Casanova, el irresistible seductor

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Casanova

(Biografía)

Stefan Zweig

Editorial Pharos, México, 1944

Sé libre, no dejes que nada te ate; viaja, conoce, prueba, llénate de experiencias, ama, disfruta el momento; vive hoy, no pienses en el mañana; que nada ni nadie te detenga.

Sería creíble decir que estos consejos me los dio un coach o que se los escuché a un influencer que me quería transmitir la filosofía de vida de Timón y Pumba: Hakuna matata. Sin embargo, esa fue la filosofía que encontré en la biografía de un personaje que vivió en el siglo XVIII: Casanova.

Hace poco encontré en la biblioteca de mi padre un libro viejo, polvoso, con las hojas amarillentas y quebradizas, que aún tenía pegadas varias páginas en su parte superior. Autor: Stefan Zweig; Título: Casanova (Biografía); Editorial Pharos; México D.F. 1944. El autor ya murió, por supuesto. De hecho llevaba dos muerto, por su propia mano, al momento de publicarse el libro. La editorial ya desapareció y hasta el Distrito Federal ha cambiado de nombre por uno más amable.

El libro me pareció una joya y me lo traje a casa para protegerlo de alguna ansia de deshacerse de tiliches y papeles viejos. Pero también lo traje para leerlo, para rescatarlo del olvido.

Algo ha cambiado en la técnica de imprimir y cortar las hojas de los libros; ya no se encuentran ejemplares con esta especie de sindactilia editorial, que obligaba a un uso distinto de los abrecartas. Los abrecartas también ha caído en desuso y ahora son una especie en extinción, así que utilicé un cutter y comencé a separar las hojas. La cirugía fue más o menos exitosa: ningún texto perdido, aunque sí dos o tres páginas sin esquina.

Conocí, no hace mucho, a Stefan Zweig por su libro El mundo de ayer. Fue el último que escribió antes de suicidarse el 22 de febrero de 1942 en Petrópolis, Brasil, muy lejos de su natal Viena. Tomó esa terrible decisión  cuando creyó que nada podría detener al ejército nazi y que Alemania ganaría la guerra. El mundo del ayer cuenta, con mucha nostalgia, su juventud en el epicentro cultural y artístico del Imperio Austrohúngaro y la transformación siniestra que sufrió cuando el nacionalsocialismo subió al poder. El autor, que era muy conocido en su época, tuvo que huir de Viena debido a su ascendencia judía, dejando atrás no sólo todas sus pertenencias sino también a su madre anciana y enferma, quien no pudo escapar a la invasión nazi. El libro me pareció grandioso y quería leer algo más de ese autor.

Mi hallazgo editorial fue el pretexto para conocer otra faceta distinta de Stefan Zweig. Y ahora sí, comienzo a hablar del contenido del libro.

En mi imaginario, Casanova era un personaje de ficción que tenía una aptitud extraordinaria para conquistar a las mujeres, era casi como un sinónimo de don Juan. Sin embargo, Giacomo Casanova (1725 – 1798) fue un personaje real que escribió sus memorias para inmortalizarse y que difería mucho en los motivos y las tácticas del don Juan español.

Casanova era un hombre culto, capaz de improvisar poemas, escribir fragmentos de una ópera, de impresionar a la aristocracia con sus anécdotas o de entablar una charla filosófica con Voltaire y Rousseau. Era un conocedor de arte y la consideraba como “un afrodisíaco refinado y sutil, como el medio halagüeño de excitar los sentidos de acrecentar el goce, de preludiar discretos efectos, como delicadísimos anticipos de deleites, de fuertes goces de la carne.”

A diferencia de don Juan que era un vengativo, misógino, psicópata y embaucador, Casanova era franco y se entregaba a cada juego, a cada mujer, a cada instante, a cada aventura. Don Juan dejaba un rastro de odio y arrepentimiento en sus víctimas, mientras que Casanova dejaba sonrisas imborrables y satisfacción garantizada sin remordimientos. 

Además, mientras que don Juan siempre buscaba conquistar a mujeres de la alta sociedad, Casanova era el más incluyente de los seductores. Para dar una idea de la variedad de rasgos de las mujeres con la que compartió su lecho Casanova, Zweig escribió:

“Casanova el erótico poco selectivo por su conjunto vario y copioso de valor desigual que él, Dios sabe cómo, presenta como una galería de belleza. Algunas , por cierto, aparecen con una figura delicada y dulce, el semblante juvenil, tan diáfanas que para dibujarlas habría necesidad de poseer el arte pictórico de sus compatriotas Guido Reni y Rafael. Algunas parecen desprendidas de un cuadro de Rubens o de Boucher; tan mórbidos y voluptuosos son sus contornos; pero además, también qué figuras, prostitutas inglesas, cuyas muescas repugnantes sólo el lápiz de sañudo Hogarth pudiera reproducir, brujas esqueléticas, que únicamente el genio violento de Goya pudo extraer de su paleta, caras de rameras al estilo de Toulouse Lautrec, rústicas y zafias, sujetos bien venidos para  el pincel del áspero Breughel, un extravagante desfile de bellezas y sordidez, ingenio y villanía, una perfecta feria de accidentes, sin obstáculos y selección”.

Pero Giacomo Casanova no era sólo este homo eroticus que se entregaba por completo a todas las mujeres. No podía quedarse en un sólo lugar y, aprovechando que hablaba varios idiomas, escribía cartas a los poderosos locales, a menudo acompañándolas con una recomendación.  Fue de ciudad en ciudad cautivando a la burguesía y a las mujeres en general, recibiendo invitaciones a cenas y bailes, asistiendo al teatro, jugando en los casinos. Recorrió de Lisboa a Moscú, pasando por Madrid, Barcelona, Venecia, Roma, Nápoles, París, Riga, Londres, Varsovia. Vivió, hasta alrededor de los cuarenta años, disfrutando de los placeres de la vida. Después vino el declive se dedicó a escribir sus memorias.

Tempus fugit, carpe diem (el tiempo vuela, vive el momento) era el modo de vida de Casanova, un verdadero practicante de la “Filosofía de la superficialidad”. Alguien que actualmente podría dedicarse a pregonar esa ideología barata, disfrazado de coach o de influencer.

Aquí, una muestra de lo que pudo ser la galería de enamoradas de Casanova:

File:Guido Reni - The Death of Cleopatra - WGA19278.jpg - Wikimedia Commons
Cleopatra – Guido Reni
La Fornarina” 1518-1519, Rafael sanzio (1483-1520) | Revista Médica Clínica  Las Condes
La Fornarina – Rafael
Los mitos de Rubens viajan a Sevilla. - LOFF.IT
Ercole e Deianira – Rubens
el odalisk, 1753 de François Boucher (1703-1770, France) | Grabados De Calidad Del Museo François Boucher | ArtsDot.com
El odalisk – Boucher
Hogarth
Picture
El conjuro – Goya
Toulouse-Lautrec’s 1894 depiction of cabaret singer Yvette Guilbert, titled “Linger, Longer, Loo,” is one of approximately 200 paintings, posters, and lithographs by the artist on display at the Grand Palais retrospective.
Linger, Longer, Loo – Toulouse Lautrec
La posada Swann – Breughel

Lealtades que hunden o salvan

Las lealtades

Las lealtades

Delphine de Vigan

Anagrama, España, 2018

Hay muchos libros sobre los que puedo decir que me enseñaron a ver el mundo de distinta manera, otros  en los que descubrí pensamientos que ya me rondaban en la cabeza pero que yo no hubiera sido capaz de escribir de manera correcta; algunos me sorprendieron y otros más me dejaron pensando por mucho tiempo. Pero hay unos pocos, y puedo contarlos con los dedos de las manos, que al terminarlos me dejaron la piel de gallina.

Los que ahora me vienen a la mente son: Retrato de Shunkin de Junichirō Tanizaki; El jardín de cemento de Ian McEwan; Vida y época de Michael K. de J.M. Coetzee, La rebelión de los colgados de Bruno Traven y, el más recientemente leído, Las lealtades de Delphine de Vigan.

Quizás fue porque pude conectarme con esas historias angustiantes, quizás porque los autores lograron mantener la tensión en la historia hasta la última página, o tal vez fue el momento emocional en el que yo me encontraba, pero un escalofrío me recorrió al llegar al final de cada una de esas novelas.

Podría parecer que es una exageración mía, pero con Las lealtades de Vigan procuré dejar testigos y mostré la piel chinita de mis brazos a mi esposa y a mi hija.

Las lealtades cuenta la historia de Théo, un niño de 12 años que tras la separación de sus padres comienza a consumir alcohol como una manera de evadir su realidad. Théo está en custodia compartida de sus padres y tiene que vivir de manera alternada entre el mundo de su madre que está lleno de rencor contra su exmarido que la engañó, y el mundo gris y depresivo de su padre que se encuentra abatido después de que su amante lo dejó y él perdió su trabajo.

Quien descubre que algo va mal con Théo, es Hélène, su maestra de Ciencias Naturales, quien nota cansancio y un comportamiento extraño en su alumno, y entonces decide observarlo de cerca. Tan de cerca, que varios creen que es una invasión que no le corresponde como profesora. Hélène, a su vez, tiene un pasado terrible del que pudo salir adelante y por eso vuelca toda su preocupación sobre Théo.

Mathis es el único amigo de Théo y se ve arrastrado a ese peligroso juego de beber alcohol. La ventaja de Mathis es que Cécile, su madre, está más al pendiente de él. Sólo un poco, porque Cécile tiene otras preocupaciones, cómo la de estar casada con un hombre que creía conocer y que resulta tener una monstruosa personalidad que sólo muestra en las redes sociales.

Conforme leía esta novela pensaba en cuánta infelicidad puede haber en el mundo, cuánta infelicidad es capaz de soportar alguien. Imaginaba la infelicidad como un gran hoyo negro que lentamente devora todo a su paso, que engulle la risa, las ganas de vivir y arrasa con la vida propia y la de quienes están alrededor.

Théo buscaba una salida falsa para tratar de esquivar ese hoyo negro y se refugiaba en ese placer momentáneo que sentía cuando el alcohol entraba a su torrente sanguíneo.

Ninguno de los personajes de esta novela escapa a esa fuerza que los succiona hacia el abismo, y de la que la única forma de escapar es con ayuda de alguien que no solape y que se atreva a confrontarla. La autora nos asegura que las lealtades son “los trampolines sobre los que se despliegan nuestras fuerzas y las zanjas en las que enterramos nuestros sueños”.

No sé si todos los lectores hayan experimentado alguna vez esta cosa de la piel de gallina al leer un libro. Y estoy seguro que los libros que me lo provocaron a mí, no tendrán el mismo efecto en todos los lectores. Pero esos contados libros ocupan un lugar especial en mi memoria y los recomiendo ampliamente.

“Las lealtades son los lazos invisibles que nos vinculan a los demás –lo mismo a los muertos que a los vivos-, son promesas que hemos murmurado y cuya repercusión ignoramos, fidelidades silenciosas, son contratos pactados las más de las veces con nosotros mismos, consignas aceptadas sin haberlas oído, deudas que albergamos en los entresijos de nuestras memorias”. 

Nuestra vida en una vitrina

Libro Kentukis  - Lecturama

Kentukis

Samanta Schweblin

Literatura Random House, México 2019

Hoy al despertar, lo primero que hice fue abrir las persianas y estirarme. Mi vecina, cuya ventana de su cuarto queda justo enfrente de la mía, pensó que la saludaba y me correspondió. Luego bajé a la cocina para preparar el café, pero antes abrí todas las cortinas y persianas para dejar que la luz del sol iluminara de manera natural mi casa.

Debo decir que mi casa tiene amplios ventanales en la sala que dan hacia el exterior y que desde la cocina puedo observar y pueden observarme quienes transitan por la calle.

Mientras me preparaba el café, aún en piyama, algunos deportistas madrugadores me sonrieron como invitándome a dejar la modorra y seguir su paso de personas saludables. Otros vecinos que salieron a pasear a sus perros me dieron los buenos días y me sugirieron que agregara un poco de granola al yogurt que estaba por desayunar. Un par de niños que fueron a la escuela se rieron por mi despeinado. La vecina de la esquina se quedó viendo a mi pantalón de piyama y me dijo que tenía una peligrosa rasgadura a la altura de la ingle.

La culpa es en parte mía, yo dejé las cortinas abiertas a todas esas miradas curiosas para que pudieran conocer mi intimidad.

Acabo de leer la novela Kentukis de la escritora argentina Samanta Schweblin y me dejó pensando muchas cosas. Los kentukis son muñecos de peluche con cámaras en los ojos y ruedas que les permiten moverse, controlados a distancia por personas que pagan para ser observadores de otras vidas, las de quienes adquieren los muñecos. Es decir, a través del muñeco se establece un vínculo entre dos personas que no se conocen y que pueden estar en lados opuestos del mundo: observador – observado; amo (dueño de peluche) – ser (persona que maneja el peluche y observa la cámara).

Detrás de esta relación aceptada puede haber las más diversas motivaciones, algunas buenas, otras no tanto. Están los que adquieren el muñeco para sentir compañía, como un sustituto de mascota al que no hay que alimentar, basta con dejar el cargador al alcance del muñeco. Por otro lado están quienes adquieren la conexión para observar a través de los ojos del muñeco y así conocer otros lugares del mundo y contactar con personas de otras culturas. Digamos que ambos son el lado bueno de la moneda. Por otro lado, hay quienes adquieren el muñeco para exhibirse y dar rienda suelta a su sadismo reprimido. Otros compran la conexión para fisgonear, tratar obtener datos personales de los amos y después extorsionarlos. Este es el lado perverso.

Y en este vínculo admitido por observadores y observados hay un tercer actor que nunca se menciona en la novela: el que produce los kentukis y que se enriquece por dos vías. Y esa fue una de las reflexiones que me detonó el libro, los grandes corporativos a quienes entregamos libremente nuestros datos personales para que conozcan nuestros gustos, nuestros patrones de consumo, los lugares que frecuentamos y dónde vivimos. Somos nosotros mismos quienes abrimos las cortinas de nuestra casa-escaparate.

Kentukis es una novela que habla de la invasión a la intimidad, de la violación de la privacidad, de la necesidad de vínculos afectivos, de vouyerismo, de los huecos en la ley que permiten que la tecnología y el acceso a la información se usen de manera maliciosa.

Este es el tercer libro que leo de Samanta Schweblin: el primero fue Distancia de rescate; el segundo Siete casas vacías. Los dos lecturas me sacudieron y esculpieron un altar para la autora entre mis escritores favoritos. Debo confesar que tenía un poco de recelo acerca de Kentukis, sobre todo porque cuando recién se publicó el libro (2018) hubo una gran campaña de publicidad: The New York Times en español lo calificó como uno de los diez mejores libros de ficción del año. The Guardian calificaba a la autora como una de las 50 mejores voces nuevas de la ficción. Dejé pasar casi tres años para leerlo y mi temor se vio más o menos validado, es decir, me gustó, pero no tanto como los dos libros anteriores.

En el libro, los kentukis se vuelven tan populares que se pueden encontrar en cualquier lado. La propaganda publicitaria, que es un tema apenas mencionado, creó una falsa necesidad entre los consumidores que se volcaron a comprar muñecos o conexiones para observar. Yo, al ver que se le hacían tantos elogios a la novela, corrí a comprarla aunque la dejé reposar. El altar para Samanta Schweblin sigue en pie, pero quizá todos terminamos siendo víctimas de la mercadotecnia.

El poder hipnótico del mar

Océano mar - Baricco, Alessandro - 978-84-339-6749-7 - Editorial Anagrama

Océano mar

Alessandro Baricco

Anagrama, México, 2016.

El mar tiene un poder hipnótico, igual o más poderoso que el fuego. A la orilla del mar o en su interior han surgido tantas historias como alrededor del fuego. Agua y llamas secuestran nuestras miradas mientras nos revelan leyendas fantásticas.

Además, a diferencia del fuego, al que hay que alimentar para evitar que se extinga, el mar es perpetuo.  Su vaivén infinito nos arroja vestigios del pasado, residuos del presente y esperanza del futuro. Todo converge en el mar.

Tenía que ser una posada frente al mar, el lugar donde podían coincidir personajes tan distintos: una mujer bellísima a la que su esposo la envía lejos de su hogar con tal de separarla de su amante; un pintor que diariamente intenta pintar el océano y no lo logra por no encontrarle los ojos; un profesor que entre otras tareas imposibles, decide medir en dónde termina exactamente el mar; una chica que padece una rara enfermedad y que viaja al lado de un cura locuaz y ojo alegre.

La Posada Almayer es atendida por niños de costumbres extrañas: un niño que pasa el día entero sentado en el alféizar de la ventana de un cuarto que da a un acantilado y que puede saltar hacia ambos lados; un pequeño que le ayuda al pintor a localizar barcos en el horizonte para que puedan simular los ojos del océano; otro que le ayuda iniciar los sueños a uno de los huéspedes.

Pero quizá, la costumbre más extraña de los niños de la Posada Almayer sea la de salir a bailar a la playa, con lámparas, durante las noches de tormenta, para descontrolar a los barcos y que se estrellen contra los acantilados… después de todo, hay muchas islas que sobreviven gracias a los naufragios.

Todo eso ocurre en Océano mar, la novela del escritor italiano Alessandro Baricco publicada por primera vez en 1993 y que yo apenas descubrí a finales del 2020.

Aquí debo señalar que hasta ahora he leído 3 libros del autor y que ninguno me ha dejado imperturbable: o los amo o los padezco. Primero leí Seda (1996) y lo amé rotundamente; luego City (1999) y me costó trabajo llegar al final de sus páginas; Océano mar, es el tercer y me volvió a encantar. Su estilo nunca es el mismo. Como el agua del mar que nunca es la misma cuando nos moja los pies. O quizás somos nosotros los que cambiamos constantemente, y en cada libro que leemos somos distintos.

Además de estos personajes alucinantes que habitan en Oceáno mar, encontré una historia sobre una fragata francesa que encalló a varios kilómetros de costas africanas y que, al ser insuficientes las lanchas salvavidas, varios hombres y una mujer, tuvieron que subir a una balsa improvisada en la que padecieron horrores durante los días que estuvieron a la deriva.

La manera en que Baricco enlaza las historias es magistral, y nos lleva a través de una gama de emociones a las que es mejor no oponer resistencia, dejarse llevar como balsa a la deriva en medio del mar.  Si están dispuestos a iniciar esta aventura, prepárense para ir de la ironía a la melancolía, de la reflexión al embeleso en unas cuantas páginas. Uno de los mejores libros que leí el año pasado y lo recomiendo enormemente.

Aquí una de mis frases favoritas:

“He visto naves espléndidas luchando contra tormentas feroces, y he visto algunas de ellas rendirse y desaparecer entre las olas altas como castillos. Era como un duelo. Bellísimo. Pero la Alliance no ha podido combatir. Un final silencioso. Con un inmenso mar casi plano a su alrededor. El enemigo lo tenía dentro, no delante. Y toda su fuerza no valía contra un enemigo así. He visto muchas vidas naufragar de esa manera absurda. Pero naves, nunca.”

¿Comer o no comer? Ese es el dilema.

Cadáver Exquisito (Premio Clarín 2017) / Tender Is the Flesh: Bazterrica,  Agustina: Amazon.com.mx: Libros

Cadáver exquisito

Agustina Bazterrica

Alfaguara, España, 2019

El fin de semana pasado tuvimos un asado en familia: solo mi esposa, mi hija y yo. No es recomendable tener invitados en esta época de pandemia. El menú: unos vegetales a las brasas, unas quesadillas y un sirloin bien cocido. No me gusta el sabor de la sangre, por más que me digan que soy un criminal de los asados.

Después del postre hicimos la sobremesa. Comentábamos que a las brasas todo sabe bien, hasta los duraznos y la piña en almíbar. Después de recoger la cocina, aún quedaba un trozo de domingo para descansar y distraernos. Cada uno nos refugiamos en un rincón de la casa con su pasatiempo favorito. Yo seleccioné un libro que me recomendó Melina desde Mar del Plata: El cadáver exquisito de Agustina Bazterrica.

El título me sonaba a esa técnica usada por los escritores surrealistas, como una especie de juego en la que varios participantes armaban una historia. Consiste en que el primer participante comienza a escribir una historia en un papel y después de un cierto tiempo se detiene y le pasa la hoja al siguiente participante. Este no puede leer más que la última frase escrita por su antecesor y debe continuar la historia sin más información que esa. Y la hoja va pasando de mano en mano hasta que al final queda una historia hecha de retazos, como una quimera literaria.

La novela de Agustina Bazterrica nada tiene que ver con el pasatiempo surrealista.

Cadáver exquisito nos traslada a un mundo distópico en el que un virus mortal que afecta a los animales se contagia a los seres humanos. Con la finalidad de contener la transmisión del virus, es necesario sacrificar a todos los animales en cautiverio, incluidos animales de granja, de zoológicos, mascotas y en lo posible cazar a todos los animales libres. Hasta aquí, la distopía no está tan alejada de la realidad actual y 17 millones de visones sacrificados en Dinamarca a causa del Covid-19 son una muestra de ello.

Los seres humanos sobrevivientes al virus mortal siguen teniendo la necesidad de incluir carne en su dieta y, ante la falta de otra fuente calorías, se legaliza el consumo de carne humana. Cadáver exquisito se sitúa en ese tiempo en que las granjas que antes producían ganado vacuno, comienzan a producir la primera generación pura (PGP) de especímenes -está prohibido llamarle humanos. Afuera de los mataderos que antes se utilizaban para reses y puercos, y que ahora se usan para los especímenes PGP, viven los Carroñeros, grupos de personas que se conforman con los restos no aprovechables o con la carne echada a perder. Existe también una Iglesia de la Inmolación, que promueve entre sus feligreses el autosacrificio con la finalidad de que sus semejantes se alimenten de su propio cuerpo.

No voy a negarles que la lectura de este libro, merecedor del Premio Clarín en 2017, por momentos me dio retortijones. Era quizás el esfuerzo de mi estómago por procesar el sirloin a las brasas que dos horas antes había comido.

El estilo de la novela carece totalmente de ornamentos, cuenta las acciones sin entrar en tanto detalle en descripciones, casi como un guion cinematográfico. Aun así, provoca una profunda reflexión, casi una indigestión mental, sobre la destrucción que hemos hecho como especie, en este planeta. Hemos arrebatado el hábitat a muchas especies y las hemos extinguido; hemos creado una enorme desigualdad entre nosotros mismos; hemos agotado al planeta hasta llevarnos al borde de nuestra propia destrucción y todo con tal de perseguir ese modelo de consumo impuesto por el capitalismo.

¿Cuántos millones de reses se necesitarían para que toda la población del mundo pudiera comer carne diariamente? ¿Cuántos planetas se necesitarían para mantener esa producción de carne? No soy nadie para arrojar la primera piedra a los carnívoros, menos después de ese pedazo de sirloin bien cocido que clamaba venganza desde mi interior. Pero ¿y si todos, en la medida de lo posible, hacemos el esfuerzo de reducir el consumo? (Aplica igual para la carne o para cualquier producto).

Terminé la novela de Agustina Bazterrica con un remordimiento en mi estómago. Quienes me conocen saben que me gustan los libros que me hacen sufrir, éste sin duda lo recomiendo para eso. Sé que no soy el mismo después de su lectura y que sin duda seguirá dándome vueltas en la cabeza por mucho tiempo. Quizás hasta el próximo asado en el que me conformaré con los vegetales y las quesadillas.

La pintura en la literatura

La luz negra - Gainza, María - 978-84-339-9863-7 - Editorial Anagrama

La luz negra

María Gainza

Anagrama, España, 2018

Hay libros que desconciertan al lector porque no se sabe que rumbo tomarán. ¿O será que yo siempre voy tratando de adivinar hacia donde nos dirige el autor a través de su relato? Pero para conseguir eso, el autor, no necesariamente, debe ir sembrando pistas falsas como sucede frecuentemente en las novelas policíacas o en cada uno de los episodios de Harry Potter. Lograr esos giros narrativos sin caer en el engaño es una virtud de los grandes escritores.

Recientemente leí La luz negra de María Gainza. Había escuchado grandes cosas de su primera novela, El nervio óptico, pero desafortunadamente no la he conseguido. Así es que en cuanto pude me compré La luz negra, que dicho sea de paso, ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2019, que se otorga en la FIL de Guadalajara.

Esta novela tiene varios giros narrativos que desconciertan al lector, pero también lo mantienen hechizado, con una atracción que le impide postergar su lectura.

Al inicio parece un libro de suspenso que trata sobre falsificaciones de pinturas. Tras la muerte de uno de sus personajes (esto no es gran spoiler pues ocurre en las primeras páginas), parece que nos llevará en la búsqueda de un asesino (no hay tal). Después ocurren algunas apariciones que nos hacen pensar en un thriller psicológico y de pronto, en medio del libro nos encontramos un catálogo de objetos que supuestamente pertenecieron a la pintora Marietta Lydis y que van a subastarse.

A partir de ahí, la protagonista nos lleva tras la búsqueda de la Negra, la supuesta falsificadora de la obra de Lydis, que tenía un talento excepcional y una vida enigmática. Esta parte me recordó mucho a Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, que también es una biografía coral -armada a través de entrevistas, artículos, fotografías y hasta documentos legales- de un personaje de ficción que bien pudo ser real.

A lo largo de la novela, se leen algunos nombres de grandes pintores: Marietta Lydis, William Blake, Pedro Figari y Marc Chagall entre otros, y su sola mención es una semilla de curiosidad para investigar sobre su vida y obra. (¿Conocen las obras de estos artistas?)

La luz negra es un libro deslumbrante que me cautivó de principio a fin y María Gainza tiene un estilo fascinante de escritura, muy original y lleno de erudición que te dejará en espera de su siguiente libro.

Una última, antes de envejecer

La uruguaya: Mairal, Pedro: Amazon.com.mx: Libros

La Uruguaya

Pedro Mairal

Ed. Emecé, México, 2017

Quien se sienta libre de haber idealizado a una persona, que arroje la primera piedra. Más si se trata de alguien que nos despertó una atracción física o intelectual, y que las circunstancias de la vida se han encargado de poner distancia. Sumado a esto, existe la creencia de que los hombres sufren una crisis a los 40’s, sintiéndose amenazados por la vejez que se aproxima y haciendo un último intento de rebeldía ante la cruel huella del paso de los años.

Algo de eso cuenta La Uruguaya de Pedro Mairal, que a lo largo de sus páginas nos narra las aventuras y desventuras del escritor Lucas Pereyra. Lucas emprende una travesía a través del Río de la Plata, desde Buenos Aires hasta Montevideo, a donde irá a recoger unos dólares que le pagaron por adelantado un par de editoriales por dos libros que aún no escribe. Dos razones hay para hacer ese viaje: evitar el tipo de cambio oficial en Argentina que le haría perder mucha plata, y encontrarse con Magalí Guerra Zabala, una joven a la que conoció en un festival literario hace un año.

Durante el viaje, Lucas Pereyra va contando a su esposa, y de paso al lector, cómo fue que conoció a esta joven a quien llama Guerra, y también va dando cuenta de cómo su matrimonio comenzó a desmoronarse. Además de la confesión, intercala su experiencia de padre, de escritor poco conocido, sus planes y temores del encuentro con la joven que es 16 años menor que él.

La Uruguaya tiene su parte trágica y su parte cómica. Por momentos el libro contagia una nostalgia profunda por la juventud que se le escapa de las manos a Pereyra y a la cual se aferra en su relación con Guerra; en otros nos preocupamos por su matrimonio que se tambalea; y en otros es imposible no soltar la carcajada por la mala fortuna del protagonista.

Este libro me divirtió muchísimo, en especial por la capacidad que tiene este escritor malhadado de reírse de sí mismo. La Uruguaya fue mi puerta de entrada a la literatura de Pedro Mairal, que espero seguir explorando.

Sin importar el género del lector, seguramente va a disfrutar de esta novela, ya sea por verse un poco reflejado en alguno de los personajes, o por ver a un amigo, o a un amigo de un amigo muy parecido a uno de ellos.

Orgullo y prejuicio, un clásico que perdura

Orgullo y prejuicio (Austral Singular): Amazon.es: Austen, Jane, Vales,  José C.: Libros

Orgullo y prejuicio

Jane Austen

Editorial Austral

En una conferencia del Colegio Nacional de México, Christopher Domínguez Michael, el reconocido crítico literario, decía acerca de los libros que se consideran clásicos: “Los clásicos son aquellos libros que cada generación tiene en las manos por razones misteriosas. Porque el abuelo se lo recomienda al hijo y el hijo al nieto. Porque van persistiendo en el gusto del público; porque el propio público los va protegiendo. Y cada generación lo lee y lo interpreta de manera distinta.”

Definiciones más o definiciones menos, la realidad es que hay libros que por más que pasen los años, se siguen editando, reimprimiento, llevándose al cine, al teatro, se siguen analizando por los estudiosos y comentando entre los lectores. Uno de esos libros llamados clásicos es Orgullo y Prejuicio de Jane Austen.

Hace poco leí este libro que se publicó por primera vez en 1813 de forma anónima. Lo leí porque fue el pretexto para invitar a Romina Silman (su cuenta en Instagram: Leer.es.bonito) a grabar un podcast con 3C Libros y ella sugirió el tema.

No podré negar que tenía cierto prejuicio acerca de la obra: pensaba que iba a ser una novela con una visión muy femenina y anacrónica acerca del amor. A medida que avanzaba en las páginas, me daba cuenta de cuántas cosas nos perdemos por tener una preconcepción acerca de todo. Al llegar al final del libro pude decir, con un poco de orgullo, que vale la pena aventurarse, lanzarse al vacío de la lectura, en especial de un libro clásico que cuenta con una red de seguridad avalada por miles de lectores.

El libro me gustó mucho y dió para una larga plática entre amigos, de la cual les dejo el link para que la escuchen.

La aventura de esta lectura me dejó una doble recompensa: conocer la escritura de Jane Austen y tender las bases para una amistad que espero dure muchos años. Mil gracias Romina…

Primera parte del podcast dedicado a Orgullo y prejuicio de Jane Austen
Segunda parte del podcast dedicado a Orgullo y prejuicio.

La difícil tarea de ser madre

En «Mátate, amor» todo lo que se pudre forma una familia – Liberoamérica

Matate, amor;

Ariana Harwicz;

México, Dharma Books, 2019

Cuando pensamos en alguien que acaba de ser madre, viene a nuestra mente la ternura de los bebés, los brazos pachones y la piel lisa del pequeño, la temperatura caliente del cuarto en el que está la cuna, el aroma a talco. Quizás se cuele en nuestro recuerdo el olor a pañal usado y a leche materna; o las manchas en la cara y las estrías en la panza de la madre, huellas de un embarazo que es algo del pasado. Menos probable aún, es pensar en los desvelos, el cansancio acumulado, las ojeras, la depresión postparto, la desesperación de no poder hacer otra cosa que ser mamá de tiempo completo.

Por alguna extraña razón, recientemente han caído en mis manos muchos libros que hablan de la maternidad. Más precisamente, del lado B de la maternidad, ese que no tiene que ver con lo idílico sino con lo penoso de ser mamá. El más reciente de esos libros fue Matate, amor, de la escritora argentina Ariana Harwicz. No recuerdo de dónde escuché la referencia de este libro por primera vez, pero en la contraportada viene recomendado por Samantha Schweblin y eso ya es un sello de garantía.

Una mujer cansada de aparentar una vida feliz al lado de su bebé y de su marido sufre un golpe anímico. La depresión post-parto sumada a una insatisfacción sexual, intelectual, matrimonial y de vida en general, además de la sospecha de ser engañada por su marido, desencadenan un derrumbe emocional. La afectación en ella provoca que entre continuamente en desesperación con el bebé y que lo descuide.

“Pasé la mañana insultando al bebé. Le dije de todo menos lindo. Al bebé. Qué no le dije, lo recontra insulté. Una boca sucia de madre. Lo llené de agravios al pobre. Espero que no reconozca ninguna palabra, que más tarde repita delante de todos la concha de tu madre. Me miró diciendo: mamá, pis, y lo mandé a hacer pis solo, a que se alimente con sus propios medios. Ese domingo de invierno comenzó mal”.

A lo largo de la novela está siempre presente la sensación de que algo malo le va a pasar al bebé. No obstante, ella no es la única responsable del constante peligro que corre el niño, sino también el marido, el entorno y la sociedad en general que asumen que la madre es la única obligada a cuidar de los hijos.

En Matate, amor, hay una violencia soterrada que se asoma de vez en cuando y nos da pistas de las posibles causas que afectan la psique de la protagonista:

“Cada vez que lo miro recuerdo a mi marido detrás de mí, casi eyaculándome la espalda cuando se le cruzó la idea de darme la vuelta y entrar, en el último segundo. Si no hubiera habido ese gesto de darme vuelta, si yo hubiera cerrado las piernas, si le hubiera agarrado la pija, no tendría que ir a la panadería a comprar la torta de crema o chocolate y las velitas, medio año ya. Las otras al parir suelen decir, ya no me imagino mi vida sin él, es como si hubiera estado desde siempre, pff.”

Como parte de ese derrumbe emocional o liberación de la realidad, la protagonista da rienda suelta a sus instintos sexuales con un vecino que la observa. Esto hace que la lleven a un centro de rehabilitación psiquíatrico, diagnosticada como ninfómana.

Matate, amor, está situada en un ambiente rural, lleno de una bruma que hace un poco difusa la frontera entre lo real y lo alucinatorio, y que por lo tanto exige una mayor atención al leerse. Sin duda esta novela es un gran libro y lo recomiendo ampliamente a aquellos que ya tomaron una decisión acerca de ser padres o madres y no hay nada que los haga cambiar de parecer.

“Quiero ir al baño desde que terminó el almuerzo pero es imposible hacer otra cosa que ser madre. Y dale con el llanto, llora, llora, llora, me va a trastornar. Soy madre, listo. Me arrepiento, pero ni siquiera lo puedo decir. A quién. ¿A él sentado en mis rodillas, metiendo la mano en mi plato de restos fríos, jugando con un hueso de pollo? ¡No! Dejá eso que te atragantás. Le tiro una galletita. Me la devuelve. Tengo la boca llena de saliva, de migas. Tengo tomate pegado en mi brazo […] Soy madre en piloto automático. Lloriquea y es peor que el llanto. Lo alzo, le ofrezco una sonrisa falsa, aprieto los dientes. Mamá era feliz antes del bebé. Mamá se levanta todos los días queriendo huir del bebé y él llora más. Quiero ir al baño, pero ese cacareo interminable, esa queja, me lo hace imposible Qué quiere de mí. ¿Qué querés? No me deja dejarlo. Se arquea. Ayer tuve que ir a hacer con él, hoy prefiero hacerme encima”.

Podcast 3C Libros: Una historia entre batallas

Los invito a escuchar la entrevista / charla con Andrea Zalles, autora de Una historia entre batallas. Este libro narra la cruzada de una mujer nacida después de la Primera Guerra Mundial, y a quien el destino la fue llevando a ser testigo presencial de varios acontecimientos históricos del siglo XX: Guerra Civil Española, Segunda Guerra Mundial, Revolución de Bolivia.

Conozcan las motivaciones de Andrea, originaria de La Paz, para mudarse a Querétaro y posteriormente a Barcelona; cómo surgió la idea de escribir el libro, y entérense cómo el abuelo de Andrea peleó contra el padre de Roger Waters (vocalista de Pink Floyd), durante una batalla de la Segunda Guerra Mundial.