La difícil tarea de ser madre

En «Mátate, amor» todo lo que se pudre forma una familia – Liberoamérica

Matate, amor;

Ariana Harwicz;

México, Dharma Books, 2019

Cuando pensamos en alguien que acaba de ser madre, viene a nuestra mente la ternura de los bebés, los brazos pachones y la piel lisa del pequeño, la temperatura caliente del cuarto en el que está la cuna, el aroma a talco. Quizás se cuele en nuestro recuerdo el olor a pañal usado y a leche materna; o las manchas en la cara y las estrías en la panza de la madre, huellas de un embarazo que es algo del pasado. Menos probable aún, es pensar en los desvelos, el cansancio acumulado, las ojeras, la depresión postparto, la desesperación de no poder hacer otra cosa que ser mamá de tiempo completo.

Por alguna extraña razón, recientemente han caído en mis manos muchos libros que hablan de la maternidad. Más precisamente, del lado B de la maternidad, ese que no tiene que ver con lo idílico sino con lo penoso de ser mamá. El más reciente de esos libros fue Matate, amor, de la escritora argentina Ariana Harwicz. No recuerdo de dónde escuché la referencia de este libro por primera vez, pero en la contraportada viene recomendado por Samantha Schweblin y eso ya es un sello de garantía.

Una mujer cansada de aparentar una vida feliz al lado de su bebé y de su marido sufre un golpe anímico. La depresión post-parto sumada a una insatisfacción sexual, intelectual, matrimonial y de vida en general, además de la sospecha de ser engañada por su marido, desencadenan un derrumbe emocional. La afectación en ella provoca que entre continuamente en desesperación con el bebé y que lo descuide.

“Pasé la mañana insultando al bebé. Le dije de todo menos lindo. Al bebé. Qué no le dije, lo recontra insulté. Una boca sucia de madre. Lo llené de agravios al pobre. Espero que no reconozca ninguna palabra, que más tarde repita delante de todos la concha de tu madre. Me miró diciendo: mamá, pis, y lo mandé a hacer pis solo, a que se alimente con sus propios medios. Ese domingo de invierno comenzó mal”.

A lo largo de la novela está siempre presente la sensación de que algo malo le va a pasar al bebé. No obstante, ella no es la única responsable del constante peligro que corre el niño, sino también el marido, el entorno y la sociedad en general que asumen que la madre es la única obligada a cuidar de los hijos.

En Matate, amor, hay una violencia soterrada que se asoma de vez en cuando y nos da pistas de las posibles causas que afectan la psique de la protagonista:

“Cada vez que lo miro recuerdo a mi marido detrás de mí, casi eyaculándome la espalda cuando se le cruzó la idea de darme la vuelta y entrar, en el último segundo. Si no hubiera habido ese gesto de darme vuelta, si yo hubiera cerrado las piernas, si le hubiera agarrado la pija, no tendría que ir a la panadería a comprar la torta de crema o chocolate y las velitas, medio año ya. Las otras al parir suelen decir, ya no me imagino mi vida sin él, es como si hubiera estado desde siempre, pff.”

Como parte de ese derrumbe emocional o liberación de la realidad, la protagonista da rienda suelta a sus instintos sexuales con un vecino que la observa. Esto hace que la lleven a un centro de rehabilitación psiquíatrico, diagnosticada como ninfómana.

Matate, amor, está situada en un ambiente rural, lleno de una bruma que hace un poco difusa la frontera entre lo real y lo alucinatorio, y que por lo tanto exige una mayor atención al leerse. Sin duda esta novela es un gran libro y lo recomiendo ampliamente a aquellos que ya tomaron una decisión acerca de ser padres o madres y no hay nada que los haga cambiar de parecer.

“Quiero ir al baño desde que terminó el almuerzo pero es imposible hacer otra cosa que ser madre. Y dale con el llanto, llora, llora, llora, me va a trastornar. Soy madre, listo. Me arrepiento, pero ni siquiera lo puedo decir. A quién. ¿A él sentado en mis rodillas, metiendo la mano en mi plato de restos fríos, jugando con un hueso de pollo? ¡No! Dejá eso que te atragantás. Le tiro una galletita. Me la devuelve. Tengo la boca llena de saliva, de migas. Tengo tomate pegado en mi brazo […] Soy madre en piloto automático. Lloriquea y es peor que el llanto. Lo alzo, le ofrezco una sonrisa falsa, aprieto los dientes. Mamá era feliz antes del bebé. Mamá se levanta todos los días queriendo huir del bebé y él llora más. Quiero ir al baño, pero ese cacareo interminable, esa queja, me lo hace imposible Qué quiere de mí. ¿Qué querés? No me deja dejarlo. Se arquea. Ayer tuve que ir a hacer con él, hoy prefiero hacerme encima”.

El premio a la insistencia

Verónica E. Llaca

La simetría de los árboles

México, Editorial Planeta (Joaquín Mortiz), 2016

Resultado de imagen para la simetria de los arbolesA veces ser empecinado tiene sus recompensas. El premio puede ser simplemente la satisfacción que se siente al finalizar la tarea. Por ejemplo, cuando colocamos la última pieza de un rompecabezas, o cuando, tras subir una cima, nos giramos para observar el camino recorrido, el punto de origen, la cuesta empinada. Y entonces viene la sensación de que ha valido la pena el esfuerzo.

No crean que voy a comenzar una perorata acerca de la perseverancia y de perseguir tus sueños; soy demasiado receloso de esas frases motivacionales acompañadas de un bello paisaje que abundan en las oficinas empresariales. A decir verdad, no soy un ejemplo en cuanto a eso de luchar incansablemente por un objetivo. Un inicio de novela que lleva incubándose algo así como dos años y una decena de cuentos inacabados pueden dar cuenta de ello; además de los libros abandonados a medias, del curso postergado de certificación de yoga, de la pared sin pintar del jardín y de algo que las lluvias de verano me han recordado con sorna, la impermeabilización del techo de mi casa. Podría dar más ejemplos en cuanto a mi inconstancia, pero creo que ya dejé claro el punto.

Esta vez, sin embargo, quiero hablar de una vez en la que me revestí de tenacidad y tuve un premio a mi insistencia de cobrador de Coppel o cualquiera de esas tiendas que venden electrodomésticos en abonos.

La escritora Verónica E. Llaca, ganadora del Premio Nacional de Novela Negra Una Vuelta de Tuerca 2015, vive en la misma ciudad que yo, y pensé que sería una gran idea invitarla a grabar un podcast con 3C Libros, en el que hablaríamos sobre novelas detectivescas. La busqué en Facebook, redacté una larga carta de invitación, en la cual recurrí a mi pasión por la literatura y por el yoga (Verónica E. Llaca además de escritora es maestra de yoga), se la envié y me senté a esperar.

Después de dos semanas estaba a punto de darme por vencido. Pero pensé que nada perdía si buscaba otra manera de hacerle llegar la invitación. Me sumergí nuevamente en internet y llegué a un catálogo de artistas queretanos en el que encontré el medio de contacto. Dos o tres semanas más tarde llegó la respuesta a través de Facebook.

Para no hacer larga esta historia, resumo diciendo que tomó algo así como dos meses ponernos de acuerdo. El momento en que la autora tocó a la puerta de mi casa en la fecha y hora fijadas para la grabación, fue como colocar la última pieza del rompecabezas.

Leer La simetría de los árboles de Vero E. Llaca fue otro gran premio en mi camino a la entrevista tan deseada. En este libro, la protagonista Laura Fernández nos cuenta a manera de confesión o, mejor dicho, como si el lector fuera su psiquiatra, qué es lo que la llevó a ser internada en una clínica de salud mental. Las razones de ese desequilibrio emocional son muchas y son contadas de manera no ordenada cronológicamente, lo cual requiere de mucha atención por parte del lector-psiquiatra, para ir armando ese rompecabezas.

La hermana de Laura fue asesinada, lo cual provoca una profunda depresión a su padre que se encierra por un año en su cuarto. Después de ese año de duelo, sale de la habitación y de la casa para no regresar jamás. Laura, por su parte, escucha la voz de su hermana muerta, desde su interior, como si se hubiera enquistado en su propio cuerpo. Encontrar a su padre desaparecido se convierte en una obsesión que la aleja de su familia, de sus amigos y hasta de Santiago, el amor de su vida.

De esa línea principal en la trama salen muchas ramas. La relación entre vivos y muertos nos da una reminiscencia a la tradición rulfiana. La familia de Laura y la de Santiago son inmigrantes españoles que llegaron a México huyendo de la dictadura franquista, así es que la novela también tiene una veta histórica. La muerte de la hermana de Laura estuvo relacionada con el narcotráfico, por lo que también tiene una ramita que nos muestra un poco de la corrupción y el tráfico de drogas que azotan al país desde hace un tiempo. Otra rama importante en la historia es la relación amorosa entre Laura y Santiago que por diversas circunstancias no han podido estar juntos. En la corteza de esa historia que crece como un gran árbol, encontramos también referencias a otras artes, como La nave de los locos del Bosco; la arquitectura y esculturas en los cementerios de La Recoleta en Buenos Aires y el Père-Lachaise en París; el libro de Sebastian Brant titulado Stultifera Navis, etc.

Y como un remate floral que adorna La simetría de los árboles, encontré muchas frases y conceptos que me dejaron pensando después de terminar el libro. ¿Cuál sería mi posición sobre la eutanasia? ¿De qué depende mi equilibrio mental? ¿Cómo afecta el bagaje familiar a mi propio comportamiento? ¿Por qué valoro tanto mis recuerdos?

Quiero detenerme en las últimas dos preguntas, porque las respuestas, que ya estaban en mi cabeza, encontraron una redacción perfecta en el libro de Vero Llaca.

“Quizás eso sea lo que compone nuestra memoria celular, fragmentos de vida de nuestros antepasados que a veces no son tan notorios como la sensación de caminar manteniendo el equilibrio.”

“El único capital que tenemos son nuestros recuerdos, así que conserva recuerdos que te hagan feliz cuando llegues a la edad en que vivas de ellos”.

Al final, Laura ve tristemente recompensado el esfuerzo puesto en la búsqueda de su padre. Santiago se arrepiente de no haberle insistido lo suficiente a Laura. Y yo estoy sumamente satisfecho de no haber desistido en mi búsqueda de Vero Llaca. La recompensa más grande a mi terquedad fue haber compartido con ella y con mis amigos Mike y Rag, una entretenida charla sobre libros y mil temas más. Uno de esos momentos que tendré que atesorar para cuando tenga que vivir de mis recuerdos.

 

Dejo el link de spotify en el que pueden encontrar las dos partes de la entrevista con Vero E. Llaca, acerca de la Simetría de los árboles

 

 

La locura contagiosa

Elvira Navarro

La trabajadora

España, Literatura Random House, 2014

El entorno siempre ha sido un factor determinante en la salud del ser humano. En las hacinadas ciudades de la Edad Media, la lepra pasaba de una persona a otra sin ninguna explicación más que la del castigo divino. Después llegó la peste cabalgando sobre las ratas y proliferando por la falta de higiene.

En los años 70´s y 80´s del siglo pasado, el sida, que puso a temblar a todos los organismos de salud, fue atribuido a la revolución sexual y la promiscuidad. Más tarde llegaron el ébola y la gripe aviar que mermaron poblaciones de África y Asia respectivamente.

En México, más recientemente, el virus de la influenza H1N1, causó pérdidas millonarias a varias empresas por el paro de actividades durante casi una semana -excepto a los fabricantes de gel antibacterial que vieron un repunte en sus ganancias. Esto debido a que un virus con potencial mortífero se esparcía por el aire y todos estábamos expuestos al contagio con sólo saludarnos de beso, con tocar el pasamanos de una escalera que hubiera sido tocado por un enfermo, o con estar cerca de un infectado que estornudara sin cubrirse la boca con el dorso del codo.

El ser humano, a pesar de los avances tecnológicos, sigue siendo demasiado frágil y propenso al contagio de enfermedades pues está inmerso en un entorno contaminado con nuevos agentes infecciosos. Yo me pregunto si esa vulnerabilidad es solo relacionada a las patologías físicas o si también somos propensos al contagio de la locura.

En las sociedades actuales, en las que el ritmo de vida es tan acelerado, donde se vive estresado por el tráfico, preocupado por la economía, por el trabajo demandante y hasta por el cambio climático es fácil caer en algún tipo de padecimiento mental y una vez afectado, es imposible ocultarlo: los trastornos mentales se llevan a flor de piel y se vuelven contagiosos.

Quizás fue eso lo que le ocurrió a Elisa, la protagonista de La trabajadora. Una prestigiosa editorial madrileña que pasa por una inestabilidad financiera retrasa los pagos a sus empleados. Elisa, que trabaja como correctora de estilo en la editorial, enfrenta una precariedad económica que la obliga a mudarse a un pequeño departamento lejos del centro de la ciudad y a compartirlo con una mujer desconocida, de nombre Susana.

Susana resulta ser un poco extraña y misteriosa, con un pasado que oculta y un presente un tanto artificial del que sólo muestra algunos episodios teatrales, como las rupturas y reconciliaciones con un novio holandés al que sólo ve por Skype.

Poco a poco Elisa comienza a obsesionarse con la vida de Susana; se siente observada y escapa del departamento haciendo largas caminatas por Madrid. La sensación de sentirse perseguida se convierte en ataques de ansiedad que la llevan hasta el psiquiatra. Y cuando Elisa está con el aturdimiento de los medicamentos, Susana comienza a revelarse tal como es y le cuenta que años atrás tuvo trastornos psicológicos que la llevaron incluso a estar internada.

Elisa, de cierto modo, se contagia de la locura que tiempo atrás padeció Susana, como si la locura fuera una enfermedad contagiosa que a pesar de curarse quedara latente y se fuera diseminando entre las personas con las que tiene contacto el portador.

La trabajadora de Elvira Navarro es una novela muy contemporánea, que nos hace cuestionarnos si en un escenario como el de las actuales urbes industrializadas, es posible vivir fuera de lo patológico; estar dentro de la vorágine y mantenerte inmune.

Elvira Navarro nos lleva de la mano de Elisa en un recorrido por Madrid, por sus avenidas, sus parques, bares y cafés; además, se atreve a reconstruir la ciudad a través de los mapas que Susana modifica como un pasatiempo con aspiraciones artísticas: pequeñas miniaturas de edificios recortados minuciosamente de revistas y luego colocados en lugares distintos a los que ocupan realmente en el plano. Una ciudad real y otra reinventada son el espejo de las vidas de sus protagonistas.

Quizás la locura es verdaderamente contagiosa, o es que Elisa, desencantada de la vida profesional, sólo necesitaba un ligero roce para derrumbarse. ¿Cuántos de nosotros nos encontramos en situaciones similares?

La trabajadora es una novela de fácil lectura, con un inicio que podría hacernos pensar que se trata de una novela erótica, pero que a partir de la segunda parte baja completamente los decibeles de la libido. Recomendable para leerse como digestivo después de un libro de difícil digestión.