Ser feliz era esto, de Eduardo Sacheri

El mundo de la literatura es una telaraña enorme en la que puntos lejanos y aparentemente sin nada en común, se interconectan a través de los delgados hilos que la forman. Así fue como llegué a leer Ser feliz era esto.

Años atrás vi la película argentina que en el 2010 ganó el Oscar a la mejor película extranjera: El secreto de sus ojos. Además de tener unas escenas visualmente muy bien logradas y de tener una trama por momentos trepidante, la película trata temas muy interesantes: la dictadura en Argentina, la venganza, y los amores imposibles. Pero hablar de esa película sólo viene a cuento porque resulta que está basada en una novela titulada La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri.

Unos años después de ver esta película encontré en la gran librería amarilla con letras moradas, el libro de Sacheri. Claro, con la portada y el título de la película, que la hacían más atractiva a los consumidores. Lo compré y lo leí, y para mi sorpresa el libro era tan bueno o aún mejor que la película. Contenía unas digresiones de los personajes que es imposible meter en el largometraje y un final distinto pero tan bueno como el de la película. Pero lo mejor de todo era la forma de narrar nostálgica, intimista y tan convincente que me hicieron creerle de principio a fin.

Desde entonces se volvió una tarea autoimpuesta leer cualquier otra cosa publicada por el autor. No fue sencillo; pasada la euforia del Oscar, no se encontraba ningún título suyo en las librerías atiborradas de best sellers, hasta que en el 2016 Eduardo Sacheri ganó el Premio Alfaguara por La noche de la Ursina. Después de eso, Sacheri por todos lados. Pero gracias a ese delgado hilo de la red de la literatura, llegó a mí el libro del que hoy quiero hablar.

Ser feliz era esto. El libro cuenta la historia de Sofía cuando acaba de perder a su madre y emprende un viaje desde Villa Gesell, un pueblo al norte de Argentina, hasta Buenos Aires para ir a presentarse a su padre, quien no tiene idea de su existencia. La sorpresa con que Lucas recibe la noticia de que es padre de una niña de catorce años, lo deja sin una reacción adecuada, y mientras el lector puede imaginar el torbellino de ideas en la cabeza del protagonista, sobre cómo explicar esta situación a su esposa Fabiana, Sofía sufre por no tener el recibimiento que le hubiera gustado y por la angustia sobre su futuro.

Lucas es el autor de un libro que alcanzó un éxito que nunca imaginó y que le ha permitido llevar una vida modesta sin tener que publicar nada más ni trabajar en alguna otra cosa. Solamente ha escrito ese libro y otro que se encuentra como finalista en un concurso internacional de literatura juvenil, sin embargo él mismo no se considera un escritor de oficio. Su personalidad es más bien retraída y hasta pareciera que está a la saga de la de Fabiana, que es una profesionista exitosa.

A lo largo de la novela, se van solucionando los problemas legales que tienen que resolverse para que Sofía entre en una escuela de Buenos Aires aun sin tener los papeles necesarios para hacerlo, pero se van complicando los problemas entre Lucas y Fabiana. Sin embargo, la columna vertebral de la novela, es la relación entre Sofía y Lucas, que comienza con una obvia cautela y que poco a poco se va estrechando a medida que se crean complicidades y se descubren afinidades que están ahí como por pura causa genética.

Con el mismo tono intimista y convincente de El secreto de sus ojos, y con esa casi musicalidad e ingenio en los diálogos llenos de argentinismos, Eduardo Sacheri, le da una credibilidad a la historia que pareciera narrada de viva voz por los personajes, que al final, resulta imposible no encariñarse de ellos.

Este libro lo recomiendo para adolescentes con un hábito de lectura más o menos formado, para toda clase de jóvenes y adultos lectores (lectores iniciáticos, regulares y ávidos). Sobre todo lo recomiendo para lectores sentimentales, que andan con ganas de leer historias felices.

Niñas malas

Definitivamente creo que existen niñas malas. Mujeres cometa que de tiempo en tiempo llegan, hacen estragos en la vida de niños buenos y después se van, dejando un rastro de desolación y nostalgia por volver a ver su luz en el cielo.
En ese sentido, Travesuras de una niña mala de Mario Vargas Llosa puede ser creíble. Sin embargo, convierte al mundo en algo más pequeño que un pañuelo y a la probabilidad en algo tan subordinado al destino que la historia pierde toda verosimilitud.
No importa si es Lima, París, Londres, Tokio o Madrid, si el cielo así lo quiere, la mujer cometa encuentra a su víctima predilecta y lo deja hecho trizas esperando su próxima aparición.
Claro que el cielo a veces requiere de colaboradores, esos personajes que mágicamente aparecen en la vida del protagonista, lo colocan justo en la trayectoria del astro destructor y después desaparecen de la escena sin menor explicación. Estos seres desechables llamados ayudantes, que podrían tener una mayor importancia para la historia pero la complicarían innecesariamente, son un abuso mas que un recurso en esta novela.
Sin mucho esfuerzo en la lectura (comparado con el requerido para adentrarse en La casa verde), uno puede echarle una ojeada superficial a los distintas ciudades y épocas en los que se desarrolla la historia: Lima en los 50´s, París en los 60´s y 80´s, Londres en los 70´s, con un énfasis apenas perceptible y siempre tendencioso en la historia política de Perú.
El lado sentimental de la historia a veces se vuelve cursi, aunque tiene descripciones muy bellas que muestran porqué hasta un mal libro de un buen escritor puede llegar a conmover, y en mi caso, a dejarme pensando si en realidad yo he conocido una niña mala.

¿Acaso dios es argentino?

De nada sirivieron las plegarias de millones de mexicanos. De nada las buenas vibras y apapachos que les mandamos a los seleccionados. De nada los millones de pesos que se embolsaron la femexfut y los jugadores por publicidad. Otra vez los argentinos nos volvieron a ganar.

¿Cómo es que siendo más de 110 millones de mexicanos, dios haya escuchado más las plegarias de los 40 millones de argentinos? Dos ideas de botepronto me vienen a la cabeza. La primera es que entre nosotros (como entre el seleccionado francés que quedó fuera en la fase eliminatoria) hay traidores. Traidores malinchistas que tenían como favorita a la albiceleste y no a la selección tricolor. Pero honestamente, no creo que haya tantos que bajo la camiseta verde oculten una a rayas. La primera idea ha sido una falla clarísima.

Viene el segundo cabezazo. Hay muchos mexicanos que no rezan porque no creen en ningún dios. Hay otros tantos que no lo hacen, porque les importa un pito el fútbol (y aquí el acento en la palabra fútbol es intencional, porque con tantos millones de mexicanos que no apoyan con su optimismo a los 22 jugadores que nos representan, la balanza se inclina hacia el cono sur). En cambio todos los argentinos tienen una fe en que serán campeones con Maradona, equiparable a la de Madre Teresa en dios. Así, cómo no habría de escucharlos más a ellos. Pero tampoco me convence esta idea, ya que en este mundial, me consta que, hasta los no aficionados al fútbol se unieron a los hinchas mexicanos. Mi segundo remate ha quedado fuera.

La explicación sigue sin llegar, como tampoco le llegaba el gol a nuestro seleccionado. Intenté escuchar distintas voces de expertos para ver si había uno que me aclarara porqué nuevamente nos echaban en octavos, si jugamos un gran partido contra Francia. Hubo muchos comentarios con los cuales comulgué:  jugadores que no debieron ir, otros que no debieron alinear y otros que alinearon y que Aguirre no debió reemplazar. Todo apunta a que el culpable es el técnico. Ahí acabaron con mi fé en la crítica, pues mi fé en la selección estaba bastante diezmada después de las pésimas eliminatorias.

Para mí, en el mundial se hizo lo que se pudo. La culpa no fue de Aguirre (aunque me cae que no entiendo sus decisiones), ni del Guille, ni del Bofo (¿jugó?), ni del Conejo, ni siquiera del árbitro… Osorio y el juez de línea se cuecen aparte…

La culpa fue de la vocación mexicana por improvisar. Se improvisó un director técnico, después de que tres habían fracasado. Se improvisó una selección después de haber probado casi a un ciento de jugadores. Se improvisó una alineación que nunca había jugado junta, contra una de las mejores selecciones del mundo.

Para tratar de justificar el mal papel de la selección ya se ha dicho mucho, la verdad es que no se puede cosechar algo que no se siembra. Y otra gran verdad, es que los ches argentinos (y no estoy redundando), históricamente y en este momento, han sido y son superiores futbolísticamente. ¿Es que acaso dios es argentino?

Tampoco lo creo. Creo que ellos se preparan más que nosotros, y le dan continuidad a los proyectos. Nosotros hace apenas 5 años fuimos campeones sub-17, y de esa camada sólo 5 jugadores llegaron a éste mundial. ¿Qué les pasó a los otros 17?

Sudáfrica 2010, definitivamente no era el momento propicio para que sobresaliera México, pero era una oportunidad para comenzar a estructurar un plantel que hiciera un gran papel en los Juegos Panamericanos Guadalajara 2011, en los Juegos Olímpicos Londres 2012 y en el Mundial Brasil 2014. ¿Pero para qué pensar tan a largo plazo? Ya habrá tiempo de improvisar.

Seres territoriales

Uno de los seres vivos más territoriales es la mujer. Iba a escribir, una de las especies animales más territoriales, pero decidí cambiarlo, pues es de todos sabido que, a pesar de una psiqué completamente diferente, comparte la especie con los hombres, y entonces mi hipótesis sería falsa o al menos, sólo parcialmente verdadera.

Escribo esto, pues hoy me ocurrió una anécdota que me hizo corroborar la impresión que ya tenía desde hace tiempo.

Todos los días tengo una hora libre de 5 a 6 y me voy a sentar en una de las bancas que están en el pequeño jardín junto a la Facultad de Letras. Es una zona sombreada, poco transitada y por lo tanto bastante silenciosa para poder concentrarme en la lectura. Mi lectura del día de hoy era la primera parte del Viaje al Yucatán de John Lloyd Stephens.

A esa misma hora, Leti, mi inseparable y anteriormente pretendida amiga, toma clase de francés. Así que aprovecho ese tiempo para leer sobre aquello que me daría la felicidad pero no un empleo: la Arqueología.

Advertido de que en este país de paradojas, arruinaría mi vida si me dedicaba a estudiar ruinas, decidí meterme a la carrera de Ingeniería Civil; así que, en lugar de buscar antiguos edificios destruidos, construiré los edificios del futuro.

Leti también estudia Ingeniería Civil por motivos retorcidos. Desde que nos vimos por primera vez en el curso propedéutico supimos que seríamos buenos amigos; teníamos facha, ella de escritora y yo de arqueólogo entre un grupo de ingenieros. Ella tenía una novela de Flaubert y yo un libro de Alfonso Caso. Y siendo los únicos sin libros de Cálculo o Física en las manos, supimos que tendríamos siempre un tema de qué hablar.

Entre clases ella me ponía al tanto acerca de la vida de algún personaje de la literatura francesa y yo le platicaba acerca de algún dios prehispánico. Así lo hicimos desde que nos conocimos y ya para el tercer semestre nos hicimos tan imprescindibles uno para el otro que le pregunté si podíamos ser novios y ella se negó. Se negó en total 4 veces a lo largo del tercero y cuarto semestres y todas ellas con un argumento tan sólido que no había manera de refutarle ni de insistir. La última vez recuerdo bien que me dijo “No Luis, ni a ti ni a mí nos conviene: la próxima semana comenzamos exámenes, yo estoy por terminar Naná y tú estás con tu Piedra del Sol. Mejor así seguimos, ¿sale?” y después de esta respuesta, nos fuimos a hacer la tarea de Análisis Estructural.

Ni ella ni yo encajamos en el grupo, ni en la carrera, ni en la universidad, sin embargo no vamos tan mal. Cuando alguna vez le pregunté la razón por la que había escogido Ingeniería, me dijo que, no teniendo la posibilidad de mantenerse de la edificación de historias, viviría de la construcción de edificios y que quizás llegaría a ser tan famosa como Gustave Eiffel.

Habiendo aclarado cómo es que Leti y yo habitamos un mundo tan ajeno al de nuestros sueños, regreso a la banca del jardín junto a la Facultad de Letras.

Estaba concentrado en mi libro de John Lloyd Stephens, tratando de entender el complicado sistema de medición del tiempo de los mayas, cuando justo al terminar la página 288 me di cuenta que seguía la página 320 volteada de cabeza.

Pensé que, a pesar de haber pagado sólo treinta pesos por mi ejemplar de Ediciones Promo Libro, había sido timado. Sentí el orgasmus interruptus de una lectura que finaliza violentamente justo antes del clímax. Pero al avanzar unas cuantas páginas, me di cuenta que de la 289 a la 320 todas las páginas habían sido volteadas de cabeza e invertidas de orden. Respiré profundamente y seguí leyendo con mi libro al revés.

Coincidió que en ese momento pasaba por ahí una chica bastante atractiva, como ángel caído del cielo, o simplemente como una alumna de Letras que bajaba del segundo piso.

No puedo evitar curiosear sobre lo que los demás leen, así que miré bajo su brazo y leí Madame Bovary. Después, por cortesía la vi a los ojos y le sonreí. Ella se detuvo frente a mí y me dijo: “Hola, soy Margarita. ¿Te puse nervioso verdad? “

Disparó tan rápido, que no me dio tiempo de esquivar la pregunta. “Hola. No, ¿por qué lo dices?” “Porque tienes tu libro de cabeza y además suspiraste cuando pasé”. Ante tal honestidad abrumadora, utilicé la clásica frase que se usa para introducir excusas, “lo que pasa es que…”. No me dejó terminar, “no te pongas rojo, sólo estoy jugando”, me dijo con una sonrisa que derribó mi rubor. “Me llamo Luis. Estaba practicando mi lectura de comprensión invertida”. “¿En serio?” dijo con ojos muy abiertos y se sentó a mi lado.

Le mostré la razón por la que tenía mi libro en dicha posición y eso sirvió para que se interesara por el tema. Le conté lo que hasta ese momento había leído sobre el calendario maya y me encantó su manera de escuchar. Me parecía que la conocía de hace mucho tiempo y noté que la expresión de su rostro era como la de Leti, sólo que sus ojos eran más bellos. Estaba yo entusiasmado contándole sobre el viaje de este explorador gringo a la República de Yucatán en 1841, cuando llegó Leti, se plantó a mi lado y dijo: “¿qué no piensas entrar a clase?” Por segunda vez en el día sentí frenado mi ímpetu, “Sí, voy. Mira te presento a Margarita.” “Ah, hola” dijo Leti, echándole una mirada desafiante. “Hola, mucho gusto” respondió mi nueva amiga, y se levantó inmediatamente, “nos vemos después, Luis” y se fue por el mismo lugar por el que había llegado.

Agarré mis cosas y seguí a Leti que se fue en silencio hasta el salón. Cuando estábamos a punto de entrar, me dijo: ”¿qué no ibas a terminar ya ese libro?” y se fue a sentar sin esperar mi respuesta. Yo, como siempre, me senté a su lado en medio de un montón de ingenieros, meditando en la actitud de Leti y sintiéndome como un pedazo de tierra orinado en señal de ocupación, mientras el maestro explicaba los esfuerzos en una viga sometida a flexión.

Los favoritos de la Rana 2009

Los antiguos viajeros zarpaban a la mar con rudimentarios instrumentos de navegación, limitadas provisiones e infinitos destinos por descubrir. Los actuales lectores se aventuran al inmenso litoral literario, con tanta información acerca de la oferta editorial que mejor resulta ir a ciegas a descubrir lo que el destino y la buena suerte le deparen.

No hay autores, ni géneros infalibles, y aún cuando las críticas de revista denosten o ensalzen a ciertos títulos, siempre habrá buenas y malas sorpresas.

Así que este año traté de experimentar y leí 21 autores que nunca antes había leído. Desde laureados con el nobel hasta editados por el gobierno de su estado. Entre estos nuevos conocidos, destaco a Eduardo Galeano, Haruki Murakami, Paul Auster, Bruno Traven, Jordi Sierra I Fabra, Alberto Ruy Sánchez, George Batailley Róger Octavio Gómez.

También leí a autores que ya conocía y que siguen estando entre los consentidos, como Umberto Eco, Yasunari Kawabata, José Emilio Pacheco, Albert Camus, Leon Tolstoi, Cristina Rivera Garza, George Orwell y Jorge Luis Borges.

Lo dicho, entre esa gran variedad de actores, temas, países, épocas, hubo tan gratas sorpresas que no quisiera dejar de mencionarlas.  Sólo a manera de bitácora de viaje y para no olvidarme de estos buenos libros que sin quedar entre mis 5 mejores del año, me hicieron pasar muy buenos momentos, doy una mención honorífica a:

Kafka y la muñeca viajera de Jordi Sierra I Fabra (España, 2006). Tokio Blues de Haruki Murakami (Japón, 1987). Rebelión en la granja de George Orwell (Inglaterra, 1945). Batallas del desierto de José Emilio Pacheco (México, 1981). El nombre de la rosa de Umberto Eco (Italia, 1980). Los jardines secretos de Mogador de Alberto Ruy Sánchez (México, 2001). El extranjero de Albert Camus (Argelia, 1942).

Y ahora sí, la lista de los favoritos en el 2009:

1. La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata (Japón, 1961). El ritmo contemplativo característico de la literatura japonesa, el atractivo de los personajes duales y la sutil sensualidad dan forma a este extraordinario libro. La trama es sencilla, existe una casa donde se rentan jóvenes mujeres para que hagan compañía a ancianos, como una casa de citas, pero con la particularidad de que las jóvenes siempre están dormidas y los hombres pueden dormir junto a ellas, pero sin intentar despertarlas. La historia relata el conflicto interno que siente un señor que frecuenta la casa de las bellas durmientes, pues a pesar de ser viejo, aún se siente con la suficiente fuerza para disfrutar de algo más que la simple compañía de la joven.

2. Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano (Uruguay, 1971). Los países latinoamericanos, a partir de la conquista, de una manera u otra, siempre han estado bajo el yugo de los países imperialistas. Decir que eso se debe a la estupidez de los dominados o a la voracidad de los dominadores, es una veredicto demasiado simplista. Son muchos los factores que han influido para que esta realidad se haya estacionado en el continente como un destino ineludible. Eduardo Galeano hace un recorrido desde México hasta Argentina, y a través de diferentes épocas para demostrar que la situación de retraso económico, tecnológico, social, educativo, etc., que prevalece en todo el subcontinente, no es el fruto de la incapacidad de su gente o de la ineptitud de sus gobernantes, sino de una serie de intereses nacionales y extranjeros que anteponen su bienestar sobre el bienestar de sus países. Es trágico descubrir que un libro escrito hace casi 40 años, que describe la cruda realidad de todo un continente, sigue vigente.

3. Trilogía de Nueva York de Paul Auster (USA, 1985). De igual modo que Cervantes parodió la novela caballeresca haciendo una novela caballeresca, Paul Auster parodia la novela de detectives haciendo una novela de detectives. Todos los estereotipos de la novela negra se encuentran en estos tres cuentos que conforman el libro. El misterio por resolver se vuelve lo menos importante de la historia, lo importante es no pasar por alto los clichés de las historias que, al menos en forma, siempre son similares. Pero Auster no se queda en la simple historia del detective que tira su vida a la basura por espiar al sospechoso, sino que hace un gran análisis sobre la obra de Milton y sobre la Torre de Babel. Al final de la ciudad de cristal, el lector olvida cuál era el objetivo del escurridizo protagonista que cambia de personalidad más frecuentemente que de ropa, pero no puede olvidar a la hermosa mujer que lo contrata ni su deprimente final.

4. Ana Karenina de Leon Tolstoi (Rusia, 1877). Una extraordinaria obra que nos remonta a la Rusia zarista de las clases sociales altas de San Petesburgo y Moscú, aunque también nos muestra un poco de la vida del campo. Tolstoi logra crear personajes realistas, con pasiones y sentimientos, con deseos y temores, y con sus características dudas sobre sus acciones. Ana Karenina fue un gran escándalo por la historia de la mujer que teniendo un matrimonio estable con un hijo, decide dejar a su esposo por el conde Vronsky, joven, atractivo y superficial. Durante la novela hay episodios inolvidables como aquel en que Levin y Kitty se declaran mutuamente su amor con iniciales: c, u, m, d, n, e, p, s, r, a, e, o, a, s  (¨Cuando usted me dijo: no es posible, ¿se refería a entonces o a siempre?

5. Macario de Bruno Traven (alemán / México 1950). Siendo alemán, Bruno Traven entedió la cultura mexicana de tal manera que pudo retratarla en Macario, en Canasta de cuentos mexicanos y en otras de sus obras, mucho mejor que muchos autores nacidos en México. Macario es un cuento que explica la relación de los mexicanos con el diablo, con dios y con la muerte de una manera muy amena, como si estos ¨seres superiores¨ se personificaran ante un hombre que cumple el gran sueño de toda su vida: comerse un pavo entero. Con una vuelta de tuerca inesperada, Traven logra mantener una la flexibilidad en el descenlace, que nos hace imaginarnos un final trágico o cómico, pero inevitable. Y yo, al narrar esta historia a la Petis, logré mantener su atención y sus ojos bien abiertos durante los 45 minutos que me llevó contársela.

Reacciones químicas

“El hombre es fuego;
la mujer, estopa;
llega el diablo y sopla”
Anónimo

Para mí la pasión había sido siempre el inevitable desenlace de una historia de amor; la culminación de un dosificado enamoramiento y una muestra de la entrega total hacia la persona amada. Eso hasta que conocí a Carla.

Estaba a punto de entrar al quinto semestre de la carrera de Ingeniería Energética. Las colegiaturas se habían disparado en el último semestre y mi padre me había advertido que no podría seguir pagando la universidad privada. Como yo estaba bastante a gusto en esa universidad, me puse a investigar sobre las posibilidades de becas , y como mi promedio no era nada malo, metí la solicitud y obtuve un 75% de subsidio por la universidad. El único requisito era cumplir con un servicio becario de tres horas semanales y no bajar el promedio de 80.

El primer día de clases, tenía que ir a la oficina de servicios escolares a ver a dónde me habían asignado como becario. Sentí un poco de alivio cuando vi en las listas pegadas fuera de la oficina que era becario del laboratorio de Química. Aunque la Química nunca había sido una de mis materias favoritas, al menos no estaría asignado a un profesor que me pondría a revisar cientos de tareas.

En la primera hora libre que tuve me dirigí al laboratorio para ponerme a las órdenes de quien quiera que fuera el encargado. Pregunté al encargado del almacén de materiales, y me mandó a un cubículo al otro extremo del laboratorio y me dijo que preguntara por la maestra Carla Romero.

Había varias mesas de trabajo, cada una con una tarja, un microscopio y varios tubos de ensayo vacíos. Había otros frascos de vidrio, de los cuales desconocía completamente el nombre,  pero ninguno contenía sustancias burbujeantes como me había imaginado. Llegué al cubículo y aunque estaba abierto, toqué a la puerta; ésa era la regla en mi casa y no tenía porqué desacatarla en la escuela. Detrás de una mampara se asomó una joven morena, delgada, de cabello negro recogido y de lentes. Le pregunté por la maestra Carla Romero, y me dijo que ella era.

– Octavio Ochoa, mucho gusto – le dije. Voy a ser su becario este semestre.
– Hola, mucho gusto O2 – me dijo ella como adivinando mi carácter de soñador volátil.

En ese momento, su chiste no se me hizo gracioso, pero sonreí por compromiso junto con ella. Noté que en su mejilla izquierda se formaba un pequeño hoyito. Ante mi desconcierto, ella tomó nuevamente la iniciativa.

– ¿En dónde hacías servicio becario el semestre pasado?
– Es mi primer semestre de becario.
– Ah bueno, no te asustes.  Yo soy tan becaria como tú, así es que te comprendo. Ya veremos qué te pongo a hacer este semestre. Por lo pronto, disfruta tu primera semana y nos vemos el próximo lunes.

Me explicó que estaba estudiando su doctorado y que para financiarlo estaba trabajando como encargada del laboratorio. Antes de salir, nos pusimos de acuerdo en los horarios: iría a las 5:00, después del último horario de clases en el laboratorio, cuando cerraban el almacén.

Salí del laboratorio y me fui pensando en Carla. Era demasiado joven para estar estudiando el doctorado. Y sobre todo, no entraba en mi estereotipo mental de doctora en ciencias.

Carla resultó verdaderamente comprensiva como tutora. Pocas veces me dejaba trabajo y cuando lo hacía, me explicaba lo que tenía que hacer con tal grado de detalle que la tarea me resultaba sumamente sencilla: revisaba prácticas de alumnos de tercer semestre de Industrias Alimenticias, guardaba el material en el taller, limpiaba los instrumentos y hacía investigaciones en la biblioteca. Además, era muy ameno platicar con ella de temas ajenos al ambiente universitario.

En ese entonces yo estaba estudiando francés; la carga académica del semestre me lo permitía y yo estaba obsesionado con hacer un semestre de intercambio en Francia. Resultó que Carla había estudiado un año en Toulouse, donde había aprendido perfectamente el francés y además conocía a muchísimos autores franceses. Yo a veces me sentía un poco tonto, pues mientras ella me hablaba de Rabelais, Victor Hugo, Sartre, Camus, Simon de Beauvoir, Maguerite Yourcenar y otros autores, lo único que yo conocía era El Principito de Saint-Exupéry, y además de todo, en español hacía muchos años.

Hablar con ella era un reto. Siempre tenía temas de conversación bastante interesantes y jamás sonaba como una intelectual que quiere darse a notar. Por esa razón, antes de ir a hacer mi servicio, procuraba investigar un poco de algún autor francés o de informarme sobre los avances tecnológicos en energías renovables, que era otra de sus grandes pasiones.  Para mi admiración, Carla siempre conocía del tema y tenía una información mucho más completa que la que yo hubiera investigado.

Un día la encontré leyendo una novela de una autora llamada Anaïs Nin, mientras mezclaba distraídamente, con un agitador, un vaso que contenía un líquido rojizo y en el que flotaban pequeñas esferas rojas también, de tamaño un poco mayor a una canica. Le pregunté de qué se trataba.

– Es un tratado de Química humana – me dijo, y nuevamente vi el hoyuelo en su mejilla.
– ¿Química humana?
– No te creas, es una novela erótica, pero a final de cuentas es lo mismo.

Me sorprendió mucho escuchar eso. Carla no era del tipo de mujeres que leyeran novelas románticas y mucho menos, eróticas. Aunque a decir verdad, no tenía ni la más remota idea de lo que era una novela erótica. Creí inadecuado preguntar cualquier cosa relacionada y desvié el tema.

– ¿Y lo del vaso?
– Son cerezas en conserva. ¿Quieres probar?
– Ahora no, gracias. Precisamente venía a decirte que hoy no podré quedarme al servicio porque tengo partido de futbol. ¿Te lo puedo recuperar después?
– Yo estaré estudiando hasta tarde, si quieres venir o si prefieres cualquier otro día, no hay problema.
– Muchas gracias, C.

Nunca la había llamado así, pero en ese momento estaba tan entusiasmado por el partido, que además de estrenar su apodo, me incliné para darle un beso en la mejilla y salí corriendo hacia las canchas.

Me incliné para darle el beso, no porque fuera demasiado baja de estatura, más bien, yo soy alto: mido 1.80m, lo cual me hacía el candidato natural para ser el portero de mi equipo.

El partido fue un desastre, perdimos 6 a 1 y al menos la mitad de los goles fueron por errores míos. Nadie de mi equipo lo lamentó. Lo tomamos como nuestra hora de ejercicio al semestre. Yo me sentía molido y cuando iba rumbo a la parada del autobús, aún con el uniforme de futbol empolvado, vi la luz encendida del laboratorio de Química. Decidí ir a contarle a Carla mi reciente fracaso deportivo y ver si quería que la ayudara en algo.

Toqué la puerta antes de abrir. Carla seguía sentada en la mesa de instructores, sosteniendo con la mano izquierda la misma novela y en la derecha sostenía una cereza que apenas rozaba sus labios. No levantó la cabeza, sólo dirigió la mirada hacia la puerta por encima de los anteojos. Me sentí traspasado por su mirada aún cuando duró apenas un instante, pues inmediatamente regresó la vista hacia el libro. Como no quería interrumpir su lectura me dirigí en silencio hacia ella. Ella seguía rozando sus labios con la cereza.

Nunca me había detenido a ver la línea de sus labios. Su contorno era perfectamente definido. El labio superior delgado; el inferior, grueso; ambos lucían inusualmente rojos por la conserva de las cerezas que ella misma había preparado.  Tenía el pelo recogido como el día que la conocí. Traía bata blanca desabotonada y una blusa roja escotada que dejaba asomar un poco de encaje en la cañada entre sus senos. Jamás me había fijado en sus senos. Eran monumentales, no tanto por su tamaño sino por su precisión.

Mientras me acercaba a la mesa ella succionó lentamente la cereza con todo y el rabo. Hizo movimientos extraños en su boca, como si jugara con la cereza, aunque apenas lo noté, pues estaba más concentrado en su cuello. Casi podía sentir la tersura de su cuello en mis labios.

Cuando me encontraba a escasos dos pasos de ella, tomó un separador que estaba sobre la mesa y cerró el libro . Después se quitó los lentes y los colocó encima del libro. Al hacer esto unos cuantos cabellos se salieron de la liga que los agarraba. Por fin me dirigió la mirada y de la boca se sacó el palito de la cereza echo un nudo.

– ¿Sabes que quienes pueden anudar con la lengua el palito de una cereza son excelentes besadores?

Yo me quedé atónito.

– ¿Quieres probar? – me preguntó.

Asentí con la cabeza y volteé a ver el vaso con las cerezas. En eso, ella me tomó por el cuello y se acercó a besarme. Sentí el sabor dulce de su lengua en la mía. Estaba pasmado. Ella tenía los ojos cerrados y no dejaba de mover su lengua dentro de mi boca. Por fin reaccioné y la tomé por la cintura y la atraje hacia mí. Tenía una cintura estrecha y como la blusa que traía era corta sentí el contacto con su piel. Carla comenzó a suspirar y sentí cómo se le aceleraban los latidos.

Instintivamente comencé a quitarle la bata. Ella se pegaba aún más a mí y no dejaba de besarme. Cuando logré quitarle la bata y metí la mano bajo su blusa para acariciar su espalda, recordé la facha en que me encontraba. Probablemente apestaba a sudor y si a ella se le ocurría besarme el cuello como en ese momento se me ocurría a mí, seguramente le sabría a tierra y sal. Sin embargo no quería detenerme. No lo hubiera logrado aunque lo intentara. Algo se había desencadenado y no existía poder alguno que pudiera detenerlo.

Desabroché su sostén y después le quité la blusa, mientras nos acercábamos lentamente hacia la mesa de instructores. En ese momento sentí su mano sobre mi pene. No podía ocultar mi erección. Tampoco quería hacerlo. Después me quitó la sudadera de portero mientras yo le desabrochaba el pantalón. El beso no se había detenido ni un instante. Ella se acostó sobre la mesa con el pantalón desabrochado pero aún arriba y me jaló hacia sí. Yo, un poco arrebatado me saqué los tachones de fútbol, las calcetas, me desnudé.

Ella yacía en la mesa, como princesa maya dispuesta al sacrificio. Le saqué los pantalones y las diminutas tangas y fue como conocer el paraíso. Yo estaba aún parado y ella acostada y no me explico aún de dónde me surgió la ocurrencia de meter la mano en el vaso con cerezas. Saqué dos cerezas y con una de ellas dibujé todo su perfil, bajando desde la frente, por la nariz y hacia su boca, donde la cereza descansó unos cuantos segundos hasta que ambos la mordimos. Ella mordió un poco mis labios también, y eso me encendió aún más.

Tenía las manos pegajosas y aún así le acaricié los pechos. La otra cereza hizo el mismo recorrido que la anterior, y siguió cuello abajo, pasó la cañada y descansó en el ombligo. Carla arqueaba la espalda mientras yo limpiaba su cuerpo como minino. Recorrí con la lengua cada centímetro de su abdomen, sus senos y su cuello. Estaba tan absorto con el sabor de las cerezas en el cuerpo de Carla que creo haber mordido uno de sus pezones por equivocación. Ella apenas se quejó.

Ya no podía esperar más. Subí a la mesa y la penetré. La reacción se había desencadenado.

Entrar en más detalles sería profanar el grato recuerdo de Carla. Sólo baste decir que cuando dos sustancias químicas, digamos un hombre y una mujer, encuentran las condiciones propicias para reaccionar, el resultado es una pasión liberadora de energía que es capaz de crear universos paralelos. Y Carla y yo éramos dos sustancias necesarias para una combustión completa:

C + O2 → CO2

Pasamos toda la noche ahí, prolongando la agonía de los amantes que se separan para siempre.

Yo seguí haciendo mi servicio en el laboratorio de Química, y ella siguió encargándome tareas sencillas que me explicaba a detalle. Ninguno de los dos volvimos a mencionar el incidente, aunque platicábamos de libros y de tecnología. Actuábamos como si nada hubiera ocurrido.

Han pasado muchos años y sigo agradecido con Anaïs Nin, con las cerezas y sobre todo con la Química humana.

La perversidad humana

A veces pareciera que andamos carentes de ideas, que no hay tema para ejercitar la pluma, aunque haya quedado evidenciado que para escribir cualquier pretexto es bueno.

Hoy propongo una hipótesis, y ya veremos que surge de ella. Yo afirmo que la perversión en el ser humano es normal. Y al decir normal, no le doy un significado moral al adjetivo, sino uno estadístico.

Bajo el supuesto de que la perversión humana tiene diferentes grados y que estos pueden medirse, si tomamos una muestra aleatoria de personas como grupo de estudio, podríamos graficar la frecuencia de los distintos niveles de perversidad y obtendríamos una distribución normal. Es decir, muy pocos individuos serían pulcros e inocentes; otros cuantos serían malignamente depravados; y el grueso del grupo estaría en un rango de perversidad que le permite vivir en una sociedad.

Esa es la hipótesis que invito a debatir.

El librero de la rana: Lo mejor del 2008

2008 fue un año muy productivo en lo que a lectura se refiere. Ningún otro año había leído tanto como éste. Leí al menos 21 autores que nunca había leído, con lo que comprobé que cometía un grave error por no escuchar nuevas voces. Aunque también disfruté mucho de los viejos conocidos.

Exploré la literatura de al menos 12 países. Y me dí cuenta de la densidad de escritores disponibles en nuestras librerías. Para mi sorpresa leí más autores gringos (6) que de ningún otro país. Aunque si considerara a los europeos (13) y a los latinoamericanos(10) en bloques, quedarían en primero y segundo lugar respectivamente, desplazando hasta el tercer sitio a los norteamericanos.

Toqué diferentes épocas de la historia desde el siglo XIII (El Libro de la Rosa de Guillaume de Lorris y Jean de Meun) hasta el XXI (Cometas en el cielo, de Kalhed Hosseini, 2007, el más reciente entre los que leí). Y me di cuenta de que nuestra cultura, definitivamente está condicionada por la época en que vivimos: 24 libros de los que leí fueron escritos en los siglos XX y XXI, mientras que solo 7 son de siglos anteriores. Creo que es gran culpa de la oferta literaria de las librerías, pues disfruté mucho un par de libros de la época medieval.

Pero dejando las disgresiones y las inútiles estadísticas, doy a continuación la lista de mis 5 libros favoritos del 2008:

1. Grandes Esperanzas (1861). Charles Dickens. Con una trama fascinante y una variedad de personajes que no caen en las categorías de buenos y malos, Dickens se hace merecedor a la presea de oro. Lo que más disfruté fue lo tangibles que llegan a ser los sentimientos de culpa y angustia de Pip, el personaje principal, durante casi toda la historia.

2. Viajes (1559). Marco Polo. Los sorpredentes hallazgos y las insólitas anécdotas que nos narra este personaje, hacen volar la imaginación en espacio y tiempo. Como seguramente le sucedió al legendario Kublai Kan (viejo conocido mío por Ciudades Invisibles de Italo Calvino), quien lo retuvo en su corte para deleitarse con sus historias. Mis favoritas fueron la del ave Roc, las leyendas acerca del preste Juan y la de los intentos frustados del emperador chino por conquistar Japón.

3. Hamlet (1603). William Shakespeare. Sin duda, uno de mis favoritos de todos los tiempos. Y no es que este año relegue a mi buen Hamlet, pero el hecho de que era relectura, le robó sorpresa y por lo tanto su medalla de oro.

4. Desgracia (1999). J. M. Coetzee. No sé porqué tengo predilección por los antihéroes. No aquellos de naturaleza perversa, sino los que se mueven a sus anchas entre el bien y el mal. Como los personajes de Desgracia, que a veces parecieran carentes de moral. Y si además de los personajes se le agrega una historia cruda, como extraída de esa realidad que no nos gusta ver, el libro me resulta más apreciado.

5. Robinson Crusoe (1719). Daniel Defoe. Cuenta la historia conocida por todos, leída por pocos, que definitivamente se ha vuelto un referente de la literatura: hecho de la vida real, libro de aventuras, obra maestra, clásico de la literatura universal y hasta manual de sobrevivencia.  A pesar de haber visto varias versiones en el cine, la leí y para mi sorpresa, no todo termina cuando Robinson es rescatado junto con Viernes de su isla. Hay una segunda parte, en donde se aprecia el imperialismo británico de la época, y la vileza e intolerancia humanas que nos hacen pensar que nuestras creencias son las únicas correctas.

Pistas para desmentir un sueño

Elizabeth y Arturo nos llevaron a conocer su nueva casa. Arturo se ofreció a darnos el tour por la casa. Yo ya la había visto antes, así que decidí quedarme en el patio de abajo y no hacer el recorrido hasta la azotea. Ahí el Bubu, que tampoco subió, me confesó su temor de ser agredido; una pandilla de bicis lo había seguido mientras él iba en su vocho y le habían gritado: Te vamos a chingar gordito, sabemos que vives en el Campestre. Yo reí insensiblemente y le dije que tal vez tenían gordofobia.

Esa fue la primer inconsitencia: Bubu no tiene ninguna relación con Elizabeth ni con Arturo, no tenía nada que hacer en su casa.

Luego llegaron Elizabeth y Arturo con todos los demás visitantes, y cambiaron el tema. No reconocí a los otros. Es más,  creo que abandonaron la escena después de conocer la casa. Más tarde bajó la mamá de Elizabeth, con Liz, la pequeña hija de Elizabeth en brazos. Por el tamaño descubrí que tendría unos tres años.

Ahí descubrí la segunda inconsistencia: No podía conocer su casa nueva, si tenía más de tres años de no ver a Elizabeth, pues aún cuando el sueño pudiera considerarse premonitorio, dado que Elizabeth no tiene hijas, ni siquiera está embarazada, yo no podía estar tan familiarizado con la casa y no haberme dado cuenta de que Elizabeth y Arturo tuvieran una niña de tres años.

Entramos a la cocina y nos sentamos en el desayunador. Supongo que era una cocina diferente, no la de su nueva casa, pues Elizabeth, su madre, su marido y yo, permanecíamos sentados como invitados mientras mi madre preparaba un té en la estufa.

Tercer inconsistencia: El travieso espacio de los sueños no conoce fronteras, la cocina de la casa de mis padres, colindaba con la nueva casa de Elizabeth y Arturo.

Tocaron el timbre y yo me levanté a abrir la puerta. Era mi hermana Maira con David, su niño más pequeño que tosía incontrolablemente. ¿Lo traes a que lo vea mi papá?, pregunté. Sí, ya ves que ser médico fue el peor negocio de su vida, contestó mi hermana. Reí. Elizabeth me preguntó porqué había dicho eso mi hermana. Quiere decir que todo mundo viene a verlo para consulta, y él solo los ve de buena fé, no les cobra. Elizabeth se ruborizó, porque ella también había recurrido alguna vez a verlo. Creí que había sido la vez de la apendicitis, y al pensar eso, también recordé a Elizabeth vestida con su bata de hospital, tapándose la cabeza con la sábana para que no la viera despeinada.

Esa fue la cuarta inconsistencia: Ella nunca ha tenido apendicitis; la vez que la vi internada fue  porque le extirparon un tumor de la vagina, y esa vez, de quién se tapó fue de Arturo, que en ese entonces era su novio.

En ese momento Liz abrió con dificultad la puerta de la cocina y su abuela le extendió los brazos y la llamó. Liz cerró nuevamente la puerta entre risas y jugueteos, justo en el momento en que Octavio Paz se asomaba a la cocina. La mamá de Elizabeth dijo volteando hacia nosotros: esa mujercita es un monstruo. Elizabeth y yo volteamos a vernos y dijimos riendo al unísono: Octavio debería agregar eso a su laberinto. Fue un chiste que nadie más entendió, y ahora que estoy despierto creo que ni yo lo entiendo.

Esa fue la inconsistecia número cinco: Octavio Paz, a 20 años de su fallecimiento, no tenía nada que hacer en casa de mis padres, y menos andar jugueteando con la hija de Elizabeth, mientras ella y su marido se tomaban una taza de té de yerbabuena.

Maira me dijo sin que nadie más la escuchara: Algo cambió en Elizabeth, ni siquiera su voz es la misma de antes. Aunque eso es bueno, porque ya nadie la aguantaba.

Esa fue la sexta inconsistencia, pues a pesar de que era cierta la afirmación de mi hermana, ella no había conocido antes a Elizabeth y por lo tanto no podía notar el cambio en su voz. Sin embargo, yo asentí para darle la razón, sin decir una palabra.

De pronto, Elizabeth tomándole la mano a Arturo, dijo sin que viniera al caso: Arturo ha sido todo un caballante andero desde que nos conocimos, servicioso y amorial.

Ese juego de deformalabras era mío, ni siquiera Elizabeth lo conocía. Esa fue la séptima y última inconsistencia, el sueño no podía continuar.

Me desperté. Bajé a la cocina guíado por el olor a yerbabuena, que resultó ser en realidad el de un cerillo recientemente apagado, que yacía humeante al lado de Posdata de Octavio Paz. El agua para el té apenas se estaba calentando y no había nadie en la cocina.

Reporte de la FIL

Siempre es reconfortante estar rodeado de libros y de personas que comparten el amor por las letras. Y en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que es el evento más importante del mundo editorial de habla hispana, la sensación es aún más agradable.

Acabo de estar por allá y en tres visitas de medio día no alcancé a revisar todos los stands con el grado de detalle que me hubiera gustado. Fue un poco masoquisa de mi parte, pues de antemano sabía que mi deseo de adquirir sería más poderoso que mi capacidad de leer y sobre todo de comprar. Finalmente, adquirí algunos nuevos libros que ahora yacen amontonados en los saturados libreros, en espera de su turno.

La mejor parte, sin duda alguna, fue ver en compañia de mis Julietas el concierto de Luis Pescetti. Sobre todo ver bailar a la Petis y emocionarse por oir en vivo las canciones que ya sabía de memoria. Hasta disfrutó el juego aquel de “…era una ballena gorda, gorda, gorda, que quería ser, la más bella del mundo…”, que normalmente, cuando lo escucha en disco, quiere adelantarlo. El tipo es divertidísimo y me encanta que haga desatinar a los niños.

También me gustó mucho el entrecomillado taller literario impartido por Benito Taibo y Nacho Padilla, en el que, más que develar sus secretos de escritores, nos platicaron anécdotas de libros. Y el “nos” fue precisamente una de las mejores partes del taller, pues se refiere un grupo totalmente heterogéneo de aspirantes a aprendiz de escritores. Desde 18 hasta 34 años; hombres, mujeres y quizás quimeras; periodistas, fotógrafos, profesores de narrativa, historiadores, licenciados en letras, filósofos, un estudiante de ingeniería civil, un químico farmacobiólogo y tres descarriados ingenieros, que formaban la treintena de atentos escuchas. Las recetas para bien escribir, por supuesto, nunca llegaron. Sin embargo, yo me quedo con las siguientes ideas:

1. Para la ambientación, la única regla, es que no hay reglas. A unos les funciona escribir de día, a otros de noche. En silencio, o con música. A mano, en computadora o máquina de escribir. Allá cada quien.

2. Se necesitan vocación, pasión y oficio. Las dos primeras son involuntarias, el tercero es cuestión de trabajarlo, y la mejor manera de hacerlo es leyendo y escribiendo.

3. Ignacio Padilla, entró en el mundo de la literatura, no a través de un taller literario, sino a través de su círculo de amistades. Y las mejores críticas para sus escritos siempre vienen de sus cuates.

4. Es importante leer y luego tratar de imitar la voz de nuestros autores favoritos; de esa manera podremos llegar a reconocer nuestra propia voz. Y cuando la encontremos, debemos deshacernos de ella.

5. Hay espacio para todas las formas de escritura. No sobran escritores, lo que faltan son lectores.

Un abrazo al grupo de autoayuda.