Adagio en mi país

En mi país, que tristeza,
la pobreza y el rencor.
Dice mi padre que ya llegará
desde el fondo del tiempo
otro tiempo y me dice que el sol brillará
sobre un pueblo que él sueña
labrando su verde solar.
En mi país que tristeza,
la pobreza y el rencor.

Tú no pediste la guerra,
Madre Tierra, yo lo sé.
Dice mi padre que un solo traidor
puede con mil valientes;
él siente que el pueblo, en su inmenso dolor,
hoy se niega a beber
en la fuente clara del honor.
Tú no pediste la guerra,
Madre Tierra, yo lo sé.

¿En mi país somos duros?
El futuro lo dirá.
Canta mi pueblo una canción de paz
detrás de cada puerta
está alerta mi pueblo y ya nadie podrá
silenciar su canción
y mañana también cantará.
¿En mi país somos duros?
El futuro lo dirá.

En mi país, que tibieza,
cuando empieza a amanecer.
Dice mi pueblo que puede leer
en su mano de obrero
el destino y que no hay adivino ni rey
que le pueda marcar
el camino que va a recorrer.
En mi país, que tibieza,
cuando empieza a amanecer.

En mi país somos miles y miles
de lágrimas y de fusiles,
un puño y un canto vibrante,
una llama encendida, un gigante
que grita: ¡adelante… adelante!

Alfredo Zitarrosa

Las Causas – Jorge Luis Borges

Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.

Diez años del club de lectura

Siempre me ha gustado leer. Mi mamá me enseñó mucho antes de que ingresara al kínder. En ese entonces no era para mí más que un juego entre ella y yo, pero ahora es algo que recuerdo con mucho cariño. Mi papá tuvo siempre muchos libros aunque, para ser honesto, no recuerdo haberlo visto nunca leyendo un libro. No quiero decir que no lo hacía, pero me es incluso difícil imaginarlo con un libro en las manos. El cree (como yo empecé a creer hace algún tiempo) que se puede aprender mucho de los libros y llegó a tener una biblioteca surtida e interesante. Había conseguido, entre tantos otros, una colección en especial de vida animal y ciencia lleno de fotografías de los temas en cuestión cuyos libros, en tiempos muy anteriores a la televisión por cable, las computadoras en casa, el internet, los smartphones y las tablets, nos entretenían muy bien a mi hermano y a mí en los ratos de ocio. No me es posible recordar el título de la colección aunque me parece que eran de la editorial TIME LIFE. En esa época recuerdo que, en algunas tardes que no podíamos salir a jugar a la calle con los vecinos, mi hermano y yo (de aproximadamente 4 y 6 años respectivamente) tomábamos cada quien un libro y nos sentábamos en cada extremo de sofá de la sala a hojear los libros y a comentar, asombrarnos y a veces hasta reírnos de las fotos que veíamos. Cuando terminábamos, regresábamos el primer par de libros al librero y cogíamos otro par, y así pasábamos un buen rato. El lector de estas líneas habrá notado que no he hecho mención alguna de que leyéramos, como creo que es normal en niños de tan corta edad, pero de alguna manera nos acostumbramos a tener libros en las manos en los ratos de ocio.

Como a la mayoría de nosotros seguramente nos pasó, el sistema educativo me jugó una mala pasada en lo que a generar el hábito de la lectura se refiere. Creo que se obliga a leer a los chicos de secundaria libros que no son adecuados para esas edades y, aunado al hecho de que la mayoría de nuestros profesores no son lectores, no es posible que nos transmitan un amor por la lectura que ellos mismos no tienen y acaban por generar en nosotros y nuestros jóvenes la idea de que la lectura es aburrida, pesada y que hay mejores cosas que hacer con nuestro tiempo libre.

Por azares del destino, tuve una juventud llena de carencias y tuve que trabajar para poder realizar mis estudios en ingeniería. Tuve la fortuna de encontrar trabajo en una preparatoria dando clases de física, lo cual, además de que no me quitaba mucho tiempo, era mucho menos riesgoso y complicado (aunque no mejor pagado) que trabajar como repartidor en una pizzería o de ayudante en un taller mecánico, o algo peor. En un afán de ayudar mejor a mis alumnos a aprender los conceptos que trataba de enseñarles, quise poner en práctica una idea que me venía de mi papá: que se puede aprender mucho de los libros; así que siempre traté de incentivar de la mejor manera que pude a mis alumnos a que leyeran en su casa, antes de venir a la clase, el tema que íbamos a ver. En cierta ocasión tuve la oportunidad de que, durante mi clase, los vendedores de cierta editorial fueran a ofrecer a los alumnos algunos libros de texto para algunas de sus clases. La mayoría de ellos eran diferentes a los que los maestros solíamos tener como libros de texto base, así que uno de mis alumnos me pidió opinión acerca de los que esta editorial estaba ofreciendo. En un momento de inspiración, alcé la cabeza, inflé el pecho y me atreví a decir: “El único libro que no sirve es el que no se lee”, tratando de reforzar la idea que les estaba tratando de inculcar de leer los temas de la materia en sus libros de texto antes de tomar la clase. Me sentí como creo que se debe haber sentido Benito Juárez al decir “El respeto al derecho ajeno es la paz” o Arquímedes diciendo “Denme un punto de apoyo y moveré el mundo”.

En su momento, me volvió la inquietud de leer literatura; ya había leído muchas cosas técnicas para ese entonces. Tuve la fortuna de comenzar con el que considero el libro con el que todo aquel que quiere adquirir el hábito de la lectura debe comenzar: El principito de Antoine de Saint Exupery. No hace falta comentario alguno para los que ya lo han leído, y para los que no, reitero la recomendación. Luego compré y leí La metamorfosis de Kafka y comprendí que no necesariamente debe haber un final feliz para que haya una buena historia. Pasión por la lectura in crescendo. Luego intenté leer Así habló Zaratustra de Nietzsche y comprendí que no porque un libro sea reconocido como “literatura de alto nivel” me tiene que gustar, y me di cuenta también de la suerte que tuve al haber iniciado mi hábito de lectura con El principito. Estoy convencido de que si lo hubiera intentado con el libro de Nietzsche en primera instancia, habría creído que los libros son difíciles y aburridos y no creo que lo hubiera intentado con otro libro en mucho tiempo. La primera impresión jamás se olvida. También leí algunos títulos de Carl Sagan tales como Cosmos (una excelente edición llena de imágenes tomadas de la serie televisiva), El cerebro de Broca, Los dragones del edén y El mundo y sus demonios, con los que reforcé mi idea de que de los libros siempre hay algo que aprender.

Cuando comencé a trabajar en el CIAT (ahora GEIQ) hace casi nueve años, una de las cosas que hicieron más llevadera mi primer experiencia lejos de mi ciudad natal fue la lectura. De ese periodo recuerdo haber leído, entre otros, El Judas de Leonardo de Leo Perutz, Las cinco ecuaciones que cambiaron al mundo de Michael Guillen, Drácula de Bram Stoker, Frankestein de Mary Shelly, y tropecé con la saga de Caballo de Troya de J.J. Benítez, que para ese entonces ya había publicado los primeros ocho volúmenes. Fue tal la manera en que me enganchó esa trama que terminé de leer los ocho hasta entonces publicados en un periodo no mayor a tres meses (sin entrar aquí en mayores detalles, solo diré que, dos años después, el noveno y último volumen de la saga me decepcionó enormemente). Para ese entonces no me podía ir a dormir sin haber leído al menos algunas páginas, y después de leer algunas obras como Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas, El cálculo de Dios de Robert J. Sawyer, La rebelión en la Granja y 1984 de George Orwell, entre otros comencé a considerarme a mí mismo como un lector en toda la extensión de la palabra.

Ya me había enterado de que existía, entre otros hobbies patrocinados por la empresa, un club de lectura. Luis, uno de los fundadores del club, con el que llevo una buena amistad, me empezó a invitar a participar en sus reuniones, pero en más de una ocasión le comenté que no me sentía cómodo con la idea de que me impusieran algo que leer y tener que hacerlo, además, al mismo ritmo que otras personas. Y por si fuera poco ¿qué tal que no me gustaba? Así me resistí por un buen tiempo, no sin encontrar, de cuando en cuando, el tiempo para comentar con el buen Luigi los libros que ambos estábamos leyendo en aquel momento. Hace ya casi cinco años que me platicó que se quería hacer en el club una dinámica tipo intercambio-préstamo en la cual, yo le podría prestar el libro que deseara a algún miembro del club (un libro que me hubiera gustado, por supuesto) y al mismo tiempo recibir en préstamo una “sugerencia de lectura” por parte de algún otro miembro del club. Cuando la lectura te atrapa, comienzas a buscar quien te recomiende libros y autores interesantes, por eso me pareció buena oportunidad para expandir mis gustos de lectura, así que me presenté a mi primer reunión del club a dispuesto a recomendar mi copia de El Judas de Leonardo y a cambio recibí en préstamo una copia de Harry Potter y La Piedra Filosofal en inglés. No era fan del joven mago ni lo fui después de eso, simplemente lo menciono porque así fue.

En lo personal, no me molesta, como a la mayoría de los lectores que conozco, que alguien más me platique la trama (incluso el final) de un libro que no he leído o terminado de leer. Con ese tipo de pláticas, he incluso caído en la tentación de comenzar a leer más de un título con la esperanza de descubrir por mí mismo lo que alguien más ya me ha platicado, y en muchas ocasiones, el hecho de ya saber lo que va a pasar, me ha hecho más fácil poner atención a ciertos detalles que creo que no hubiera disfrutado de la misma manera si no supiera de antemano que es lo que va a pasar a continuación. Pero lo que más me gustó una vez que comencé a asistir regularmente a las sesiones del club, fue encontrarme con diferentes personalidades, diferentes maneras de ver las mismas cosas y diferentes interpretaciones que cada uno de los participantes le puede dar a los mismos pasajes. Antes, yo solía leer un libro por lo menos dos veces: La primera para enterarme de que se trata, y la segunda para disfrutarlo. Desde que comparto lecturas en este club, no he tenido la necesidad de releer ningún libro (aunque lo he seguido haciendo con algunos que me han gustado mucho), porque la interpretación que los demás le pueden dar a un mismo pasaje de un libro, diferente de la mía, abre mi perspectiva y en general he quedado muy satisfecho de las lecturas y subsecuentes discusiones realizadas. He descubierto autores, títulos y corrientes literarias que no me habría atrevido a leer por mí mismo y que han sido gratas sorpresas para mí, como la profundidad y vastedad en los temas de los cuentos de Jorge Luis Borges, la belleza del lenguaje usado por Julio Cortázar, la nostalgia de Haruki Murakami, la prosa inusual y bien trabajada de José Saramago y el absurdo salvaje de Douglas Adams; he descubierto porqué los llamados “Clásicos de la Literatura” como el Quijote de Cervantes, El conde de Montecristo de Dumas, El Guardián en el Centeno de Salinger, entre muchos otros que he leído gracias al club, se merecen tal etiqueta. También he tenido la oportunidad de leer algunos títulos que no me han gustado en absoluto y en los que he ejercido mi derecho como lector a no terminar de leerlos como La casa verde de Vargas Llosa y Verde Shangai de Cristina Rivera Garza, por mencionar un par. Pero lo más valioso de mi experiencia como parte de este club de lectura de GEIQ es el placer de conocer otros lectores, con gustos similares o diferentes a los míos, pero con las mismas ganas de compartir lo aprendido durante sus lecturas y de aprender de las experiencias de los demás participantes en cada una de las sesiones. Hoy me queda más claro que nunca que el único libro del que no se aprende nada es aquel que no se lee.

El último geocentrista

El taxi se acercó después de que Carlos le hizo la seña para solicitar el servicio. Era tarde y, aunque él estaba acostumbrado a caminar los cuatro kilómetros y doscientos treinta metros que separaban a su casa de la universidad, decidió usar un taxi. – Buenas noches – dijo mientras subía-  ¿me lleva a la Infonavit uno, por favor?

Carlos estudiaba ingeniería. También tenía un trabajo como maestro de física en una preparatoria particular, formaba parte de un grupo de música floklórica y tenía novia. Era una forma de vida normal para alguien de su edad. Solía ir y venir a todas sus actividades caminando, pero ese día, estaba muy cansado. Así que, al terminar sus clases en la universidad, salió y decidió esperar un taxi.

Subió, y al llegar al primer semáforo, que estaba en rojo, el taxi se detuvo y el chofer le hizo una extraña observación – ¿Como ve joven, que dicen que la tierra es redonda? – Carlos voltéo a verlo extrañado, y el chafirete continuó – Sí, ahi en las noticias dijeron… ‘tan locos, ¿que no ven que todo esta planito? – El semáforo cambió a verde, y avanzó. Carlos no dijo nada, pero pensó – ¿Que onda? ¿Será en serio? Je, je, se me hace que me quiere chamaquear… – En eso el taxista continuó – y luego, que a según, la tierra da vueltas y se mueve alrededor del sol… ¡de veras que no ven! si así fuera, ya andaríamos todos mareados. Además está clarito: ¡Es el sol el que se mueve! Sale en la mañana, nos pasa por arriba, y luego se mete en la noche por el otro lado, y ya después sale la luna y hace lo mismo.

Otro semáforo en rojo. Carlos pensó – ¡Ah caray! ¡Parece que va en serio! Pero siguió sin decir palabra. Y el taxista se veía tan molesto con lo que había visto en las noticias, que probablemente no lo habría dejado hablar. De hecho, aún no había terminado. – Y si es redonda, que pasa con los que están abajo de cabeza. ¡Se van a caer pa’ abajo! No, ‘tan relocos, ¡Hasta parece! – Verde otra vez. – ¿Pos qué piensan? – Y así siguió echando sapos y culebras mientras Carlos calladamente asentía con la cabeza. Dejó de escuchar lo que este confundido señor le decía y empezó a pensar en la situación. – Bueno,  tiene sentido lo que dice.  Así es como se ven las cosas, pero… ¿de plano no habrá ido a la escuela? ¿por que pensará así?. Y el taxista seguía – ¡Son puras burradas! …

Llegaron a casa de Carlos. Habían recorrido las últimas tres cuadras en silencio. El taxista agarró aire, como para volver a hablar, y Carlos lo interrumpió rápidamente – ¿Cuanto le debo? – Uhm, ah… este… veinte nomás, joven- Carlos sacó dos monedas de diez pesos de su bolsillo, y se las dió. – Gracias – le dijo, y se apresuró a entrar a su casa.

Carlos no podía dormir esa noche. Le parecía asombroso haber conocido a alguien que creyera que la redondez del planeta eran puras paparruchas. Aún cuando sabía que el chafirete que había conocido hacía un par de horas estaba equivocado, encontraba comprensibles sus afirmaciones dado que esa es la manera en que a simple vista parece ser. Entonces se le ocurrió una nueva cuestión: ¿Por qué Anaximandro, áquel sabio Alejandrino que determinó la circunferencia de la tierra con una precisión más que aceptable para los estándares de su época, quiso, en primer lugar, determinarla? ¿Acaso no tenía nada más que hacer? ¿Cuál fué la utilidad práctica de su descubrimento en ese momento? Cuando lo descubrió, ¿se le ocurriría que los que estaban “abajo”, estarían de cabeza? ¿Como lidió con esa idea?

Por fin Carlos se quedó dormido. Había conocido en persona al último geocentrista.

A tercera vista

Definitivamente, no fue la primera vez que la vi, cuando empecé a interesarme en ella. Y no se debió a que fuera fea ni nada por el estilo. Simplemente no era esa belleza llamativa, convencional, que estamos acostumbrados a ver en los medios. Había que prestarle atención para notar que era una guapura. No necesitaba una gota de maquillaje, para lucir esos hermosos ojos color marrón, en cuya mirada me perdí más de una vez. Su piel suave y blanca lograba despertar en mí un deseo enorme de al menos rozarla suavemente. Esos labios delgados que escondían la sonrisa más hermosa que he visto, una nariz finita y una larga cabellera rubia completaban la imagen que aún recuerdo de esa hermosa muchacha. Pero no fue la primera vez que la vi, cuando empecé a interesarme en ella.

Por aquellos días, me acababa de unir a la estudiantina de la parroquia. Llevaba un año aprendiendo a tocar la guitarra, y fue la primera oportunidad que tuve de tocar no solo para mí. Llegué al primer ensayo, que solían tener los sábados a las seis de la tarde, y noté que había solo seis personas además de mí. Jorge, que era el director de la estudiantina, me dio la bienvenida y me presentó con el resto de los integrantes. Me dijo que faltaban unas personas más, que habían faltado al ensayo de ese día por que estudiaban en la misma prepa y tenían un evento esa tarde. Luego me pidió que les mostrara un poco como tocaba la guitarra, con la intención de saber si me iba a tener que enseñar a tocar también, o solo necesitaría aprender las canciones. No lo hice tan mal, y así me integré a la estudiantina de la parroquia. Yo ya había escuchado antes los cantos que solían interpretar en las celebraciones dominicales, así que no tuve muchos problemas para agarrarle la onda al asunto. Terminó el ensayo y Jorge nos citó al día siguiente media hora antes de la misa, con la finalidad de afinar los últimos detalles y hacer algo de “calistenia vocal”, como él lo llamaba.

Al día siguiente, llegué al templo con mi guitarra faltando aún cinco minutos para la hora convenida y me senté en una de las bancas del atrio. Estaba ansioso ya que iba a ser mi primera experiencia musical con público. El sacristán salió a tocar la primera llamada, y cuando la campana dejó de sonar, vi que llegó una muchacha cargando una guitarra. Esa fue la primera vez que la vi. Llevaba su cabello amarrado en una cola de caballo y usaba lentes. Se acercó a mí y me dijo

–  Tú debes ser el chavo nuevo… Jorge nos dijo que ayer ibas a asistir a tu primer ensayo, pero yo no pude ir. Soy Margarita… pero puedes decirme Maggy

–   Hola, soy Carlos, mucho gusto…

–  ¿Ya te aprendiste las canciones?

–  En eso ando… espero no hacerlo tan mal hoy.

En eso llegaron Jorge y otros seis jóvenes, integrantes también de la estudiantina, y empezamos a ensayar.

Al terminar la misa Maggy se me acercó y me dijo:

–  ¡Hey! no lo haces tan mal. De hecho tocas bien… Nos vemos el sábado.

Pero no fue entonces cuando me empecé a interesar en ella.

Me gustó bastante el ambiente que había durante los ensayos. Éramos puros jóvenes en el último año de prepa, y algunos en el primero o segundo de la universidad. Jorge era solo un poco mayor, así que todos estábamos en la misma sintonía. Maggy y yo tuvimos algo especial desde el principio. Ella era la única chica que tocaba la guitarra y solíamos quedarnos después de los ensayos a tocar algo de música no religiosa. Compartíamos un gusto musical diferente al del resto de los compañeros de la estudiantina, por lo cual solían dejarnos solos cuando empezábamos con “nuestras canciones”. Ambos disfrutábamos de la música pop de aquellos días, pero teníamos una extraña pasión por la música autóctona, andina, mexicana y regional. Nos juntábamos entre semana a escuchar cassettes de Los Kjarkas, Los Calchakis, Los Folkloristas, Sanampay, etc. y, juntos, lográbamos sacar los acordes de nuestras canciones favoritas.

Ya me había dado cuenta lo bonita que era, aquella ocasión que me invitó a que la acompañara a una disco de su prepa. Ese día, no se hizo su acostumbrada cola de caballo y se soltó el cabello. También dejó sus lentes, según dijo, por que era más cómodo bailar sin ellos, y por primera vez contemplé sus ojos. Ella nunca se sintió cómoda con maquillaje, así que solo se rizó las pestañas y se pinto los labios. Ya en ese entonces nos habíamos hecho buenos amigos, así que sin pensarlo le dije: -¡Orale! ¡Que guapa te ves!

Fue algunas semanas después, durante una de esas tertulias muy nuestras, mientras ella me explicaba como le gustaba la armonía de voces y las metáforas de la Vídala de la copla interpretada por el grupo Sanampay, que empecé a interesarme en ella. Noté algo en su mirada que no había notado antes, y que no supe definir que era. ¡Y su sonrisa! ¡Ese tipo de sonrisa que sabes que te puede desarmar instantáneamente! De pronto dejé de escuchar lo que decía y me concentré en su expresión, el movimiento de sus manos, de sus labios… y sus ojos mirándome fijamente…

-¿Qué? –  me dijo

Nada… es que… ehm… este… no, nada, me quedé pensando en lo que dices…

Después de ese día, no creo haber sido capaz de disimular lo que sentía. El recuerdo de sus ojos mirándome mientras sonreía pícaramente, me hacía estremecer. En poco tiempo se había convertido en mi mejor amiga, y ahora estaba enamorado de ella. Pero no sabía si ella sentía lo mismo por mí y eso me causaba una tortura inmensa. Si ella no sentía lo mismo por mí, podía perder lo que teníamos, y eso era algo que me llenaba de pánico y por eso no me animaba a decirle nada.

Debido a mi miedo nuestra amistad se había tornado un poco distante. Nuestras tertulias eran cada vez menos frecuentes, y en los ensayos de la estudiantina, solía agachar la vista apenadamente cuando ella descubría que yo la estaba mirando. Ella simplemente sonreía, pero llegó el momento en que necesitó una explicación de lo que sucedía.

– Andas extraño… – me dijo.

– A mi se me hace que te gusta Maggy… – dijo Hilda, una chica que estaba en la misma escuela que Maggy y que hacía poco tiempo que se había unido a la estudiantina.

¡No! ¿Cómo crees? – dije impulsivamente, como aquel niño que es sorprendido haciendo una avería, y quiere negarlo para evitar el castigo. Sentí ese extraño hormigueo en las orejas que solía experimentar cuando me avergonzaba en demasía.

Somos buenos amigos, nada más…

Noté la decepción en el rostro de Maggy, y la incredulidad en el de Hilda.

Si, ajá… dijo Hilda y se dieron la vuelta.

En ese momento creí perder todo. Me derrumbé y no atiné a seguirla cuando emprendió camino a su casa. Y me sentí desesperado. Pero después reaccione. Esa mirada de decepción, solo podía significar una cosa…

Al día siguiente, fui a su casa. Le entregué una margarita que corté del jardín de doña Estelita y le dije lo que sentía por ella. Me moría de los nervios y al parecer ella también. Me dijo que le daba miedo – ¿Y si no funciona? ¡No quiero perder tu amistad! Le dije que a mi me daba miedo eso también, pero que ya no había nada que perder, y mucho por ganar. Hablamos un buen rato. Al final me dijo que lo iba a pensar. Llegué a mi casa frustrado y con ideas pesimistas. –Ya la perdí- me dije.

Pasó el resto de la semana y llegó otra vez el sábado del ensayo. Un ensayo bastante raro. Normalmente, durante los tiempos muertos, nos acercábamos y platicábamos acerca de nuestro interés musical común, o le hacíamos bromas a los demás compañeros. Pero ese día, apenas nos saludamos. Cuando terminó el ensayo ya no pude resistir y me acerqué a ella.

–          ¿Podemos hablar?

–          Si, de hecho te quiero decir algo

Y me dio la mejor de las noticias de mi juventud. Me dijo que tenía mucho miedo de perder mi amistad, pero que alguien le había dicho que la mejor decisión que una mujer puede tomar, es casarse con su mejor amigo. ­– ¡No es que ya me quiera casar! – aclaró – pero creo de todos modos, ya nunca será igual. Y si no va a ser como antes, mejor intentar que sea mejor… Y lo fue.

Duramos poco tiempo. Terminamos la prepa y al estar en universidades diferentes, en ciudades diferentes, fue difícil continuar la relación, sobre todo por que fue en una época anterior al correo electrónico y los teléfonos celulares. Decidimos seguir cada quien por su lado y nos deseamos la mejor de las suertes. Nunca la volví a ver hasta ahora que, con la boga de las redes sociales en Internet, me encontré con su perfil y pude chatear con ella un ratito, diez años después. Acordamos salir a tomar un café y recordar viejos tiempos. Y después… quien sabe…