes que no siempre concuerdan con lo que creó nuestra imaginación. A veces la película nos lleva al libro y éste nos decepciona un poco, como fue mi caso con El gran pez.