Un libro lleno de sabiduría

El libro vacío

El libro vacío

Josefina Vicens

Ediciones Transición, 1978, México

De lo bueno poco, dicen. Por eso Josefina Vicens (1911-1988) publicó sólo dos novelas (El libro vacío, 1958 y Los años falsos, 1982) y eso le bastó para ganarse un lugar muy importante en la Literatura Mexicana. Aunque además de estas dos novelas, también escribió varios guiones cinematográficos, cuentos y una obra de teatro.

Hoy hablaré de El libro vacío, aunque no contaré nada de su argumento, ni daré mi opinión, ni mencionaré el montón de resortes que hizo saltar en mi cabeza; simplemente compartiré algunas de las cápsulas de sabiduría que contiene esta novela, para que se presente por sí misma:

“Muchos años después la encontré en una cervecería. Por nada en el mundo la describiría aquí. Pero la sensación que experimenté me hizo comprender que solo en el cuerpo del ser profunda y largamente amado, no percibimos el paso del tiempo, y que el envejecer juntos es una forma de no envejecer. La diaria mirada tiene un ritmo lento y piadoso. La persona que vive a nuestro lado siempre está situada en el tiempo más cercano: ayer, hoy, mañana, y a estas distancias mínimas no pueden verse, no se ven los efectos de los años.”

Consejo de padre a hijo…

“[…] lo que tu sentimiento considera esencial, eso es lo esencial. No hagas caso de mis consejos; la experiencia está al final del camino, y yo no debo quitarte el gusto del camino, ni la triste riqueza que vas a encontrar cuando lo hayas recorrido. Porque la experiencia es eso: una triste riqueza que sólo sirve para saber cómo se debería haber vivido, pero no para vivir nuevamente. Yo podría protegerte, pero ¿te interesa mi protección? Lánzate a tu vida desnudo, inexperto, inocente. Y sal de ella maltrecho o victorioso. Eso, al fin y al cabo, es igual. Lo importante es la pasión que hayas puesto en vivirla.”

“[…] el mediocre puede ser también un triunfador, si por triunfo entendemos no sólo la brillante apariencia, la forma o la prosperidad, sino la paz íntima y la falta de avidez por los elementos estridentes que dan un suntuoso contorno a la existencia.”

Sobre el paso del tiempo y las hazañas que nos hubiera gustado hacer…

“No puedo hacer nada para que éstas se conviertan en realidad, por eso, porque el tiempo ya pasó. Antes, cuando aún no pasaba, yo no sabía que pasa tan rápidamente que ni siquiera lo sentimos, ni que después, cuando empezamos a notar su paso, es que ha pasado ya.”

Josefina Vicens: La escritura y el salto al vacío

Aunque el nombre de Josefina Vicens no sea tan resonante como el de otros escritores mexicanos, está grabado con letras de oro, al lado del de Juan Rulfo y Octavio Paz, en el firmamento literario mexicano y es bueno recordarla leyendo su obra.

Mirar es tocar…

Ya había recomendado hace unos días el libro de Elisa Díaz Castelo titulado Principia, sin embargo no pude aguantarme las ganas de compartir otro poema suyo que nos recuerda que mirar es tocar.

No podía hacer falta la dosis de ciencia, como en todos poemas que conforman este libro. Los ancestros submarinos desarrollaron leves hendiduras en la piel que en principio eran termosensibles y terminaron siendo fotosensibles. Un proceso evolutivo de millones de años.

Y aunque el amor evoluciona en mucho menos tiempo, se pasa lentamente de la mirada a la caricia, del deseo a la pasión. Desafortunadamente, no todos los amores evolucionan de igual manera. Se necesitarían miles de universos para ser habitados por esas alternativas que no sucedieron.

Lo que nos queda es la mirada, esa variante que no precisa cercanía. Sin más, aquí dejo el poema de Elisa Díaz Castelo:

Disertación sobre el origen de la vista

La primera vez que me miraste de ese modo,

tratando de descifrar el acertijo de mi cuerpo,

mi sangre se espesó de pronto, fui piel

plenamente, a mediodía. Años más tarde

supe que nuestros ancestros submarinos

desarrollaron en la piel un par de leves hendiduras

más sensibles. Eran los ojos: dos agujeros negros

en los que caía el mundo. Lo que fue temperatura

se hizo luz, por primera vez vista, traducida del tacto.

Pero yo ya lo sabía de algún modo.

Sin decírmelo me mostraste

que mirar es tocar, una variante

que no precisa

cercanía. Tenías razón

en mis manos, mis labios,

mis alargadas clavículas, lo visible

y manso de mi cuerpo. Me conocías

a flor de vista, a golpe de ojo y sin saberlo,

es cierto, me tocabas. Que eso te consuele.

Elisa Díaz Castelo; Pricipia; FETA, México, 2018

Poesía y ciencia

Principia
Principia
Elisa Díaz Castelo
Fondo Editorial Tierra Adentro

Acabo de descubrir un libro hermoso, que de cierta forma combina la ciencia y la poesía, así como Humbolt creía que debería de ser, eliminando las barreras entre el conocimiento científico y la estética.

El título del libro, Principia, es en honor al Philosophie Naturalis Principia Mathematica, que Isaac Newton publicara en 1687, y que explica las leyes del moviento y la ley de la gravedad que son la base de la Mecánica Clásica.

Elisa Díaz Castelo (Cd.Mx. 1986 – ) es una poeta mexicana que con el apoyo de las becas Fulbright – COMEXUS y Goldwater cursó la maestría en Creative Writing en la Universidad de Nueva York. Ha ganado múltiples premios a nivel nacional e internacional, incluido el primer lugar del Premio Poetry International 2016.

En Principia de Díaz Castelo podemos encontrar poemas que tratan sobre la escoliosis, los agujeros negros y la materia oscura, la escala de Richter, la geometría descriptiva y los puntos de Lagrange.

Esos poemas no son puramente una explicación científica versificada sino un vínculo entre lo cotidiano y lo cósmico, entre los sentimientos y la razón, entre lo material y lo etéreo.

Para muestra les dejo un poema que nos habla de cómo la memoria, al igual que la materia, se degrada con el paso del tiempo, y a veces sólo quedan jirones de lo que fue…

Vida media
Redondeo su nombre: tres o cuatro recuerdos.
Un número que tiende a oscurecerse.
Nombre de borde y empeño, nombre de fondo,
canción que de tanto escucharse se desgasta.
Dios ha hecho su mudanza. Aquí no vive.
Cielo, tierra, hemos sido demasiado lentos:
ya se acabó la cuenta regresiva de la infancia
y no me acuerdo del nombre de su perro
ni de qué traía puesto cuando nos empapamos
bajo la lluvia tibia de Querétaro.
Nuestros nombres eran
innumerables abejas, un enjambre o manada,
multitud de sonidos, ni siquiera
el cauce o la desembocadura, ni siquiera el agua.
Recuerdo obstinado, elemento
que al atravesar el tiempo se desgasta.
Ésta es la vida media. Con los siglos
hasta los elementos cambian:
se pierden por partes: se vuelven otros
más comunes, más estables. Casi todos
terminan convertidos en plomo.


Hay que decirle al alquimista: dale tiempo.
Queda la vida a contrapelo y esta calle lejana
en la que vivo, quedan las frutas maduras
que esperan de madrugada en sus cajas
frente al mercado vacío. El presente
es punto ciego, ese momento
de la noche a medias donde no se sabe
si las cosas terminaron o están a punto de empezar
de nuevo, todavía. Queda la palabra de su nombre:
un cuchillo de carnicero tantas veces afilado
que casi ya no existe.