Lealtades que hunden o salvan

Las lealtades

Las lealtades

Delphine de Vigan

Anagrama, España, 2018

Hay muchos libros sobre los que puedo decir que me enseñaron a ver el mundo de distinta manera, otros  en los que descubrí pensamientos que ya me rondaban en la cabeza pero que yo no hubiera sido capaz de escribir de manera correcta; algunos me sorprendieron y otros más me dejaron pensando por mucho tiempo. Pero hay unos pocos, y puedo contarlos con los dedos de las manos, que al terminarlos me dejaron la piel de gallina.

Los que ahora me vienen a la mente son: Retrato de Shunkin de Junichirō Tanizaki; El jardín de cemento de Ian McEwan; Vida y época de Michael K. de J.M. Coetzee, La rebelión de los colgados de Bruno Traven y, el más recientemente leído, Las lealtades de Delphine de Vigan.

Quizás fue porque pude conectarme con esas historias angustiantes, quizás porque los autores lograron mantener la tensión en la historia hasta la última página, o tal vez fue el momento emocional en el que yo me encontraba, pero un escalofrío me recorrió al llegar al final de cada una de esas novelas.

Podría parecer que es una exageración mía, pero con Las lealtades de Vigan procuré dejar testigos y mostré la piel chinita de mis brazos a mi esposa y a mi hija.

Las lealtades cuenta la historia de Théo, un niño de 12 años que tras la separación de sus padres comienza a consumir alcohol como una manera de evadir su realidad. Théo está en custodia compartida de sus padres y tiene que vivir de manera alternada entre el mundo de su madre que está lleno de rencor contra su exmarido que la engañó, y el mundo gris y depresivo de su padre que se encuentra abatido después de que su amante lo dejó y él perdió su trabajo.

Quien descubre que algo va mal con Théo, es Hélène, su maestra de Ciencias Naturales, quien nota cansancio y un comportamiento extraño en su alumno, y entonces decide observarlo de cerca. Tan de cerca, que varios creen que es una invasión que no le corresponde como profesora. Hélène, a su vez, tiene un pasado terrible del que pudo salir adelante y por eso vuelca toda su preocupación sobre Théo.

Mathis es el único amigo de Théo y se ve arrastrado a ese peligroso juego de beber alcohol. La ventaja de Mathis es que Cécile, su madre, está más al pendiente de él. Sólo un poco, porque Cécile tiene otras preocupaciones, cómo la de estar casada con un hombre que creía conocer y que resulta tener una monstruosa personalidad que sólo muestra en las redes sociales.

Conforme leía esta novela pensaba en cuánta infelicidad puede haber en el mundo, cuánta infelicidad es capaz de soportar alguien. Imaginaba la infelicidad como un gran hoyo negro que lentamente devora todo a su paso, que engulle la risa, las ganas de vivir y arrasa con la vida propia y la de quienes están alrededor.

Théo buscaba una salida falsa para tratar de esquivar ese hoyo negro y se refugiaba en ese placer momentáneo que sentía cuando el alcohol entraba a su torrente sanguíneo.

Ninguno de los personajes de esta novela escapa a esa fuerza que los succiona hacia el abismo, y de la que la única forma de escapar es con ayuda de alguien que no solape y que se atreva a confrontarla. La autora nos asegura que las lealtades son “los trampolines sobre los que se despliegan nuestras fuerzas y las zanjas en las que enterramos nuestros sueños”.

No sé si todos los lectores hayan experimentado alguna vez esta cosa de la piel de gallina al leer un libro. Y estoy seguro que los libros que me lo provocaron a mí, no tendrán el mismo efecto en todos los lectores. Pero esos contados libros ocupan un lugar especial en mi memoria y los recomiendo ampliamente.

“Las lealtades son los lazos invisibles que nos vinculan a los demás –lo mismo a los muertos que a los vivos-, son promesas que hemos murmurado y cuya repercusión ignoramos, fidelidades silenciosas, son contratos pactados las más de las veces con nosotros mismos, consignas aceptadas sin haberlas oído, deudas que albergamos en los entresijos de nuestras memorias”. 

Nuestra vida en una vitrina

Libro Kentukis  - Lecturama

Kentukis

Samanta Schweblin

Literatura Random House, México 2019

Hoy al despertar, lo primero que hice fue abrir las persianas y estirarme. Mi vecina, cuya ventana de su cuarto queda justo enfrente de la mía, pensó que la saludaba y me correspondió. Luego bajé a la cocina para preparar el café, pero antes abrí todas las cortinas y persianas para dejar que la luz del sol iluminara de manera natural mi casa.

Debo decir que mi casa tiene amplios ventanales en la sala que dan hacia el exterior y que desde la cocina puedo observar y pueden observarme quienes transitan por la calle.

Mientras me preparaba el café, aún en piyama, algunos deportistas madrugadores me sonrieron como invitándome a dejar la modorra y seguir su paso de personas saludables. Otros vecinos que salieron a pasear a sus perros me dieron los buenos días y me sugirieron que agregara un poco de granola al yogurt que estaba por desayunar. Un par de niños que fueron a la escuela se rieron por mi despeinado. La vecina de la esquina se quedó viendo a mi pantalón de piyama y me dijo que tenía una peligrosa rasgadura a la altura de la ingle.

La culpa es en parte mía, yo dejé las cortinas abiertas a todas esas miradas curiosas para que pudieran conocer mi intimidad.

Acabo de leer la novela Kentukis de la escritora argentina Samanta Schweblin y me dejó pensando muchas cosas. Los kentukis son muñecos de peluche con cámaras en los ojos y ruedas que les permiten moverse, controlados a distancia por personas que pagan para ser observadores de otras vidas, las de quienes adquieren los muñecos. Es decir, a través del muñeco se establece un vínculo entre dos personas que no se conocen y que pueden estar en lados opuestos del mundo: observador – observado; amo (dueño de peluche) – ser (persona que maneja el peluche y observa la cámara).

Detrás de esta relación aceptada puede haber las más diversas motivaciones, algunas buenas, otras no tanto. Están los que adquieren el muñeco para sentir compañía, como un sustituto de mascota al que no hay que alimentar, basta con dejar el cargador al alcance del muñeco. Por otro lado están quienes adquieren la conexión para observar a través de los ojos del muñeco y así conocer otros lugares del mundo y contactar con personas de otras culturas. Digamos que ambos son el lado bueno de la moneda. Por otro lado, hay quienes adquieren el muñeco para exhibirse y dar rienda suelta a su sadismo reprimido. Otros compran la conexión para fisgonear, tratar obtener datos personales de los amos y después extorsionarlos. Este es el lado perverso.

Y en este vínculo admitido por observadores y observados hay un tercer actor que nunca se menciona en la novela: el que produce los kentukis y que se enriquece por dos vías. Y esa fue una de las reflexiones que me detonó el libro, los grandes corporativos a quienes entregamos libremente nuestros datos personales para que conozcan nuestros gustos, nuestros patrones de consumo, los lugares que frecuentamos y dónde vivimos. Somos nosotros mismos quienes abrimos las cortinas de nuestra casa-escaparate.

Kentukis es una novela que habla de la invasión a la intimidad, de la violación de la privacidad, de la necesidad de vínculos afectivos, de vouyerismo, de los huecos en la ley que permiten que la tecnología y el acceso a la información se usen de manera maliciosa.

Este es el tercer libro que leo de Samanta Schweblin: el primero fue Distancia de rescate; el segundo Siete casas vacías. Los dos lecturas me sacudieron y esculpieron un altar para la autora entre mis escritores favoritos. Debo confesar que tenía un poco de recelo acerca de Kentukis, sobre todo porque cuando recién se publicó el libro (2018) hubo una gran campaña de publicidad: The New York Times en español lo calificó como uno de los diez mejores libros de ficción del año. The Guardian calificaba a la autora como una de las 50 mejores voces nuevas de la ficción. Dejé pasar casi tres años para leerlo y mi temor se vio más o menos validado, es decir, me gustó, pero no tanto como los dos libros anteriores.

En el libro, los kentukis se vuelven tan populares que se pueden encontrar en cualquier lado. La propaganda publicitaria, que es un tema apenas mencionado, creó una falsa necesidad entre los consumidores que se volcaron a comprar muñecos o conexiones para observar. Yo, al ver que se le hacían tantos elogios a la novela, corrí a comprarla aunque la dejé reposar. El altar para Samanta Schweblin sigue en pie, pero quizá todos terminamos siendo víctimas de la mercadotecnia.

¿Comer o no comer? Ese es el dilema.

Cadáver Exquisito (Premio Clarín 2017) / Tender Is the Flesh: Bazterrica,  Agustina: Amazon.com.mx: Libros

Cadáver exquisito

Agustina Bazterrica

Alfaguara, España, 2019

El fin de semana pasado tuvimos un asado en familia: solo mi esposa, mi hija y yo. No es recomendable tener invitados en esta época de pandemia. El menú: unos vegetales a las brasas, unas quesadillas y un sirloin bien cocido. No me gusta el sabor de la sangre, por más que me digan que soy un criminal de los asados.

Después del postre hicimos la sobremesa. Comentábamos que a las brasas todo sabe bien, hasta los duraznos y la piña en almíbar. Después de recoger la cocina, aún quedaba un trozo de domingo para descansar y distraernos. Cada uno nos refugiamos en un rincón de la casa con su pasatiempo favorito. Yo seleccioné un libro que me recomendó Melina desde Mar del Plata: El cadáver exquisito de Agustina Bazterrica.

El título me sonaba a esa técnica usada por los escritores surrealistas, como una especie de juego en la que varios participantes armaban una historia. Consiste en que el primer participante comienza a escribir una historia en un papel y después de un cierto tiempo se detiene y le pasa la hoja al siguiente participante. Este no puede leer más que la última frase escrita por su antecesor y debe continuar la historia sin más información que esa. Y la hoja va pasando de mano en mano hasta que al final queda una historia hecha de retazos, como una quimera literaria.

La novela de Agustina Bazterrica nada tiene que ver con el pasatiempo surrealista.

Cadáver exquisito nos traslada a un mundo distópico en el que un virus mortal que afecta a los animales se contagia a los seres humanos. Con la finalidad de contener la transmisión del virus, es necesario sacrificar a todos los animales en cautiverio, incluidos animales de granja, de zoológicos, mascotas y en lo posible cazar a todos los animales libres. Hasta aquí, la distopía no está tan alejada de la realidad actual y 17 millones de visones sacrificados en Dinamarca a causa del Covid-19 son una muestra de ello.

Los seres humanos sobrevivientes al virus mortal siguen teniendo la necesidad de incluir carne en su dieta y, ante la falta de otra fuente calorías, se legaliza el consumo de carne humana. Cadáver exquisito se sitúa en ese tiempo en que las granjas que antes producían ganado vacuno, comienzan a producir la primera generación pura (PGP) de especímenes -está prohibido llamarle humanos. Afuera de los mataderos que antes se utilizaban para reses y puercos, y que ahora se usan para los especímenes PGP, viven los Carroñeros, grupos de personas que se conforman con los restos no aprovechables o con la carne echada a perder. Existe también una Iglesia de la Inmolación, que promueve entre sus feligreses el autosacrificio con la finalidad de que sus semejantes se alimenten de su propio cuerpo.

No voy a negarles que la lectura de este libro, merecedor del Premio Clarín en 2017, por momentos me dio retortijones. Era quizás el esfuerzo de mi estómago por procesar el sirloin a las brasas que dos horas antes había comido.

El estilo de la novela carece totalmente de ornamentos, cuenta las acciones sin entrar en tanto detalle en descripciones, casi como un guion cinematográfico. Aun así, provoca una profunda reflexión, casi una indigestión mental, sobre la destrucción que hemos hecho como especie, en este planeta. Hemos arrebatado el hábitat a muchas especies y las hemos extinguido; hemos creado una enorme desigualdad entre nosotros mismos; hemos agotado al planeta hasta llevarnos al borde de nuestra propia destrucción y todo con tal de perseguir ese modelo de consumo impuesto por el capitalismo.

¿Cuántos millones de reses se necesitarían para que toda la población del mundo pudiera comer carne diariamente? ¿Cuántos planetas se necesitarían para mantener esa producción de carne? No soy nadie para arrojar la primera piedra a los carnívoros, menos después de ese pedazo de sirloin bien cocido que clamaba venganza desde mi interior. Pero ¿y si todos, en la medida de lo posible, hacemos el esfuerzo de reducir el consumo? (Aplica igual para la carne o para cualquier producto).

Terminé la novela de Agustina Bazterrica con un remordimiento en mi estómago. Quienes me conocen saben que me gustan los libros que me hacen sufrir, éste sin duda lo recomiendo para eso. Sé que no soy el mismo después de su lectura y que sin duda seguirá dándome vueltas en la cabeza por mucho tiempo. Quizás hasta el próximo asado en el que me conformaré con los vegetales y las quesadillas.

¿Qué haríamos sin la muerte?

LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE

Las intermitencias de la muerte.

José Saramago

Punto de Lectura, México, 2006

¿Cómo sería el mundo si no existiera la muerte? Rápidamente la sociedad entera enloquecería por la falta de recursos, por el exceso de enfermos terminales que saturan los hospitales y por la gran geriátricos abarrotados. Las monarquías estarían en constantes guerras internas por una sucesión que nunca se realiza a falta de la muerte del rey padre. Los recursos no serían suficientes y ningún gobierno sería capaz de poner orden en la repartición de los mismos. Incluso las religiones se tambalearían, pues fundan sus creencias en lo que sucederá en esa etapa posterior a la vida. Definitivamente, no me gustaría vivir en un mundo sin muerte. Y es que la muerte es parte del ciclo de la vida. Sin ella el planeta, colapsaría.

Con esa premisa inicia el libro de Las intermitencias de la muerte de José Saramago, en el que nos lleva a reflexionar sobre las implicaciones que tendría que un buen día la muerte de los humanos, en un cierto país, dejara de trabajar. De la mano de Saramago vamos de la reflexión, al embeleso y a la carcajada, pues igual nos plantea una cuestión filosófica como la eutanasia, la corrupción o las religiones; que nos hace enternecer con la imagen de la muerte sentada en un sofá con un perro en su regazo; o hace hablar a la guadaña para hacerle un piropo a la muerte que se encarna como mujer.

En varios de sus libros, Saramago nos plantea una historia en la que un suceso fantástico ocurre en una sociedad y trastoca la vida, para resaltar lo peor de la humanidad, y después, así como llegó, se va eso que alteraba la vida y todo vuelve a la normalidad.

Además también podemos distinguir una forma muy característica en la escritura de Saramago, en la que los diálogos entre personajes, sin un nombre propio, están mezclados con la voz del narrador, en unos párrafos enormes. Eso podría espantar a algunos lectores, pero les garantizo que una vez pasando las primeras páginas se acostumbrarán al estilo. Aquí debo confesar que si pudiera pedir un deseo literario en mi vida, pediría escribir como José Saramago, así que este comentario puede ser un poco tendencioso.

Este libro tan fascinante lo había leído hace 10 años y lo releí recientemente porque quisimos grabar un podcast con Melina Rubio (Cuenta en Instagram: @lecturas.extraordinarias) y ella seleccionó el libro.

La charla fue muy entretenida, en especial pensar cómo sería la muerte argentina y como la mexicana. La argentina seguramente bebería mate, sería un poco quejosa, y sería aficionada al fútbol, hincha de Boca, por supuesto, para que los de River mueran de envidia. La muerte mexicana sería más colorida, tal vez usaría un sombrero ancho y un bigote espeso como alguno de los dibujos de Guadalupe Posada.

Escuchen las dos partes del podcast sobre Las intermitencias de la muerte con nuestra nuestra querida invitada de Mar del Plata, Melina Rubio.

La difícil tarea de ser madre

En «Mátate, amor» todo lo que se pudre forma una familia – Liberoamérica

Matate, amor;

Ariana Harwicz;

México, Dharma Books, 2019

Cuando pensamos en alguien que acaba de ser madre, viene a nuestra mente la ternura de los bebés, los brazos pachones y la piel lisa del pequeño, la temperatura caliente del cuarto en el que está la cuna, el aroma a talco. Quizás se cuele en nuestro recuerdo el olor a pañal usado y a leche materna; o las manchas en la cara y las estrías en la panza de la madre, huellas de un embarazo que es algo del pasado. Menos probable aún, es pensar en los desvelos, el cansancio acumulado, las ojeras, la depresión postparto, la desesperación de no poder hacer otra cosa que ser mamá de tiempo completo.

Por alguna extraña razón, recientemente han caído en mis manos muchos libros que hablan de la maternidad. Más precisamente, del lado B de la maternidad, ese que no tiene que ver con lo idílico sino con lo penoso de ser mamá. El más reciente de esos libros fue Matate, amor, de la escritora argentina Ariana Harwicz. No recuerdo de dónde escuché la referencia de este libro por primera vez, pero en la contraportada viene recomendado por Samantha Schweblin y eso ya es un sello de garantía.

Una mujer cansada de aparentar una vida feliz al lado de su bebé y de su marido sufre un golpe anímico. La depresión post-parto sumada a una insatisfacción sexual, intelectual, matrimonial y de vida en general, además de la sospecha de ser engañada por su marido, desencadenan un derrumbe emocional. La afectación en ella provoca que entre continuamente en desesperación con el bebé y que lo descuide.

“Pasé la mañana insultando al bebé. Le dije de todo menos lindo. Al bebé. Qué no le dije, lo recontra insulté. Una boca sucia de madre. Lo llené de agravios al pobre. Espero que no reconozca ninguna palabra, que más tarde repita delante de todos la concha de tu madre. Me miró diciendo: mamá, pis, y lo mandé a hacer pis solo, a que se alimente con sus propios medios. Ese domingo de invierno comenzó mal”.

A lo largo de la novela está siempre presente la sensación de que algo malo le va a pasar al bebé. No obstante, ella no es la única responsable del constante peligro que corre el niño, sino también el marido, el entorno y la sociedad en general que asumen que la madre es la única obligada a cuidar de los hijos.

En Matate, amor, hay una violencia soterrada que se asoma de vez en cuando y nos da pistas de las posibles causas que afectan la psique de la protagonista:

“Cada vez que lo miro recuerdo a mi marido detrás de mí, casi eyaculándome la espalda cuando se le cruzó la idea de darme la vuelta y entrar, en el último segundo. Si no hubiera habido ese gesto de darme vuelta, si yo hubiera cerrado las piernas, si le hubiera agarrado la pija, no tendría que ir a la panadería a comprar la torta de crema o chocolate y las velitas, medio año ya. Las otras al parir suelen decir, ya no me imagino mi vida sin él, es como si hubiera estado desde siempre, pff.”

Como parte de ese derrumbe emocional o liberación de la realidad, la protagonista da rienda suelta a sus instintos sexuales con un vecino que la observa. Esto hace que la lleven a un centro de rehabilitación psiquíatrico, diagnosticada como ninfómana.

Matate, amor, está situada en un ambiente rural, lleno de una bruma que hace un poco difusa la frontera entre lo real y lo alucinatorio, y que por lo tanto exige una mayor atención al leerse. Sin duda esta novela es un gran libro y lo recomiendo ampliamente a aquellos que ya tomaron una decisión acerca de ser padres o madres y no hay nada que los haga cambiar de parecer.

“Quiero ir al baño desde que terminó el almuerzo pero es imposible hacer otra cosa que ser madre. Y dale con el llanto, llora, llora, llora, me va a trastornar. Soy madre, listo. Me arrepiento, pero ni siquiera lo puedo decir. A quién. ¿A él sentado en mis rodillas, metiendo la mano en mi plato de restos fríos, jugando con un hueso de pollo? ¡No! Dejá eso que te atragantás. Le tiro una galletita. Me la devuelve. Tengo la boca llena de saliva, de migas. Tengo tomate pegado en mi brazo […] Soy madre en piloto automático. Lloriquea y es peor que el llanto. Lo alzo, le ofrezco una sonrisa falsa, aprieto los dientes. Mamá era feliz antes del bebé. Mamá se levanta todos los días queriendo huir del bebé y él llora más. Quiero ir al baño, pero ese cacareo interminable, esa queja, me lo hace imposible Qué quiere de mí. ¿Qué querés? No me deja dejarlo. Se arquea. Ayer tuve que ir a hacer con él, hoy prefiero hacerme encima”.

Lenguaje cifrado

Léxico familiar: Amazon.co.uk: Ginzburg, Natalia, Corral, Mercedes:  9788426402950: Books

Léxico familiar

Natalia Ginzburg

Lumen, España, 2016

La complicidad de los amantes crea nuevos lenguajes. Un guiño significa un “te veo al rato”; una palabra detona el recuerdo orgásmico; un roce, exhibe un deseo. Todo un nuevo conjunto de significados que generalmente sólo es entendido por sus coatures.

Con los amigos y la familia, pasa algo similar: se distorsionan las palabras, se resignifican. Se crean sobrenombres o apelativos que cualquier observador ajeno a ese círculo de complicidad es incapaz de entender. Es decir, se crea un léxico familiar.

Léxico familiar es también el título de un libro escrito por la autora italiana Natalia Ginzburg (1916 – 1991), del cual quiero hablar hoy.

Anteriormente había leído un ensayo de Natalia Ginzburg titulado Las pequeñas virtudes (1962) que me dejó prendado a la autora. Es un texto escrito con un lenguaje sencillo pero lleno de una inteligencia y una profundidad abrumadoras, en el que nos explica que no debemos enseñar a nuestros hijos las pequeñas virtudes, como el hábito del ahorro, sino las grandes virtudes, como la generosidad y el desapego por el dinero; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; etc.

Con ese precedente, imaginé que Léxico familiar (1963) sería una explicación detallada de cómo surge o cómo se construye el idioma secreto entre los miembros de un grupo íntimo, como la familia. No fue así. En este libro, la autora nos cuenta su infancia y su juventud a través de anécdotas, en las que además de la historia familiar, se ve, como telón de fondo, la convulsa historia de Italia entre las dos guerras mundiales.

Natalia nació en Palermo en el seno de una familia acomodada. Su padre, Giuseppe Levi era un librepensador de familia judía muy estricto, que enseñaba Anatomía en la Universidad de Turín. Su madre, Lidia Tanzi, venía de una familia católica y cargaba sus propios prejuicios sociales y religiosos. Toda la familia Levi tenía una tradición abiertamente antifascista, lo que provocó que varios de sus tíos, su padre y sus hermanos fueran perseguidos y encarcelados.

Con los nombres reales, aparecen en el libro los amigos y familiares de la autora, que, a contracorriente, combatían contra un régimen autoritario que se expandía por toda Europa. Los fundadores del Partido Socialista en Italia, los exiliados, los que actuaban desde la clandestinidad.

En apariencia, Léxico familiar es un libro sencillo, sin una trama bien definida, pero en él se mezclan las anécdotas cotidianas con reflexiones profundas sobre la época. Además es un ejemplo sobresaliente de cómo se debe de escribir combinando inteligencia y naturalidad.

«La posguerra fue una época en que todos creían ser poetas, y todos pensaban ser políticos. Después de tantos años en que pareció que el mundo había enmudecido, petrificado, y en que la realidad había sido observada desde el otro lado de un cristal , una vítrea, cristalina y muda inmovilidad, todos imaginaron que se podía y se debía hacer poesía de todo.»

Cómo decía la propia autora: «Aunque esté basado en hechos reales, me gusta pensar que Léxico familiar va a leerse como una novela, pidiéndole a este libro todo lo que solemos pedir a la ficción.»

No me decepcionó en lo absoluto que el libro no fuera lo que yo esperaba. Por el contrario, disfruté el recorrido a través de sus páginas, me divertí con ese lenguaje cifrado que sólo era entendible entre los Levi y aprendí un poco sobre la historia italiana. Espero que el lector de este texto tampoco se haya decepcionado por no encontrar aquí nada acerca del idioma de los amantes.

Poesía y ciencia

Principia
Principia
Elisa Díaz Castelo
Fondo Editorial Tierra Adentro

Acabo de descubrir un libro hermoso, que de cierta forma combina la ciencia y la poesía, así como Humbolt creía que debería de ser, eliminando las barreras entre el conocimiento científico y la estética.

El título del libro, Principia, es en honor al Philosophie Naturalis Principia Mathematica, que Isaac Newton publicara en 1687, y que explica las leyes del moviento y la ley de la gravedad que son la base de la Mecánica Clásica.

Elisa Díaz Castelo (Cd.Mx. 1986 – ) es una poeta mexicana que con el apoyo de las becas Fulbright – COMEXUS y Goldwater cursó la maestría en Creative Writing en la Universidad de Nueva York. Ha ganado múltiples premios a nivel nacional e internacional, incluido el primer lugar del Premio Poetry International 2016.

En Principia de Díaz Castelo podemos encontrar poemas que tratan sobre la escoliosis, los agujeros negros y la materia oscura, la escala de Richter, la geometría descriptiva y los puntos de Lagrange.

Esos poemas no son puramente una explicación científica versificada sino un vínculo entre lo cotidiano y lo cósmico, entre los sentimientos y la razón, entre lo material y lo etéreo.

Para muestra les dejo un poema que nos habla de cómo la memoria, al igual que la materia, se degrada con el paso del tiempo, y a veces sólo quedan jirones de lo que fue…

Vida media
Redondeo su nombre: tres o cuatro recuerdos.
Un número que tiende a oscurecerse.
Nombre de borde y empeño, nombre de fondo,
canción que de tanto escucharse se desgasta.
Dios ha hecho su mudanza. Aquí no vive.
Cielo, tierra, hemos sido demasiado lentos:
ya se acabó la cuenta regresiva de la infancia
y no me acuerdo del nombre de su perro
ni de qué traía puesto cuando nos empapamos
bajo la lluvia tibia de Querétaro.
Nuestros nombres eran
innumerables abejas, un enjambre o manada,
multitud de sonidos, ni siquiera
el cauce o la desembocadura, ni siquiera el agua.
Recuerdo obstinado, elemento
que al atravesar el tiempo se desgasta.
Ésta es la vida media. Con los siglos
hasta los elementos cambian:
se pierden por partes: se vuelven otros
más comunes, más estables. Casi todos
terminan convertidos en plomo.


Hay que decirle al alquimista: dale tiempo.
Queda la vida a contrapelo y esta calle lejana
en la que vivo, quedan las frutas maduras
que esperan de madrugada en sus cajas
frente al mercado vacío. El presente
es punto ciego, ese momento
de la noche a medias donde no se sabe
si las cosas terminaron o están a punto de empezar
de nuevo, todavía. Queda la palabra de su nombre:
un cuchillo de carnicero tantas veces afilado
que casi ya no existe.

La secuencia de eventos que nos ha hecho ser quienes somos

Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea / My Sister Lives ...

Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea

Annabel Pitcher

Siruela, México, 2014.

Después de estar leyendo varios libros de temas perturbadores, intenté escoger de mi antibiblioteca un libro que alejara mis pensamientos de la violencia, de las epidemias y de tantos otros temas que me agobian y me atraen. Seleccioné uno que llevaba años esperando a ser leído, sin husmear en la contratapa. Sólo por la portada y el título. Y así comencé Mi hermana vive en la repisa de la chimenea de Annabel Pitcher.

Jamie tenía sólo 5 años cuando su hermana Rose murió y no la recuerda. Nunca lloró por su muerte y nunca ha vuelto a llorar por nada desde entonces. En cambio sus padres lloran frecuentemente y se encuentran destrozados, anclados en el recuerdo de la hija que perdieron y olvidándose de los dos hijos que aún tienen.

Ahora, Jamie tiene 10 años y junto a su padre y su hermana Jasmine, se acaban de mudar a un pequeño pueblo de Inglaterra, provenientes de Londres. Desde la muerte de Rose, el padre de Jamie se volvió alcohólico y su madre se fue a vivir con otro hombre que le brindaba comprensión. Jamie trata de integrarse socialmente con los niños de su edad y de volver a reunir a su familia. Pero reconstruir una familia tan rota no es fácil; tampoco hacer amigos.

Jamie conoce en su nueva escuela a Sunya, quién es la única que no lo rechaza y le ofrece su amistad. Sin embargo Sunya tiene un pequeño defecto: es musulmana. Su padre le ha dicho que los musulmanes son los responsables de la muerte de Rose y que todos son malas personas. Jamie lo duda, Sunya no parece una terrorista.

La autora nos muestra, a través de la voz de Jamie, que muchos de los prejuicios que tenemos son heredados -de los padres o de la sociedad en que vivimos- y que sólo siendo abiertos a otras culturas y creencias, podremos experimentar las bondades de la globalización.

Esta novela de Annabel Pitcher habla sobre la inocencia y el abandono, sobre cómo la primera puede ser más fuerte que el segundo y cómo puede ayudar a mantener la cordura después de haber sufrido un trauma tan violento.

Además, trata un tema que siempre ha llamado mi atención y que he encontrado en varios libros: la gran sucesión de eventos que se requieren para que los hechos que nos transforman lleguen a ocurrir. Es decir, somos el resultado de una secuencia de eventos sumamente improbables.

El atentado en el que murió Rose, fue por medio de explosivos escondidos en buzones y botes de basura que se activaron simultáneamente. Uno de los hombres que murió había perdido el tren debido a que falló el sistema de señales; salió de la estación de trenes y le entró hambre, así que se compró un sandwich y fue a tirar el papel a la basura y en ese instante detonó el explosivo. “Si el sistema de señales no hubiera fallado, o si él no hubiera comprado el sandwich, o incluso si se lo hubiera comido un par de segundos más despacio o un par de segundos más rápido, entonces puede que no se hubiera acercado a la papelera a tirar el papel en el preciso instante en que explotó la bomba. Y eso me hizo darme cuenta de una cosa. Si nosotros no hubiéramos estado en la Plaza Trafalgar, o si las palomas no existieran, o si Rose hubiera sido una niña obediente en lugar de una niña traviesa, entonces todavía estaría viva y mi familia sería feliz.”.

En otro episodio de la novela, Jamie saca de la biblioteca un libro titulado: “El milagro que soy: un libro sobre óvulos, espermatozoides y cómo nacen los niños”. Y luego dice “El libro hablaba de lo especial y lo único que yo era porque sólo había una posibilidad entre un millón de trillones de que saliera tal como soy. Si aquel espermatozoide de papá no se hubiera encontrado con aquel óvulo de mamá justo en el momento en que lo hizo, yo habría sido una persona diferente. Eso no tenía pinta de milagro. Tenía pinta de mala suerte.”.

Mi hermana vive en la repisa de la chimenea es una novela narrada con una gran ternura y sin embargo, nos deja un montón de reflexiones sobre la vida, sobre nuestro mundo y sobre la fragilidad emocional del ser humano y la fortaleza que encuentra en los pequeños detalles.

Seguramente, si hubiera leído la contratapa y hubiera encontrado la frase “atentado terrorista islámico”, el libro seguiría guardado con su plástico en mi librero y yo no estaría aquí escribiendo la reseña de un libro altamente recomendable que ya forma parte de mi bagaje y que en cierta forma se ha incorporado a mí.

Argentina, tan lejos y tan cerca

Amazon.com: Una vez Argentina (Spanish Edition) eBook: Andrés ...Una vez Argentina

Andrés Neuman

Editorial Alfaguara, México, 2014

Una vez Argentina es como un álbum familiar en el que Andrés Neuman, a través de anécdotas, nos va describiendo su árbol genealógico.

Su bisabuelo Jacobo, un judío ruso, le robó el pasaporte a un soldado alemán y así adquirió el apellido Neuman. Se embarcó hacia Sudamérica huyendo de los pogromos. Allá conoció a su bisabuela Lidia, también emigrante, de origen lituano ella.

En esta parte, el libro me recordó el libro de Paul Auster, 4 3 2 1 que leí recientemente. En la novela de Paul Auster, el bisabuelo del protagonista también era de origen judío y viajó desde Rusia hasta Nueva York en busca de una nueva vida y en el camino adquirió, por casualidad, el apellido Ferguson. No dejan de maravillarme esas coincidencias en la literatura.

Regreso al libro de Andrés Neuman; este, además de ir contando la historia familiar de su autor, nos va contando la historia de Argentina, esta historia vivida en carne propia por cada uno de los protagonistas. La dictadura militar, la llegada de Raúl Alfonsín a la presidencia, la inflación incontrolable, el campeonato de fútbol en el 86, la guerra de las Malvinas y, por supuesto, los referentes literarios.

“Leía el diario en la casa de mi abuela Dorita. Las páginas centrales festejaban el triunfo de la selección en México. Según las crónicas, una mano divina había conquistado nuestro segundo Mundial, esta vez sin militares, y nos había devuelto las Malvinas. Maradona sonreía desde el Estadio Azteca, alzando la copa dorada como un brindis solar. Mientras buscaba alguna mención del Chino Tapia, me topé de improviso con la foto de un anciano entrecerrando los ojos. Me sorprendió que semejante vejestorio le quitara algo de espacio al fútbol. Era junio de 1986. Los restos del tal Borges descansaban en Ginebra”.

La manera de narrar de Neuman es tan natural, tan entrañable, que es imposible no verse reflejado en alguno de sus párrafos. ¿O será que su etapa de adolescente tímido me vino como un perfecto espejo literario?:

“Mostrar los pies me atemorizaba. Los pasos del pudor me llevaban a ocultarlo ante la vista ajena. ¿Ajena? Quizás los ocultaba de mí mismo.”

“Quise a una pelirroja que no supo que la quería. Ariadna. Admito que, con semejante nombre, hubiera debido sospechar. Pero a aquella edad no andaba uno sobrado de mitología.”

Además de estas citas, que ojalá hubiera escrito yo, viene una de las mejores descripciones sobre la vejez que jamás haya leído y que comienza así: “La vejez se convierte en una visión progresivamente incómoda para sus testigos, un futuro contagioso al que no conviene acercarse demasiado”.

Es imposible no pasar ir de un estado de ánimo a otro al leer éste libro. Además me llegó en un momento donde Argentina me parece más próxima que nunca. Tenía planeado viajar a Argentina el 22 de abril, y quería irme empapando del país sureño a través de su literatura.

Mi intención era pasar unos días en Buenos Aires y luego ir hasta la Patagonia. Pero este viaje estaba destinado a no ocurrir. Primero, enfermó mi mejor amigo con quien pensaba hacer este recorrido. Después, pasó por mi cabeza hacer el viaje en solitario y la pandemia del covid-19 me hizo desechar la idea. Lo dicho, este viaje estaba destinado a no ocurrir. No en este momento, pero presiento que, en un futuro próximo, Una vez Argentina.

Un gótico comtemporáneo

Image result for Las cosas que perdimos en el juegoMariana Enríquez

Las cosas que perdimos en el fuego

México, Editorial Anagrama, 2016

Las cosas que perdimos en el fuego llevaba más de un año en mi librero. No es que le estuviera sacando la vuelta o que estuviera esperando a que la autora ganara el Premio Herralde -lo acaba de ganar por su novela Nuestra parte de noche-, simplemente no le había podido llegar su tiempo. Por fin le llegó su momento y me ha impactado.

Mariana Enríquez ha desarrollado un estilo literario muy particular que se me ocurre llamar Gótico Argentino Contemporáneo -después me enteré de que le llaman Gótico Realista.

Sus historias no se sitúan en castillos medievales ubicados en lo alto de una montaña o en bosques oscuros, pero a veces se mencionan casas lujosas antiguamente que están localizadas en barrios bonaerenses venidos a menos, en los que el paso del tiempo y la falta de dinero para darle mantenimiento, han acelerado el deterioro.

En los cuentos de Mariana Enríquez podemos encontrar diferentes tipos de fantasmas. A veces, están aquellos entendidos como esas almas en pena que necesitan un acto reivindicativo para por fin descansar en paz -como El desentierro de la angelita, cuento publicado en la Revista Literaria Quimera. En otras de sus historias, aparece de manera subyacente el fantasma de la dictadura y el de la pobreza que igualmente asusta hasta a los más valientes.

Las cosas que perdimos en el fuego está formado por doce cuentos que no son precisamente de terror, pero vaya que dan miedo.

Un chico sucio no tiene elementos fantásticos, pero hay personas que creen en cosas fantásticas y que ponen un altar en la calle y le rezan santos delincuentes como El Gauchito Gil o San La Muerte, que al mexicanizarlo estaríamos hablando de El Santo Malverde y la Santa Muerte. Este es un relato ubicado en un barrio bravo de Buenos Aires, que anteriormente era de clase alta y en el que ahora lo único alto es la desigualdad entre las clases. En este relato, hay un niño que vive en la calle con su madre, que huele mal y causa lástima. Una noche, la protagonista lo invita a su casa -la casa antiguamente lujosa- le da de comer, le invita un gelato y pasan cerca de algo que parece un altar satánico. Ningún elemento fantástico, pura realidad hecha literatura.

La hostería nos traslada a una provincia argentina, un lugar al que los bonaerenses van a vacacionar. La hostería en la que se hospeda la protagonista anteriormente era un cuartel militar en el que, durante la dictadura militar de Videla, se encerraba y torturaba a los disidentes. En ese lugar los gritos de dolor y la violencia del pasado quedaron impregnados en las paredes y el terror no se olvida.  En este cuento encontramos elementos fantásticos con un sustento real y cargado de la historia de Argentina.

Los años intoxicados cuenta la adolescencia de tres amigas, desde 1989 hasta 1994. Nos habla de su amistad, del destrampe, de sus experiencias con las drogas (alcohol, marihuana, cocaína, ácidos) y las sitúa en un marco de pobreza, precariedad y abandono; la luz se iba por horas, no había comida y ellas eran flacas por no comer. Luego viene la ilusión de la recuperación económica -cuando la paridad del peso argentino y el dólar era 1 a 1. Además del ese trasfondo económico, está el social. Las chicas estaban a su suerte, nadie se preocupaba por ellas. Una de las chicas tenía llave de su cuarto para evitar que el padre, que siempre estaba borracho, se le metiera de noche. De manera tangencial, el cuento también habla del aborto ilegal.

Las cosas que perdimos en el fuego, cuento que le da nombre al libro, habla de una forma de “protesta” contra la violencia hacia las mujeres y también de un acto de sororidad. Una mujer en el subte, quemada del rostro y la cabeza, se sube a mendigar y saluda de beso a todos los pasajeros. Algunos al verla rehúyen y abandonan el vagón. Según ella, el novio le roció alcohol y le prendió fuego mientras dormía; el novio declaró que fue un accidente y ahora se encuentra libre. Víctima del novio y revictimizada por los jueces que no le creyeron. Igual al caso de ella, hubo otros casos, hasta que el hartazgo por falta de justicia las hace quemarse voluntariamente. Más mujeres solidarias se lanzan a la hoguera: si los hombres no eran capaces de respetarlas, vivirían con monstruos. ¿De qué otra manera podrían hacer patente la violencia que padecían? ¿De qué manera, en que fueran escuchadas?

“Por lo menos ya no hay trata de mujeres, porque nadie quiere un monstruo quemado y tampoco quieren a estas locas argentinas que un día van y se prenden fuego – y capaz que le pegan fuego al cliente también”. [p. 195]

Los relatos de Mariana Enríquez están llenos de una realidad actual e histórica, una realidad más bien maligna que a veces quisiéramos que no fuera real. Sin embargo, los diarios nos dicen que existen los rituales narco-satánicos, las desapariciones masivas, la drogadicción el abandono y la pobreza extrema, el aborto ilegal, los tipos que son capaces de arrojar ácido a una mujer por celos, la violencia de género.

Ojalá que este tipo de historias fueran solo parte de ese universo literario de Mariana Enríquez. Me he vuelto fan de esta autora y en cuanto pueda compraré su nuevo libro premiado para dejarlo reposar un buen tiempo en mi librero.