Nahui Olin, una mujer extraordinaria

Adriana Malvido

Nahui Olin

España, Editorial Circe, 2005

Es muy frecuente escuchar que la lectura te permite vivir otras vidas, viajar a otras épocas y a otros lugares. Me parece que esto es especialmente cierto con las biografías, sobre todo con aquellas que están tan bien escritas que permiten que el lector se sumerja en la época, que camine al lado del protagonista, que lea sus cartas, que escudriñe en sus pensamientos y que en un momento dado sea partícipe de la propia vida del homenajeado.

Por una de esas azarosas razones por las que se selecciona un libro entre cientos, este año mis lecturas estuvieron salpicadas de algunas biografías. Y de la que quiero escribir hoy es sobre la biografía de Nahui Olin, escrita por Adriana Malvido.

Su verdadero nombre fue Carmen Mondragón, hija del general porfirista Manuel Mondragón -ni más ni menos que el inventor del rifle Mondragón, el primer semiautomático en el mundo- y nació el 8 de julio de 1893. Vivió en París, de los 4 a los 12 años, en donde recibió una educación muy refinada.

En 1913, en plena revolución, Carmen se casó con Manuel Rodríguez Lozano, un estudiante del Colegio Militar, hijo de una familia acomodada, a quién toda la familia Mondragón le había dado el visto bueno. Para evitar estar en México durante el momento político tan convulsionado que se vivía, los Rodríguez Mondragón se mudaron a Francia. Al poco tiempo Carmen quedó embarazada y poco después perdió al bebé. Este episodio aparentemente superado, causó una grieta irreparable en el matrimonio y dejó una huella imborrable en ella.

Cuando las aguas se habían tranquilizado en México, Carmen regresó a su patria, con una nueva visión del mundo, de las artes, de su sexualidad y de la participación de las mujeres en la vida cultural. Rápidamente se integró a las tertulias organizadas por los principales artistas de la época: Diego Rivera, Lupe Marín, José Vasconcelos, David Alfaro Siqueiros, Fermín Revueltas, Tina Modotti, Edwar Weston y por supuesto el pintor Gerardo Murillo, mejor conocido como Dr. Atl, de quien Carmen se enamoró.

Fue el Dr. Atl quien le puso el sobrenombre de Nahui Olin, y así se le conoció hasta el día de su muerte. El romance entre Dr. Atl y Nahui fue bastante apasionado, lleno de amor, arte, sexo y muchas peleas. En el libro de Adriana Malvido, se reproducen varias cartas escritas por estos enamorados que dan muestra de sus arrebatos y colisiones, pero también del enorme talento de ambos.

En los años veinte, Nahui Olin era, sin duda, la mujer más bella de México, con unos ojos verde esmeralda, el cabello corto, los labios rojos, vestida siempre a la moda europea de la época y con un cuerpo divino. Además de su atractivo físico -que algunos atribuyeron a la brujería-, de su inteligencia, sus ideales libertarios y su amenidad para charlar, Nahui tenía un gran talento para escribir, pintar y tocar el piano.

La vida de Nahui, después de la ruptura definitiva con Dr. Atl, siguió conducida con vehemencia. Tuvo varias parejas, sus relaciones eran explosivas y su comportamiento estrafalario. Podría llegar a causar un poco de temor o una atracción irrefrenable, pero nunca pasaba desapercibida.

En su vejez, vivió en la miseria, sola y rodeada de gatos. Recibía una pensión del gobierno porque por algún tiempo impartió clases de arte en la secundaria, y ella decidía gastar su quincena en una buena y elegante comida.

Adriana Malvido, además de regalarnos una biografía sobre una vida apasionada y apasionante, nos trasporta al México de los 20’s, una época en que los ideales del progreso y la efervescencia artística y cultural estaban a flor de piel. Una época en la que sin duda me hubiera gustado deambular y encontrarme en alguna tertulia a la bella y talentosa Nahui.

Nahui Olin es un magnífico libro que incluye fotografías, fragmentos de cartas, pinturas, entrevistas y testimonios. Es muy recomendable tanto para quienes gustan de relatos acerca de personajes históricos, como para aquellos que quieran conocer un poco más acerca de la vida de una mujer extraordinaria que necesita revalorarse.

 

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El cáncer

No 78 - Reseña - Las mutaciones de Jorge Comensal ... Las mutaciones

Jorge Comensal

Ediciones Antílope, México, 2016

Es difícil imaginar que un libro que habla sobre el cáncer pueda provocar risa. Las mutaciones de Jorge Comensal logra hacerlo.

Ramón Martínez es un abogado exitoso que descubre que tiene cáncer en la lengua, lo cual trae un cambio radical en su vida y la de quienes lo rodean.

La esposa, los hijos, el hermano, el oncólogo, la psicóloga, y hasta la trabajadora doméstica -sobre todo ella- viven la enfermedad de Ramón de forma distinta y nos cuenta desde su perspectiva, cómo esta los afecta de manera emocional, anímica y económicamente.

Reirnos y llorar de nosotros mismos, eso nos caracteriza como mexicanos y en este libro Jorge Comensal lo hace con una maestría digna de la escuela de Ibargüengoitia.

Si quiere leer un libro lleno de humor negro y escrito con elegancia, Las mutaciones es una gra opción.

Más Revueltas y más Paz

El Apando - Ediciones Era

El apando

José Revueltas,

Ediciones Era, México 2017.

En algún muro leí un grafiti que decía: “Más Revueltas, menos Paz”. Sabía que era una clara alusión a los apellidos de dos escritores que tienen grabados sus nombres en el altar de los mejores autores mexicanos, pero la verdad no me quedaba clara la frase.

En ese entonces sólo había leído El laberinto de la soledad, Piedra de Sol y un fragmento de La hija de Rappaccini de Octavio Paz, nada de José Revueltas. Y aunque quizás sean poco, un ensayo, un poema y el fragmento de una obra de teatro para sentir que conozco la obra del único Nobel de Literatura mexicano, eso era mucho más que lo que sabía acerca del Revueltas, a quien un grafiti carrereado buscaba reivindicar.

Los mexicanos, tan dados a polarizar las cosas, solemos ponernos a favor de un bando A, y cualquier cosa que no sea parte de ese bando A es nuestro acérrimo enemigo. Unos ejemplos: chairos contra fifís; feministas contra avaladores del heteropatriarcado; provida contra abortistas; indigenistas contra modernistas; conservacionistas contra industriales que buscan aprovechar los recursos naturales; seguidores de Greta Thunberg[i] contra admiradores de Boyan Slat[ii]; lectores de Revueltas contra lectores de Paz. Ejemplos hay muchísimos más. El punto es que no todas las posturas mencionadas son antagónicas e irreconciliables. Es decir, que hay posiciones intermedias que están de acuerdo en algunas cosas con los extremos.

Pero regreso al grafiti que me dejó pensativo. Este año en el club de lectura, decidimos leer a José Revueltas, y eso me abrió la oportunidad de resarcir mi total desconocimiento acerca de la obra de este autor. Leí El apando (1969) y Material de los sueños (1974).

José Revueltas nació en el seno de una familia de artistas, en 1914, en Santiago Papasquiaro, Durango y falleció en la ciudad de México en 1976. Además de escritor fue un activista político y revolucionario. A los 11 años fue enviado a la correccional, acusado de sedición y motín, por su participación en un mitin en el Zócalo. Después de este primer encierro, fue encarcelado 3 veces más: en 1932 estuvo 5 meses en las Islas María; entre 1934 y principios de 1935 volvió a ser enviado ahí mismo; y, en 1968, después de la matanza de Tlatelolco, fue encerrado en la prisión de Lecumberri. Este último encarcelamiento fue por la acusación de ser el ideólogo del movimiento estudiantil.

A pesar de que Revueltas siempre temió por su vida, nunca perdió su irreverencia y sentido del humor, como lo demuestra una carta dirigida al jefe de la policía en la que escribió:

“Dicen los periódicos que se me acusa de ser el responsable intelectual del movimiento estudiantil. Al margen de la realidad de estas afirmaciones, lo cierto es que soy un perseguido y que seguramente mi vida corre peligro (…) puntualmente le pido mi último deseo, con toda la cortesía de la que soy capaz. Estimado señor: le solicito a usted que vaya y chingue definitivamente a su madre. Le agradezco de antemano la respuesta afirmativa a mi petición.”

El apando es un cuento largo o una nouvelle, mientras que Material de los sueños es un libro de cuentos. En ambos se siente una atmósfera de encierro y una constante sospecha de que lo peor aún está por venir. Los relatos están protagonizados por criminales sin una gran carga de remordimiento, más ocupados en la sobrevivencia diaria que en arrepentimiento por sus delitos. Asesinos, ladrones, prostitutas, revoltosos y otros de los que no se menciona su infracción.

Como puede verse en la biografía de Revueltas, todas las experiencias de encierro permearon en su literatura.

Aunque se podría pensar que al entrar en esos relatos tan brutales y de aislamiento, uno va a quedar afligido y devastado por lo sombrío de sus historias, la verdad es que las imágenes son tan poderosas y algunas anécdotas tan sobrecogedoras que te mantienen en vilo. Aquí algunas escenas de El apando que me encantaron:

  • Tres presos se encuentran en aislamiento (apandados): Albino, Polonio y el Carajo. Para pasar el rato, Albino comienza a hacer su danza del vientre, con lo que los tatuajes eróticos que tiene en el abdomen cobran vida y comienzan sus lances amorosos, para deleite de los otros reclusos.
  • Polonio asoma la cabeza a través de un orificio, como un Juan Bautista en charola, mientras que el Carajo le ruega que lo deje asomarse para ver si ya llegó su mamá de visita. Polonio se niega y lo golpea dejándolo ovillado y quejumbroso. Albino que se harta de los murmullos del Carajo, intenta ahorcarlo para hacerlo callar.
  • Después de una pelea con los celadores, Polonio y Albino quedan como crucificados, hechos una masa sanguinolenta entre barrotes. La geometría venciendo a la libertad.

Quizás debiera dar más contexto sobre estas escenas, pero no quiero spoilear de más. El apando es un libro formidable, al que uno no debe de entrar en búsqueda de un final feliz, sino vacunado contra la desazón que dejan el exceso de violencia y la crudeza de una ficción sustentada en una realidad que la iguala y sobrepasa.

Y ahora, después de leer un par de obras de Revueltas y estar parcialmente de acuerdo con el grafiti que originó este escrito, corrijo: Más Revueltas y más Paz.

Librasecura

 

[i] Greta Thunberg, activista sueca de 16 años que ha llamado la atención del gobierno de su país, y ahora de todo el mundo, para que se actúe inmediatamente a favor de la ecología y se cumplan los acuerdos de París.

[ii] Boyan Slat es un joven holandés que diseñó una tecnología que puede ayudar a limpiar los océanos de plástico y fundador de la empresa The Ocean Cleanup.

Más que un cuento de niños

Resultado de imagen para el mal de la taigaEl mal de la taiga

Cristina Rivera Garza

Tusquets, México 2012

 

Una detective que cuenta en su currículum con varios fracasos es contratada por un hombre que habita en el bosque para que encuentre a su esposa que lo abandonó. Durante su fuga con otro hombre, la mujer “extraviada” va dejando pistas sobre su paradero, cómo lo hicieron Hansel y Gretel para poder regresar a casa.
Con una prosa poética, Cristina Rivera Garza, entremezcla los cuentos de hadas con un thriller en el que el amor y el desamor no podían dejar de estar presentes.

Algunas citas que me gustaron:

“Los fracasos toman café en la mañana y observan con perspicacia la luz de la tarde y, cuando pueden, se acuestan temprano.”

“El pudor es una piedra inconmovible en algún lugar dentro del pecho.”

“Por otra parte, todo parece indicar que, al menos en la historia de Hansel y Gretel, tanto la madre o la madrastra como la bruja, a quien los niños terminan matando, son la misma mujer transfigurada.”

 

Un libro muy recomendable para quienes les gustan los libros de intriga sin los personajes clichés de la novela negra.

El premio a la insistencia

Verónica E. Llaca

La simetría de los árboles

México, Editorial Planeta (Joaquín Mortiz), 2016

Resultado de imagen para la simetria de los arbolesA veces ser empecinado tiene sus recompensas. El premio puede ser simplemente la satisfacción que se siente al finalizar la tarea. Por ejemplo, cuando colocamos la última pieza de un rompecabezas, o cuando, tras subir una cima, nos giramos para observar el camino recorrido, el punto de origen, la cuesta empinada. Y entonces viene la sensación de que ha valido la pena el esfuerzo.

No crean que voy a comenzar una perorata acerca de la perseverancia y de perseguir tus sueños; soy demasiado receloso de esas frases motivacionales acompañadas de un bello paisaje que abundan en las oficinas empresariales. A decir verdad, no soy un ejemplo en cuanto a eso de luchar incansablemente por un objetivo. Un inicio de novela que lleva incubándose algo así como dos años y una decena de cuentos inacabados pueden dar cuenta de ello; además de los libros abandonados a medias, del curso postergado de certificación de yoga, de la pared sin pintar del jardín y de algo que las lluvias de verano me han recordado con sorna, la impermeabilización del techo de mi casa. Podría dar más ejemplos en cuanto a mi inconstancia, pero creo que ya dejé claro el punto.

Esta vez, sin embargo, quiero hablar de una vez en la que me revestí de tenacidad y tuve un premio a mi insistencia de cobrador de Coppel o cualquiera de esas tiendas que venden electrodomésticos en abonos.

La escritora Verónica E. Llaca, ganadora del Premio Nacional de Novela Negra Una Vuelta de Tuerca 2015, vive en la misma ciudad que yo, y pensé que sería una gran idea invitarla a grabar un podcast con 3C Libros, en el que hablaríamos sobre novelas detectivescas. La busqué en Facebook, redacté una larga carta de invitación, en la cual recurrí a mi pasión por la literatura y por el yoga (Verónica E. Llaca además de escritora es maestra de yoga), se la envié y me senté a esperar.

Después de dos semanas estaba a punto de darme por vencido. Pero pensé que nada perdía si buscaba otra manera de hacerle llegar la invitación. Me sumergí nuevamente en internet y llegué a un catálogo de artistas queretanos en el que encontré el medio de contacto. Dos o tres semanas más tarde llegó la respuesta a través de Facebook.

Para no hacer larga esta historia, resumo diciendo que tomó algo así como dos meses ponernos de acuerdo. El momento en que la autora tocó a la puerta de mi casa en la fecha y hora fijadas para la grabación, fue como colocar la última pieza del rompecabezas.

Leer La simetría de los árboles de Vero E. Llaca fue otro gran premio en mi camino a la entrevista tan deseada. En este libro, la protagonista Laura Fernández nos cuenta a manera de confesión o, mejor dicho, como si el lector fuera su psiquiatra, qué es lo que la llevó a ser internada en una clínica de salud mental. Las razones de ese desequilibrio emocional son muchas y son contadas de manera no ordenada cronológicamente, lo cual requiere de mucha atención por parte del lector-psiquiatra, para ir armando ese rompecabezas.

La hermana de Laura fue asesinada, lo cual provoca una profunda depresión a su padre que se encierra por un año en su cuarto. Después de ese año de duelo, sale de la habitación y de la casa para no regresar jamás. Laura, por su parte, escucha la voz de su hermana muerta, desde su interior, como si se hubiera enquistado en su propio cuerpo. Encontrar a su padre desaparecido se convierte en una obsesión que la aleja de su familia, de sus amigos y hasta de Santiago, el amor de su vida.

De esa línea principal en la trama salen muchas ramas. La relación entre vivos y muertos nos da una reminiscencia a la tradición rulfiana. La familia de Laura y la de Santiago son inmigrantes españoles que llegaron a México huyendo de la dictadura franquista, así es que la novela también tiene una veta histórica. La muerte de la hermana de Laura estuvo relacionada con el narcotráfico, por lo que también tiene una ramita que nos muestra un poco de la corrupción y el tráfico de drogas que azotan al país desde hace un tiempo. Otra rama importante en la historia es la relación amorosa entre Laura y Santiago que por diversas circunstancias no han podido estar juntos. En la corteza de esa historia que crece como un gran árbol, encontramos también referencias a otras artes, como La nave de los locos del Bosco; la arquitectura y esculturas en los cementerios de La Recoleta en Buenos Aires y el Père-Lachaise en París; el libro de Sebastian Brant titulado Stultifera Navis, etc.

Y como un remate floral que adorna La simetría de los árboles, encontré muchas frases y conceptos que me dejaron pensando después de terminar el libro. ¿Cuál sería mi posición sobre la eutanasia? ¿De qué depende mi equilibrio mental? ¿Cómo afecta el bagaje familiar a mi propio comportamiento? ¿Por qué valoro tanto mis recuerdos?

Quiero detenerme en las últimas dos preguntas, porque las respuestas, que ya estaban en mi cabeza, encontraron una redacción perfecta en el libro de Vero Llaca.

“Quizás eso sea lo que compone nuestra memoria celular, fragmentos de vida de nuestros antepasados que a veces no son tan notorios como la sensación de caminar manteniendo el equilibrio.”

“El único capital que tenemos son nuestros recuerdos, así que conserva recuerdos que te hagan feliz cuando llegues a la edad en que vivas de ellos”.

Al final, Laura ve tristemente recompensado el esfuerzo puesto en la búsqueda de su padre. Santiago se arrepiente de no haberle insistido lo suficiente a Laura. Y yo estoy sumamente satisfecho de no haber desistido en mi búsqueda de Vero Llaca. La recompensa más grande a mi terquedad fue haber compartido con ella y con mis amigos Mike y Rag, una entretenida charla sobre libros y mil temas más. Uno de esos momentos que tendré que atesorar para cuando tenga que vivir de mis recuerdos.

 

Dejo el link de spotify en el que pueden encontrar las dos partes de la entrevista con Vero E. Llaca, acerca de la Simetría de los árboles

 

 

La indignación y la rabia

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Viaje a Yucatán II

John Lloyd Stephens

México, Ediciones Promo Libro

¿Alguna vez han estado a punto de dejar un libro por la indignación que les causa leerlo? Yo estuve a punto con El viaje a Yucatán II de John Lloyd Stephens. ¿Y porqué causaría indignación un libro que habla de viajes?

Quizás debo empezar diciendo que, hasta hace poco, era un necio que casi nunca abandonaba un libro. A pesar de lo sinuosa que pudiera resultar una lectura, yo me empeñaba en terminarla, pensando que quizás lo mejor estaba por venir. Y en algunas veces resultó así. Por ejemplo: El diario de un caracol (1972) de Günter Grass fue un libro pesado, poco interesante, ininteligible por momentos. Cada página llena de nombres y siglas sin significado para mí se volvía más fatigosa, y sin embargo seguí. Ya casi al final del libro, a manera de premio a la perseverancia, aparece un grabado de Alberto Durero llamado Melancolía, seguido de una disertación que valió la pena el tortuoso camino a través de más de 400 páginas.

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Ahora sigo siendo un necio y mi porcentaje de abandono de libros sigue siendo bajo. Hay quienes aconsejan que si llegas a la página 100 y no hay nada que te vincule al libro, lo dejes. Otros dicen que con 50 páginas es más que suficiente para saber cómo será el resto del libro. Pero no hablan para nada de cuáles son los sentimientos que provoca el libro que te orillan a abandonarlo. Podría ser la tristeza, el miedo, la rabia, la abulia y quizás la indignación.

John Lloyd Stephens (1805-1852) fue un explorador, escritor y diplomático estadounidense que en los años treinta del siglo XIX hizo varias expediciones a Centroamérica y el sur de México para explorar sitios arqueológicos. Documentó sus experiencias en Incidentes de viaje en América Central, Chiapas y Yucatán Vols. I y II, todos ellos con ilustraciones de Frederick Catherwood, quien lo acompañó en sus travesías. Sus relatos son tan interesantes que sirvieron de inspiración a Edgar Allan Poe. Como diplomático, Stephens desempeñó un papel crucial en la negociación y planeación del ferrocarril trans-ítsmico de Panamá. Mientras supervisaba la obra del ferrocarril, contrajo la malaria y aunque fue llevado a Nueva York para su tratamiento, no logró sobrevivir.

Con tales cartas de presentación, pareciera que la indignación no podría ser un sentimiento producido por sus libros. Sin embargo, lo es.

En alguno de los pasajes de Viaje a Yucatán II, Stephens relata como encuentra una pintura dentro de uno de los muros interiores de una pirámide. Llama al dueño de la finca y le pide que lleve a un cantero para que extraiga el muro. Pero como el muro con la pintura es tan grande, no puede salir por la puerta, por lo que pide que destruyan el techo y lo saquen por arriba. Finalmente, no pudo llevarse el muro por lo pesado que era y escribe “ojalá llegue otro compatriota que se lleve esa pintura a la National Gallery”.  John Lloyd Stephens, como muchos arqueólogos sin ética profesional, era un cazador de tesoros, un saqueador de templos y tumbas. Pero lo más indignante, es que el dueño de la finca accede a que se lleve lo que quiera.

Para sumar a mi indignación, Stephens se refiere en varias ocasiones a los habitantes de Yucatán, como una raza abyecta, ignorante, sucia y miserable, a la cual era fácil explotar. Un fragmento aquí para demostrarlo, en el que habla sobre los cultivos de azúcar:

“[…] la línea desde Campeche a Tabasco es muy buena para aquel cultivo, desde donde estará al alcance en los mercados extranjeros. Las principales ventajas consisten, primero en que no hay que emplear el trabajo de los esclavos y, segundo, en consecuencia, de que no se necesita el grueso capital para la compra de ellos. En Cuba y la Luisiana el plantador tiene que contar entre sus gastos el interés del capital invertido en la compra de esclavos y el costo de su manutención; mientras que en Yucatán no tiene que desembolsar ese capital: el trabajo del indio, según afirman personas competentes que lo han comparado con el del negro de Cuba, es el mismo que el de éste, y, dando ocupación constante a los indios, puede cualquiera procurarse el número que le apetezca a razón de un real diario, que es menos del interés del costo de un negro, y menos que el gasto de mantenerlo, aún cuando no costase nada”.

¿Cómo no llenarse de indignación al leer tanta voracidad y tanto desprecio por negros e indios? En ese punto estuve a punto de abandonar el libro. Una inmensa rabia contra el autor crecía en mi estómago. Pero como lo mencioné antes, sigo siendo un necio.

A pesar del enojo, seguí la travesía a través de la península, en una época en la que Santa Anna perdía gran parte del norte del país y contenía la revolución en el sur; aguantando el calor, las garrapatas, los mosquitos, la falta de agua y a veces de comida; y por otra parte, asombrándome con las estructuras mayas cubiertas de maleza, refrescándome en los cenotes que servían como única fuente de agua en zonas en las que no hay lagos ni ríos naturales, y maravillándome con todos los vestigios de una civilización que dominó la arquitectura, la astronomía (esto no lo supo Stephens), la escritura, la escultura y muchas cosas más.

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Y entonces descubrí que no todo mi coraje era producto de lo que escribió Stephens hace más de 170 años. El coraje era (es) principalmente porque la humillación del vecino del norte hacia todos los mexicanos, en especial a nuestros indígenas sigue presente. La indignación es porque han pasado más de 170 años y persisten la miseria, el analfabetismo y otras formas de ignorancia que vio el explorador estadounidense. El enojo es porque el servilismo y el sometimiento ante los norteamericanos han cambiado de forma, pero prevalecen. La rabia es porque gobiernos van, gobiernos vienen, cambian de color y de siglas partidistas, pero todos agachan la cabeza ante el Estados Unidos. La rabia crece por la iniciativa Mérida, por el acuerdo migratorio, por que siempre actuamos con la anuencia de su majestad o no actuamos; la rabia me ahoga porque somos humillados y además debemos estar agradecidos por sus empresas (las plantaciones de azúcar han dejado de ser redituables) y porque nos libraron de sus aranceles. La indignación es por ser un patio trasero.

Viaje a Yucatán de John Lloyd Stephens, es una excelente crónica de viaje que te transporta a otra geografía y otra época, pero hay que leerlo con un nudo en el estómago. Las maravillosas ilustraciones de Frederick Catherwood siempre ayudan a clarificar las descripciones y a veces sirven de oasis en medio de las quejas de Stephens. Es un libro recomendable para todos aquellos que, como yo, son arqueólogos frustrados y también para aquellos que quieren reflexionar sobre una realidad dolorosa de México.

 

Dos golondrinas sí hacen verano

Inés Arredondo

Canción de cuna / La sunamita

Es bien sabido que las golondrinas son aves migratorias. En México y en la mayor parte de la península Ibérica, comienzan a aparecer con las primeras manifestaciones de primavera. En verano, cuando las lluvias hacen su aparición, las golondrinas ya están bien instaladas en sus nidos y, cuando el cielo escampa, acostumbran a hacer sus incursiones acrobáticas a ras de suelo. Aunque cada vez la rutina de las infortunadas golondrinas se vuelve más complicada. El cambio climático ha adelantado el ciclo migratorio desde el hemisferio sur hasta el cálido trópico, y la urbanización ha provocado miles de accidentes aéreo-automovilísticos. Las golondrinas que siguen rozando el suelo son unas kamikazes.

En el capítulo XIII de la primera parte de El Quijote, mientras el flaco protagonista presencia el entierro de un cabrero, es interrumpido por un gentilhombre que viaja a caballo, el cual al ver que el Quijote va armado le pregunta la razón de hacerlo en una región tan pacífica. El Quijote le explica que es un caballero andante y que su profesión lo obliga a llevar lanza y escudo. El gentilhombre, llamado Vivaldo, con intenciones de burlarse, comienza a interrogar acerca de la doncella a la cual el brinda sus batallas. El Quijote le habla de Dulcinea del Toboso y dice que todos los de su profesión tienen una doncella.  Vivaldo, arremete diciéndole que el Amadís de Gaula no tenía doncella. Y entonces el Quijote contesta “Señor, una golondrina sóla no hace verano”.

No es que yo quiera contradecir al ingenioso hidalgo, más bien le doy un poco la razón al afirmar que dos golondrinas sí hacen verano. Me explico. Siempre he creído que es imposible juzgar a un escritor después de haber leído un sólo texto de su autoría. Pero quizás con dos se pueda tener una mucho mejor idea.

El sábado pasado leí el cuento de la escritora culichi Inés Arredondo titulado Canción de cuna. La historia es una señora madre de cinco hijos y abuela de 12 nietos que reúne a la familia para informarles que está embarazada. Los hijos sabían que lo que ella tenía era un pólipo uterino. La señora comienza a encararlos a todos por no compartir su dicha y les informa que no existe un padre. La historia de pronto nos lleva a un paraje tormentoso y nos describe a una niña encerrada en una habitación que emite un grito desgarrado cuando siente que su vientre, apenas prominente, se mueve. Ella tiene sólo quince años y sabe que en su interior hay un monstruo que se mueve entre las aguas de un pantano. Sabemos que se llama Erika y que canta una canción en alemán. Una madre amorosa irrumpe en la habitación, la acaricia y le promete llevarle un té caliente, pero que por favor no grite, nadie debe saber que está encerrada. Un nuevo salto en el tiempo, ya con el cielo sin relámpagos ni aguaceros, la abuela que cree estar embarazada se somete a una sesión de hipnosis. En esta sesión recomendada por el ginecólogo, tiene una regresión al momento en que su hermana Erika, a punto de expirar, le confiesa que no es su hermana sino su madre. Y al salir del trance hipnótico, la hermana-hija, la hija-nieta, recupera su semblante y buen humor y se dice lista para que el ginecólogo le extirpe el pólipo.

El cuento es genial. Inés Arredondo, en apenas unas cuantas páginas, desarrolla la personalidad de la protagonista, la confronta con un pasado rodeado de tabúes y la libera de una carga psicológica que lleva arrastrando por años. La abuela que bordeaba la locura -al igual que el Quijote- al final sale bien librada.

Para no incurrir en el mismo error que el gentilhombre llamado Vivaldo, quise leer un segundo cuento de Inés Arredondo y escogí La sunamita. Aunque decir que lo escogí, tal vez sea inexacto. Mi gurú Gisela, organizadora del Club de Letras en mi colonia, sorteó varios cuentos de Inés Arredondo y a mí me tocó La sunamita.

Luisa es informada que su tío Apolonio está muy enfermo. Como Luisa había vivido con el tío Apolonio y con su tía que murió hace tiempo, le tiene un gran cariño y acepta quedarse un tiempo para cuidarlo durante su convalecencia. El tío se pone inmensamente feliz al verla y en cada oportunidad que tiene, le cuenta acerca de su pasado: de cuando le regaló un anillo de compromiso a su esposa, de cuando fueron en barco a Europa.  Episodios de la memoria de un viejo que quiere heredarlos a su sobrina. Un día, María, la criada de Apolonio, le grita a Luisa que vaya rápido pues su tío agoniza. Luisa inventa mil pretextos para no quedarse sola con el tío, pues no quiere estar cerca del lecho de muerte cuando esta se presente. El sacerdote que va a aplicar los santos óleos al enfermo le sugiere a Luisa que se case con el anciano moribundo para que herede su fortuna, pues es de todos sabido que ella era la persona más querida para Apolonio en este mundo y que de no legalizar las cosas, el litigio por la herencia dificultará las cosas. Luisa se espanta ante la idea de ser una viuda prematura, pero cede ante la insistencia de todos los presentes. El cura se apresta a la ceremonia y Luisa acepta la sentencia. En una maravillosa vuelta de tuerca, el anciano se recupera y se vuelve una verdadera rémora en la vida de Luisa. Quiere estar en todo momento con ella, que lo cobije, que lo acompañe, que le caliente la cama. La lujuria le da vida al viejo y Luisa pierde la suya como una esposa sumisa.

Nuevamente breve, confrontador, de un final inesperado. El cuento de La sunamita, nos corta por momentos el aliento, llevándonos de una atmósfera farragosa en la espera de la muerte de don Polo a una recuperación trepidante, con una energía vital que no me esperaba en el clímax de la historia, y nos remata con un desasosiego en el desenlace. Además, es de admirar que, a lo largo del cuento, es tan importante lo que se dice como lo que se calla, y esto sólo lo logran los más prestigiosos cuentistas.

Con esta segunda golondrina, Inés Arredondo me confirma que fue una gran escritora. Ya habrá tiempo de seguir leyéndola.