Desalojo

Separaciones - Bastida Abogados

La luna de miel en Cartagena había resultado desastrosa. Yo seguía con una piedra en la garganta y Lisa con los ojos anegados repitiendo una y otra vez que lo sentía, que la perdonara y que al regresar podríamos recomenzar.

Me había impuesto un silencio que no me hiciera arrepentir después, si lo incumplía; aunque el odio me quemaba la garganta y quizás por eso las palabras se evaporaban antes de ser pronunciadas.

Tomamos un taxi del aeropuerto a nuestro departamento y mi silencio se prolongó otros cuarenta y cinco minutos.

Dos días antes, cuando nuestro matrimonio ya estaba hecho pedazos, la hija de nuestra casera nos dio la noticia acerca del desalojo. Su llamada fue como el último clavo sobre el ataúd de nuestra relación. El edificio había sido embargado hacía dos años y doña Clara, con toda su dulzura octogenaria, nos había rentado algo que ya no le pertenecía hace tiempo. Había sido tan conmovedora y convincente cuando nos dijo que nos condonaba el primer mes de renta a cambio de pintarlo y arreglar un par de humedades y que, por lo demás, el departamento era perfecto. Dijo también, que ese sería su regalo de bodas.

Sin embargo, la muerte de la anciana y un tsunami legal, habían arrastrado nuestras pertenencias a la calle.

Bajamos la maletas del taxi y nos quedamos mirando el desorden. Lisa sollozaba y de repente tenía espasmos de náufrago desconsolado.

El departamento, que con tanta ilusión y trabajo habíamos decorado, estaba completamente volcado en la banqueta. El cielo estrellado de Van Gogh guardaba cierta dignidad sobre el love seat color rojo. La lámpara que Lisa me había concedido escoger, hacia guardia sobre la horrible maceta de fibra de vidrio con su crotón multicolor.

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Cielo estrellado de Vincent Van Gogh

Me pesó ver la base de la cama con las patas de costado como un gran insecto muerto, al lado del librero que soñábamos llenar juntos.

La escena trágica tenía sus tintes chuscos: el refrigerador parecía el amigo sobrio cuidando al colchón ebrio; mi ropa ocupaba apenas la sexta parte del pequeño comedor y la de Lisa el resto, como un tablero de Risk conquistado por una fashionista.

Estando ahí, el globo terráqueo sobre un buró llamó mi atención. Sentí que la realidad se revelaba ante mis ojos: habíamos ubicado juntos en ese globo, dónde quedaba Cartagena; Lisa había determinado el destino de nuestro viaje de bodas justo después de la despedida de soltera que organizaron sus amigas en un bar colombiano cerca de la oficina. Nunca dejaré de reprocharme haber sido tan ingenuo.

De pronto Lisa preguntó, ¿y ahora a dónde iremos?

Respiré profundo para no dejar salir mi furia y sólo dije, no sé tú, yo regreso con mis padres. Tomé mi maleta y un par de chamarras, me cargué la lámpara guardiana al hombro y me marché.

Otro buen libro sobre la Segunda Guerra Mundial

El desconocido del Meno by Eduardo Sangarcía

El desconocido del Meno

Eduardo Sangarcía

Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2017.

¿Cuántos libros más se escribirán sobre la Segunda Guerra Mundial? ¿Cuántas películas más se filmarán sobre ese tema? A pesar de ser muy pocos los sobrevivientes presenciales, aún faltan millones de historias personales, reales o imaginarias, por contar. Y mientras esto suceda se seguirá hablando de este episodio de la Historia.

El escritor jaliscience, Eduardo Sangarcía eligió este tema para armar alrededor de él 7 cuentos magníficos, en los que nos lleva de Wurzburgo a Stalingrado, de Londres a Dresden, y nos ubica casi como testigos presenciales de historias relacionadas con la II Guerra Mundial.

La construcción de los relatos reunidos en este pequeño gran libro titulado El desconocido del Meno es tan minuciosa, que el autor, en pocas páginas, logra dibujar los escenarios, contarnos los motivos de los personajes y transmitirnos sus dudas y temores. Tan es así, que Sangarcía se hizo acreedor al Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2017.

En el primer cuento, que le da el título al libro, un judío sobreviviente de un campo de concentración sueña con vengarse de uno de sus custodios, un polaco que a pesar de también haber estado encerrado, contaba con algunos privilegios dentro de la barraca. Un día, después de encontrarlo por casualidad en la calle y de seguirlo durante toda la mañana, ubica su domicilio en una casa ubicada a orilla del Meno (Main en alemán, es el principal afluente del río Rin) y decide que al día siguiente lo eliminará. Cuando toca a la puerta de la casa del polaco, éste abre y lo invita a pasar para ver el futbol. Es 1974, en pleno Mundial y se enfrentan Alemania Occidental contra Suecia. Se beben unas cervezas mientras observan un partido de volteretas en el que Franz Beckenbauer lidera a los alemanes. Las cuentas pendientes son muchas e impostergables para el judío. El polaco en cambio, es fanático del futbol y sabe que en poco tiempo morirá de cáncer; lo único que quiere es presenciar el siguiente partido de su selección, precisamente contra Alemania, para el cual ya tiene un par de boletos y no tiene acompañante.

En El oso de madera, un francotirador ruso cumple con su labor diaria y lleva a su refugio una recompensa: un abrigo y un juguete para su nieto que consiguió de su última víctima.

El tercer cuento describe una Stalingrado en ruinas. A consecuencia de la guerra, el hambre y las plagas se han apoderado de la ciudad. Dos pequeños salen a cazar ratas, el único alimento conseguible, y en su camino se encuentran a Kurt, un temible soldado enemigo que les habla del terrible Barmaley que come niños, Barmaley die Rattenkönig (el rey de las ratas).

Héroes es la historia de un grupo de jóvenes de la resistencia francesa, que se encuentra rodeado por la Gestapo en el edificio que le sirve de escondite. Y mientras los guerrilleros tiemblan de miedo, repiten su mantra: “nadie saldrá vivo de aquí”.

Whitechapel es la historia de un viejo adicto al sexo sale de su casa a media noche para satisfacer su adicción; de pronto se encuentra indefenso en medio de las sirenas y los bombardeos en Londres.

Milagreros. En la medida en que Alemania va perdiendo la guerra, el ánimo entre sus pobladores va decayendo y los milagreros son los encargados de levantar la moral: cuelgan fotografías de Hitler en los pocos muros que quedan de pie. Hasta que llegan a Dresden, en donde su tarea se vuelve imposible pues la ciudad está en llamas y no queda piedra sobre piedra.

A la deriva nos cuenta la experiencia de un soldado norteamericano. No hay peor desencanto que unirse al ejército con el ideal de salvar al mundo del monstruo del nazismo, cruzar medio mundo y al llegar al territorio enemigo, encontrar a dos soldados alemanes dándose muestras de amor. El soldado se cuestiona de qué sirve tener el mejor armamento y ser víctima de la naturaleza.

El desconocido del Meno es uno de esos libros que he comprado por la temática en general -me gusta leer sobre la II Guerra Mundial-, sin ninguna referencia previa, y que terminó encantándome. Habrá que seguirle la pista a este joven escritor y agregarlo a la lista de las grandes promesas de las letras mexicanas. Una recomendación para todo tipo de los lectores, en especial para aquellos que gustan de los temas relacionados con la guerra.

Un encuentro de miradas

(Sacado del barril de los recuerdos)

Cuando se habla de un encuentro de miradas, generalmente se piensa en un hombre y una mujer, en el inicio de una atracción con un desenlace carnal. Lo que me ocurrió a mí fue algo diferente: sublime, celestial.

Todos aquellos que al ver su mirada reflejada en las de pupilas de alguien más hayan sentido el abrazo de un tierno parpadeo, podrán argumentar que su experiencia no tiene nada de terrenal. Sin embargo, yo les aseguro que mi experiencia sí fue algo fuera de este mundo.

Mi nombre es Tereza, con zeta, porque la secretaria del Registro Civil así lo decidió, y porque mis padres no tuvieron el cuidado de revisar mi acta hasta muchos años después, cuando era demasiado tarde y costoso cambiarlo. Pero debo agradecer tal torpeza pues eso logró distinguirme de muchas otras Teresas. Claro, eso y mi carácter rebelde, que no encajaba en un colegio de religiosas.

Mis padres, a pesar de ser ateos confesos, decidieron meterme en el Colegio Juana de Arco, que pertenece a Las Hermanas de los Pobres Siervas del Sagrado Corazón. Su decisión se basó en que la Escuela Primaria Federal Gabino Barreda estaba demasiado lejos de casa, y a que del Don Bosco de los Salesianos -la otra oferta educativa- saldría más persignada que una monja. Aunque seguramente habría salido primero expulsada que con hábito. Las madres del Colegio, al menos eran más pacientes con mis travesuras y jamás me enteré de que intentaran disuadir a alguien de entrar en su congregación.

De lo que no pude salvarme fue de ir cada viernes primero a misa. Se celebraba en una capilla en donde destacaban 3 figuras teologales: Jesucristo, la Virgen María coronada con el Espíritu Santo y el Arcángel Miguel. Debo agradecer que sus figuras no fueran tan tétricas como las del templo cerca de mi casa, a donde alguna vez fui invitada a la  primera comunión de una de mis amigas y quedé impresionada por el gesto de dolor en la Virgen y el Cristo sangrante y amoratado. Las estatuas de la capilla del Colegio, por el contrario, en sus rostros dibujaban una sonrisa. El único que estaba un poco serio era el ser alado. Y no era para menos, pues empuñar una larga espada dorada y amenazar con ella a un dragón que intentaba morderle los pies, no era cosa para alegrarse.

La nula formación religiosa que recibí en casa, frecuentemente se contraponía con la excesiva que recibía en el Colegio. Yo movía los labios cuando todos mis compañeros rezaban y fingía un gran acto de contrición cuando insistentemente me invitaban a que comulgara cuando ya tenía la edad para haber hecho la primera comunión, cosa que jamás sucedió. Así que mi infancia transcurrió entre dos ambientes contrapuestos: el fervor y la herejía.

De esa manera terminé la primaria. Ya en la secundaria y la preparatoria, las monjas eran más relajadas en la formación religiosa, o al menos no andaban detrás de los alumnos para que fuera a contarle sus pecados al párroco. Quizás se resignaban, porque de lo contrario, hubieran necesitado un gran ejército de sacerdotes para depositar los miles de pecados de todos los adolescentes pletóricos de hormonas; o quizás pensaban que con los jóvenes se debe de utilizar la psicología inversa.

En la preparatoria tuve sólo un par de novios, a pesar de ser muy popular. Mi fama, no se debía a la belleza, sino a que lograba mantener un promedio de cuadro de honor, a pesar de tener una conducta reprobatoria. Creo que por eso, los muchachos se me acercaban más con intenciones de buscar una cómplice de andanzas, que una chica con quien salir. Pero eso jamás me perturbó; algunos pretendientes, muchos amigos y un par de mejores amigas, hicieron de mi preparatoria una de las mejores etapas en mi vida.

Al terminar la preparatoria, tuve que mudarme de ciudad para ir a la universidad. Mis padres, congruentes con su liberalismo religioso, me dejaron escoger carrera, universidad y por consiguiente ciudad. Yo fui la que lo pensé mucho. Estaba tan arraigada a mi ciudad y a mis amistades, que se me hacía difícil dejarlos para irme a estudiar Arquitectura al ITESO. Eso fue lo que en un disparatado chispazo elegí como profesión. Mi padre que siempre ha tenido un poco de artista frustrado y mi madre que me había hecho jurarle que no seguiría su carrera de contadora, apoyaron mi decisión.

Pasé cuatro años y medio muy ocupada haciendo planos y maquetas de proyectos irrealizables, y por supuesto, asistiendo a fiestas entre semana. Los fines de semana procuraba ir siempre a visitar a mis papás, porque pasaba un rato realmente agradable con ellos y porque mamá me mandaba comida para toda la semana, de esa manera no tenía que preocuparme por preparar mis alimentos. Además aprovechaba los fines de semana para visitar a mis amigos de la prepa que no habían salido a estudiar fuera, o que al igual que yo, llegaban a la pequeña ciudad natal a llenar las alforjas para la semana.

En esos cuatro años, con la amiga con quien estreché más los lazos fue con Sonia, que también había ido a Guadalajara a estudiar Pedagogía en la Universidad Panamericana. Ella, siempre había sido muy apegada a los preceptos religiosos que cimentaron sus padres y acrecentaron las mojas. Sin embargo, parece ser que la insistencia de los miembros del Opus Dei en la Universidad, echaron por la borda todo el apego que tenía a la religión católica, y ya para el cuarto año de la carrera, Sonia era tan laica y escéptica como yo. Corrijo, casi tan laica como yo, pues a pesar de compartir muchas de mis ideas acerca de la fe católica, tenía que seguir asistiendo a misa dominical con sus padres.

En una ocasión en que habíamos ido el fin de semana a nuestras casas paternas y que nos regresaríamos juntas a Guadalajara, me invitó a misa con sus papás. Siempre asistían a la misa de 10:00 am que se celebraba en la capilla del Colegio Juana de Arco. Emocionada por visitar nuevamente mi Colegio, y no teniendo nada mejor que hacer el domingo por la mañana, acepté.

En los 4 años que tenía de no visitar mi antiguo Colegio, este se había transformado. Las hermanas habían adquirido un gran terreno baldío y habían construido nuevas canchas y salones. La capilla, que anteriormente estaba bastante oculta, tenía una nueva entrada que la hacía lucir aún más hermosa; claro desde un punto de vista arquitectónico.

Al entrar, vi nuevamente los vitrales que siempre llamaron mi atención por su colorido, y me imaginé nuevamente niña, joven, colegiala rebelde. Un rayo filtrado a través del caleidoscopio multicolor, se posó sobre el Arcángel Miguel. Me detuve unos segundos a observar el dragón, que parecía aceptar resignadamente su derrota. Luego vi el elegante traje del arcángel predominantemente dorado y rojo, y su espada también dorada que se mantenía en guardia contra el dragón. Levanté un poco más la vista y creo que el arcángel sonrió, mientras nuestras miradas se encontraron y se fundieron en un eterno instante de pasión. Sentí mi torrente sanguíneo desde la punta de los pies hasta el corazón llevando una carga de fuego que jamás había sentido. Mis brazos cayeron a los costados, sin vida y luego la cabeza me dio mil vueltas hasta que perdí el sentido y me desplomé.

Cuando desperté, mis papás estaban a mi lado, Sonia y sus papás me observaban a los pies de mi cama, y su semblante pareció relajarse cuando abrí los ojos. Me contaron que había permanecido alrededor de un minuto observando la estatua como hipnotizada, sin hacer caso a sus llamados, de pronto me desmayé. Intentaron reanimarme con alcohol que les proporcionaron las hermanas, con un poco de vino de consagrar que les acercó el sacerdote y al ver que no reaccionaba, llamaron a mis padres. En cuestión de minutos estaban ahí para llevarme a casa. Reaccioné después de cerca de una hora, cuando el médico estaba por llegar.

El doctor dijo que no tenía nada, sin embargo me recetó vitaminas. Y yo, por supuesto, no le comenté nada a nadie acerca de la turbadora mirada del ángel.

De esos segundos de éxtasis similar al que seguramente sintió mi homóloga Teresa de Ávila, sólo recuerdo  un par de ojos cegadores, una blanca sonrisa, un cálido abrazo, un aire fresco en la cara, un calor en las entrañas, y una voz, que no estoy segura de haber sobrepuesto al recuerdo, diciendo:

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi amado quiero,
que muero porque no muero.

Hace ya más de un año desde aquel encuentro de miradas,  y no he vuelto a pararme en un templo por temor a encontrarme con él de nuevo y confirmar así mi locura o mi insensatez por falta de fe. Prefiero un encuentro fortuito, en un terreno neutral, en donde pueda yo, con una mirada, provocarle el mismo éxtasis divino.

La secuencia de eventos que nos ha hecho ser quienes somos

Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea / My Sister Lives ...

Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea

Annabel Pitcher

Siruela, México, 2014.

Después de estar leyendo varios libros de temas perturbadores, intenté escoger de mi antibiblioteca un libro que alejara mis pensamientos de la violencia, de las epidemias y de tantos otros temas que me agobian y me atraen. Seleccioné uno que llevaba años esperando a ser leído, sin husmear en la contratapa. Sólo por la portada y el título. Y así comencé Mi hermana vive en la repisa de la chimenea de Annabel Pitcher.

Jamie tenía sólo 5 años cuando su hermana Rose murió y no la recuerda. Nunca lloró por su muerte y nunca ha vuelto a llorar por nada desde entonces. En cambio sus padres lloran frecuentemente y se encuentran destrozados, anclados en el recuerdo de la hija que perdieron y olvidándose de los dos hijos que aún tienen.

Ahora, Jamie tiene 10 años y junto a su padre y su hermana Jasmine, se acaban de mudar a un pequeño pueblo de Inglaterra, provenientes de Londres. Desde la muerte de Rose, el padre de Jamie se volvió alcohólico y su madre se fue a vivir con otro hombre que le brindaba comprensión. Jamie trata de integrarse socialmente con los niños de su edad y de volver a reunir a su familia. Pero reconstruir una familia tan rota no es fácil; tampoco hacer amigos.

Jamie conoce en su nueva escuela a Sunya, quién es la única que no lo rechaza y le ofrece su amistad. Sin embargo Sunya tiene un pequeño defecto: es musulmana. Su padre le ha dicho que los musulmanes son los responsables de la muerte de Rose y que todos son malas personas. Jamie lo duda, Sunya no parece una terrorista.

La autora nos muestra, a través de la voz de Jamie, que muchos de los prejuicios que tenemos son heredados -de los padres o de la sociedad en que vivimos- y que sólo siendo abiertos a otras culturas y creencias, podremos experimentar las bondades de la globalización.

Esta novela de Annabel Pitcher habla sobre la inocencia y el abandono, sobre cómo la primera puede ser más fuerte que el segundo y cómo puede ayudar a mantener la cordura después de haber sufrido un trauma tan violento.

Además, trata un tema que siempre ha llamado mi atención y que he encontrado en varios libros: la gran sucesión de eventos que se requieren para que los hechos que nos transforman lleguen a ocurrir. Es decir, somos el resultado de una secuencia de eventos sumamente improbables.

El atentado en el que murió Rose, fue por medio de explosivos escondidos en buzones y botes de basura que se activaron simultáneamente. Uno de los hombres que murió había perdido el tren debido a que falló el sistema de señales; salió de la estación de trenes y le entró hambre, así que se compró un sandwich y fue a tirar el papel a la basura y en ese instante detonó el explosivo. “Si el sistema de señales no hubiera fallado, o si él no hubiera comprado el sandwich, o incluso si se lo hubiera comido un par de segundos más despacio o un par de segundos más rápido, entonces puede que no se hubiera acercado a la papelera a tirar el papel en el preciso instante en que explotó la bomba. Y eso me hizo darme cuenta de una cosa. Si nosotros no hubiéramos estado en la Plaza Trafalgar, o si las palomas no existieran, o si Rose hubiera sido una niña obediente en lugar de una niña traviesa, entonces todavía estaría viva y mi familia sería feliz.”.

En otro episodio de la novela, Jamie saca de la biblioteca un libro titulado: “El milagro que soy: un libro sobre óvulos, espermatozoides y cómo nacen los niños”. Y luego dice “El libro hablaba de lo especial y lo único que yo era porque sólo había una posibilidad entre un millón de trillones de que saliera tal como soy. Si aquel espermatozoide de papá no se hubiera encontrado con aquel óvulo de mamá justo en el momento en que lo hizo, yo habría sido una persona diferente. Eso no tenía pinta de milagro. Tenía pinta de mala suerte.”.

Mi hermana vive en la repisa de la chimenea es una novela narrada con una gran ternura y sin embargo, nos deja un montón de reflexiones sobre la vida, sobre nuestro mundo y sobre la fragilidad emocional del ser humano y la fortaleza que encuentra en los pequeños detalles.

Seguramente, si hubiera leído la contratapa y hubiera encontrado la frase “atentado terrorista islámico”, el libro seguiría guardado con su plástico en mi librero y yo no estaría aquí escribiendo la reseña de un libro altamente recomendable que ya forma parte de mi bagaje y que en cierta forma se ha incorporado a mí.

Imposible no hablar del covid-19

Hoy es 23 de abril, y llevamos más de un mes de distanciamiento social (sugerido) en México.

Desde Febrero comencé a seguir las noticias acerca del covid-19, cuando aún se decía que era una epidemia en la lejanísima China. Después aparecieron los casos en otros países contándose por decenas, centenas y miles.

El virus saltó de un país a otro hasta que la OMS, a principios de marzo, aceptó que el problema era mundial y que era hora de llamarlo pandemia. Al continente americano, empezó a atacarlo por el norte. Canadá tomó medidas drásticas y los demás países siguieron como si nada.

Para mediados del mes, cuando había infectados en todos los países, pero aún se contaban con dos dígitos, comenzó la preocupación en América Latina.

Ahí comencé a seguir más de cerca el desarrollo de la enfermedad en México y en Argentina. Los casos crecían en carrera parejera, con variaciones pequeñitas entre ellos. Los 100 contagiados se alcanzaron el mismo día, o si acaso con un día de diferencia. Pero en Argentina el gobierno tomó medidas extrictas en cuanto a la movilidad, mientras que en México, el “quédate en casa” seguía siendo una sugerencia.

¿Porqué comparo estos dos países que parecen tan distintos y distantes? Porque ambos países tienen gobiernos de izquierda y ambos tienen economías vulnerables.

Seis semanas después las cosas son muy distintas entre ambos países, al menos según las cifras de Johns Hopkins University. Argentina tiene 3288 contagiados confirmados y 165 defunciones por covid-19, mientras que en México hay 10544 contagiados confirmados y  970 decesos.

Hoy me encontré estas gráficas en el periódico El País y la cosa es clarísima:

A veces pareciera que apelando a la buena voluntad de las personas, a la razón, se puede detener la propagación de esta enfermedad. A veces la realidad nos muestra que no es así. La intervención de los gobiernos es fundamental para que las personas reduzcan su movilidad y el virus salte de uno a otro huésped. Aunque entiendo que la problemática es mucho mayor que un simple decreto.

 

 

Rebecca Solnit me explica cosas

LOS HOMBRES ME EXPLICAN COSAS: Rebecca Solnit: 9788494548147 ...Rebecca Solnit

Los hombres me explican cosas

Editorial Capitán Swing, España.

Rebecca Solnit es la inventora del término mansplaining que puede traducirse como los hombres explicando, o como prefirieron traducirlo Los hombres me explican cosas. Este es el título del libro que contiene 9 ensayos y del primer ensayo en el libro. En este ensayo, Rebecca Solnit utiliza una anécdota personal para demostrar su tesis que dice que los hombres tienden a explicarles a las mujeres todo, incluso aquello en lo que ellos no son expertos y ellas sí.

La anécdota consiste en que un hombre adinerado en una reunión social entre gente adinerada se acercó a ella y a una amiga con la que la platicaba y comenzó a hablar sobre un libro que estaba de moda entre el círculo intelectual y entre quienes aspiran a estar en ese círculo. El hombre mayor, trataba de exponerle la tesis de ese libro a sus dos interlocutoras, sin darse cuenta de que una de ellas era la autora del libro. Cuando se dio cuenta, de que estaba explicando mal uno de los conceptos de su libro, Solnit trató de corregirlo, pero el hombre no se dio por enterado, ni siquiera cuando la amiga le dijo que ella sabía de qué hablaba pues era “su” libro. Esas cosas pasan frecuentemente, Solnit y se lo atribuye a un afán masculino de tratar de demostrar su supuesta superioridad intelectual sobre las mujeres.

No me detendré en este ensayo para decir si estoy de acuerdo, ni trataré de contraargumentar para decir en qué no estoy completamente de acuerdo. Me centraré en el tercero de los ensayos que conforman el libro, titulado: Mundos que colisionan en una suite de lujo.

En este ensayo, Rebecca Solnit hace una comparación entre el poder que ejercen los países primermundistas y las instituciones económicas contra los países subdesarrollados, con la violencia que ejercen algunos hombres en puestos de poder contra las mujeres. Comienza contando la agresión que sufrió una emigrante africana en Nueva York a manos de Dominique Strauss-Khan, entonces presidente del FMI. Ella (Nafissatouo Diallo), trabajaba como afanadora en un hotel y él la acosó sexualmente; cuando ella se resistió, él la amenazó con denunciarla como ilegal y de tomar represalias económicas contra su país de origen.

Esa misma relación de poder que intentó ejercer Strauss Khan sobre Diallo, existe entre el FMI y los países africanos y con el sur global. El FMI prácticamente dicta las políticas económicas de los países endeudados, obligando a sus gobiernos a subir impuestos, recortar programas sociales, etc.

Y de pronto en medio de este ensayo, con el que, mientras lo leía, concordaba completamente, vino a mi cabeza un recuerdo y una revelación, uno de esos “momentos Amelié”.

En 2013 fui a Argentina con mi familia, por motivo de un congreso de Lingüística al que asistió mi esposa como expositora y participante, y aprovechamos para conocer Buenos Aires. Mientras estábamos allá, en Venezuela murió Hugo Chávez. En ese entonces, Argentina estaba gobernada por Cristina Fernández de Kichner. A mí me llamó mucho la atención que en Argentina se declarara luto nacional. Sabía que había una cierta afinidad política entre los gobiernos de Venezuela y Argentina, pero de eso a que todos los periódicos tuvieran en primera plana la muerte del “querido general”, que en la Plaza de Mayo se colocara la bandera argentina a media asta y que hubiera carteles de  agradecimiento y despedida por todos lados, a mí me resultaba incomprensible.

Regreso a la sala de mi casa en el año 2020, mientras bebo una taza de café y leo el ensayo de Rebecca Solnit, y entonces viene el momento de la revelación. La autora explica como Hugo Chávez, con las ganancias del petróleo, ayudó al gobierno de Argentina a saldar su deuda con el FMI, y así poder establecer sus propias políticas económicas. A eso se debía el enorme cariño que los medios y el gobierno argentinos demostraban hacia el mandatario venezolano. Hasta los villanos preferidos tienen su lado bueno.

Otro ejemplo, que utiliza la escritora es el de las políticas alimentarias que USA y otros países desarrollados impusieron a los países más pobres, lo que provocó que dejaran de ser autosuficientes en la producción alimentaria. USA ofreció arroz a bajo precio a Haití, haciendo que los productores de arroz haitianos fueran a la quiebra. Años después Bill Clinton – otro personaje poderoso cuya reputación cayó a causa de un escándalo sexual – se dijo arrepentido de su política alimenticia con varios países, especialmente con Haití. El arrepentimiento puede ponerse en duda, pues el exmandatario también había dicho estar arrepentido de su comportamiento sexual mientras fue presidente.

Dos ejemplos de abuso de poder de un hombre sobre una mujer y de una institución o país a otro. Citando a Rebecca Solnit:

“Strauss-Khan creó una atmósfera incómoda y peligrosa para las mujeres, y sería diferente si trabajase por ejemplo, en una pequeña oficina. Pero que un hombre que controla parte del destino del mundo dedique sus energías a generar miedo, miseria e injusticia alrededor de él dice mucho del mundo en qué vivimos y de los valores de las naciones e instituciones que toleran su comportamiento y el de otros hombres como él”.  

Eso suena desmoralizante. Sin embargo, este ensayo, Mundos que colisionan en una suite de lujo, termina con un tono esperanzador. En el caso de Strauss-Khan, aunque no fue a prisión por el cargo de acoso sexual, perdió su cargo y su reputación, dado que, a la demanda de Diallo se sumaron las de otras mujeres que también fueron víctimas de este emperadorzuelo. En el caso de Haití, el FMI le condonó la deuda, en respuesta a la demanda de varias asociaciones civiles internacionales.

Esta es precisamente la esperanza: que la sociedad civil denuncie y apoye a quienes denuncian. No pongamos en duda la voz de los denunciantes por muy poderosos y reputados que sean los denunciados. Sumémonos.

Tengo otro caso que contar muy similar, pero ya será en otra ocasión. Por lo pronto reconozco que Solmit me explica cosas.

A propósito de epidemias

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA de JOSE SARAMAGO en GandhiEnsayo sobre la ceguera

José Saramago (Portugal 1922 – España 2010. Premio Nobel de Literatura 1998)

Imagina que un día cualquiera vas manejando tu auto, dirigiéndote a tu trabajo, te toca un semáforo en alto y justo en el instante en que la luz cambia a verde, te quedas ciego. Sufres una ceguera que lo envuelve todo con un manto blanco como la leche. Ante el caos que provoca tu auto que no avanza con el semáforo en verde se acercan varios curiosos para tratar de ayudarte y en medio del alboroto, un hombre se ofrece a llevarte a tu casa. Siguiendo tus instrucciones se dirige a tu domicilio, manejando tu auto; te ayuda a bajar del auto y llegar hasta la puerta de tu casa, luego te ayuda a abrir la puerta y hasta te ofrece hacerte compañía hasta que llegue tu esposa. Te niegas. Él se va, y se lleva tu auto.

Así inicia la novela de José Saramago que se titula Ensayo sobre la ceguera.

Al día siguiente, después de aceptar la pérdida de la vista de su marido y la el robo del auto, la esposa del ciego lo lleva al oftalmólogo para que le revise esa ceguera repentina. El doctor no encuentra nada mal en los ojos del paciente, es un caso extraño e inexplicable, lo manda a casa sin receta. Después de este paciente atiende a otros que estaban esperando. Ese mismo día, por la noche, el doctor pierde la vista. Su ceguera es blanca como la de su paciente.

Pensando en actuar correctamente, el médico avisa a las autoridades que están ante el posible brote de una epidemia desconocida. Una epidemia que causa una ceguera de forma repentina, pero no una ceguera normal que lo vuelve todo negro, sino una ceguera blanca. Las autoridades deciden ponerlos en cuarentena, la esposa del médico, que aún no ha perdido la vista, finge estar ciega para irse con él. Los aíslan en lo que antes era un manicomio, al médico y su esposa, al primer ciego, a otros dos pacientes que tuvieron consulta con el oftalmólogo y al ladrón del auto del primer ciego. Así empieza la epidemia.

Con 6 personas aisladas hay conflictos, pero la cosa es aún llevadera. Excepto por el ladrón que se trata de propasar con una chica que lleva gafas oscuras, pero recibe su merecido. Los soldados tienen orden de disparar contra los ciegos que se acerquen a la puerta, esto para proteger a los ciudadanos que se encuentran sanos en el exterior.

Poco a poco van llegando más ciegos al manicomio y las raciones de comida no alcanzan. El orden establecido por los primeros 6 pacientes se rompe completamente cuando en el manicomio hay más de 200 personas abandonadas a su suerte. Y entonces un ciego de nacimiento, que tiene ventaja sobre los otros porque ya está acostumbrado a no ver, impone la ley del más fuerte.

En esta novela se muestra claramente la transformación que tienen los personajes. Se puede ver como hay quienes buscan cooperar y otros que buscan imponerse. Puede notarse, también, como la búsqueda del bien común puede prevalecer en grupos pequeños, y cuando estos crecen el bien común ya no existe: la búsqueda de la sobrevivencia y el bien común se ven rebasados por la búsqueda de privilegios de unos sobre otros. Más comida para mí, menos responsabilidades para mantener el mínimo orden, y los demás que le hagan cómo puedan.

Las crisis siempre sacan lo peor y lo mejor de la humanidad.

Dentro de este marco que parece calamitoso y que augura un final trágico, aún existe la esperanza de que la ceguera será pasajera o que encontrarán una cura contra ella; esa ilusión es la que hace que el relato avance; siempre ha sido así, la esperanza ha hecho avanzar a la humanidad ante los desastres.

Esta novela tiene la huella inconfundible de Saramago. Los personajes no tienen nombres, hay un narrador que lo ve todo, incluso el pensamiento de los personajes, pero que no lo sabe todo de antemano, o por lo menos no lo revela anticipadamente. Los diálogos entre los personajes no tienen guiones y sin embargo, siempre se sabe quién habla.

Si pudiera pedir el deseo de escribir como yo quisiera, no dudaría en escoger la forma de escribir de José Saramago. Su inconfundible forma de narrar incorporando refranes y dichos populares, sus planteamientos filosóficos sobre las reacciones del ser humano ante las crisis y su humor satírico, lo han hecho uno de mis escritores favoritos.

Por lo general al terminar de leer un libro, comienzo inmediatamente con uno nuevo. A más tardar al día siguiente. Sin embargo, la sensación de ser un sobreviviente de la ceguera blanca me tenía tan perplejo que dejé pasar una semana antes de poder comenzar un nuevo libro.

Leer a Saramago te cambia la forma de percibir el mundo y esta novela en particular te estruja, te conmueve, te hace reír, te anuda la garganta, te deja en evidencia la fragilidad de los individuos. Las relaciones del ser humano con sus semejantes, con el mundo que lo rodea y hasta consigo mismo descansan sobre sobre una película de jabón que ante cualquier soplo se rompe y todo se viene abajo.

Quizás no sea una novela recomendable para leerse mientras se expande una pandemia por el mundo, sobre todo para quienes son muy susceptibles con sus lecturas. Por otro lado, si te gusta angustiarte con los libros que lees, como me pasa a mí, este es el mejor momento para leer Ensayo sobre la ceguera. ¡Empieza ya!

Argentina, tan lejos y tan cerca

Amazon.com: Una vez Argentina (Spanish Edition) eBook: Andrés ...Una vez Argentina

Andrés Neuman

Editorial Alfaguara, México, 2014

Una vez Argentina es como un álbum familiar en el que Andrés Neuman, a través de anécdotas, nos va describiendo su árbol genealógico.

Su bisabuelo Jacobo, un judío ruso, le robó el pasaporte a un soldado alemán y así adquirió el apellido Neuman. Se embarcó hacia Sudamérica huyendo de los pogromos. Allá conoció a su bisabuela Lidia, también emigrante, de origen lituano ella.

En esta parte, el libro me recordó el libro de Paul Auster, 4 3 2 1 que leí recientemente. En la novela de Paul Auster, el bisabuelo del protagonista también era de origen judío y viajó desde Rusia hasta Nueva York en busca de una nueva vida y en el camino adquirió, por casualidad, el apellido Ferguson. No dejan de maravillarme esas coincidencias en la literatura.

Regreso al libro de Andrés Neuman; este, además de ir contando la historia familiar de su autor, nos va contando la historia de Argentina, esta historia vivida en carne propia por cada uno de los protagonistas. La dictadura militar, la llegada de Raúl Alfonsín a la presidencia, la inflación incontrolable, el campeonato de fútbol en el 86, la guerra de las Malvinas y, por supuesto, los referentes literarios.

“Leía el diario en la casa de mi abuela Dorita. Las páginas centrales festejaban el triunfo de la selección en México. Según las crónicas, una mano divina había conquistado nuestro segundo Mundial, esta vez sin militares, y nos había devuelto las Malvinas. Maradona sonreía desde el Estadio Azteca, lazando la copa dorada como un brindis solar. Mientras buscaba alguna mención del Chino Tapia, me topé de improviso con la foto de un anciano entrecerrando los ojos. Me sorprendió que semejante vejestorio le quitara algo de espacio al fútbol. Era junio de 1986. Los restos del tal Borges descansaban en Ginebra”.

La manera de narrar de Neuman es tan natural, tan entrañable, que es imposible no verse reflejado en alguno de sus párrafos. ¿O será que su etapa de adolescente tímido me vino como un perfecto espejo literario?:

“Mostrar los pies me atemorizaba. Los pasos del pudor me llevaban a ocultarlo ante la vista ajena. ¿Ajena? Quizás los ocultaba de mí mismo.”

“Quise a una pelirroja que no supo que la quería. Ariadna. Admito que, con semejante nombre, hubiera debido sospechar. Pero a aquella edad no andaba uno sobrado de mitología.”

Además de estas citas, que ojalá hubiera escrito yo, viene una de las mejores descripciones sobre la vejez que jamás haya leído y que comienza así: “La vejez se convierte en una visión progresivamente incómoda para sus testigos, un futuro contagioso al que no conviene acercarse demasiado”.

Es imposible no pasar ir de un estado de ánimo a otro al leer éste libro. Además me llegó en un momento donde Argentina me parece más próxima que nunca. Tenía planeado viajar a Argentina el 22 de abril, y quería irme empapando del país sureño a través de su literatura.

Mi intención era pasar unos días en Buenos Aires y luego ir hasta la Patagonia. Pero este viaje estaba destinado a no ocurrir. Primero, enfermó mi mejor amigo con quien pensaba hacer este recorrido. Después, pasó por mi cabeza hacer el viaje en solitario y la pandemia del covid-19 me hizo desechar la idea. Lo dicho, este viaje estaba destinado a no ocurrir. No en este momento, pero presiento que, en un futuro próximo, Una vez Argentina.

Un gótico comtemporáneo

Image result for Las cosas que perdimos en el juegoMariana Enríquez

Las cosas que perdimos en el fuego

México, Editorial Anagrama, 2016

Las cosas que perdimos en el fuego llevaba más de un año en mi librero. No es que le estuviera sacando la vuelta o que estuviera esperando a que la autora ganara el Premio Herralde -lo acaba de ganar por su novela Nuestra parte de noche-, simplemente no le había podido llegar su tiempo. Por fin le llegó su momento y me ha impactado.

Mariana Enríquez ha desarrollado un estilo literario muy particular que se me ocurre llamar Gótico Argentino Contemporáneo -después me enteré de que le llaman Gótico Realista.

Sus historias no se sitúan en castillos medievales ubicados en lo alto de una montaña o en bosques oscuros, pero a veces se mencionan casas lujosas antiguamente que están localizadas en barrios bonaerenses venidos a menos, en los que el paso del tiempo y la falta de dinero para darle mantenimiento, han acelerado el deterioro.

En los cuentos de Mariana Enríquez podemos encontrar diferentes tipos de fantasmas. A veces, están aquellos entendidos como esas almas en pena que necesitan un acto reivindicativo para por fin descansar en paz -como El desentierro de la angelita, cuento publicado en la Revista Literaria Quimera. En otras de sus historias, aparece de manera subyacente el fantasma de la dictadura y el de la pobreza que igualmente asusta hasta a los más valientes.

Las cosas que perdimos en el fuego está formado por doce cuentos que no son precisamente de terror, pero vaya que dan miedo.

Un chico sucio no tiene elementos fantásticos, pero hay personas que creen en cosas fantásticas y que ponen un altar en la calle y le rezan santos delincuentes como El Gauchito Gil o San La Muerte, que al mexicanizarlo estaríamos hablando de El Santo Malverde y la Santa Muerte. Este es un relato ubicado en un barrio bravo de Buenos Aires, que anteriormente era de clase alta y en el que ahora lo único alto es la desigualdad entre las clases. En este relato, hay un niño que vive en la calle con su madre, que huele mal y causa lástima. Una noche, la protagonista lo invita a su casa -la casa antiguamente lujosa- le da de comer, le invita un gelato y pasan cerca de algo que parece un altar satánico. Ningún elemento fantástico, pura realidad hecha literatura.

La hostería nos traslada a una provincia argentina, un lugar al que los bonaerenses van a vacacionar. La hostería en la que se hospeda la protagonista anteriormente era un cuartel militar en el que, durante la dictadura militar de Videla, se encerraba y torturaba a los disidentes. En ese lugar los gritos de dolor y la violencia del pasado quedaron impregnados en las paredes y el terror no se olvida.  En este cuento encontramos elementos fantásticos con un sustento real y cargado de la historia de Argentina.

Los años intoxicados cuenta la adolescencia de tres amigas, desde 1989 hasta 1994. Nos habla de su amistad, del destrampe, de sus experiencias con las drogas (alcohol, marihuana, cocaína, ácidos) y las sitúa en un marco de pobreza, precariedad y abandono; la luz se iba por horas, no había comida y ellas eran flacas por no comer. Luego viene la ilusión de la recuperación económica -cuando la paridad del peso argentino y el dólar era 1 a 1. Además del ese trasfondo económico, está el social. Las chicas estaban a su suerte, nadie se preocupaba por ellas. Una de las chicas tenía llave de su cuarto para evitar que el padre, que siempre estaba borracho, se le metiera de noche. De manera tangencial, el cuento también habla del aborto ilegal.

Las cosas que perdimos en el fuego, cuento que le da nombre al libro, habla de una forma de “protesta” contra la violencia hacia las mujeres y también de un acto de sororidad. Una mujer en el subte, quemada del rostro y la cabeza, se sube a mendigar y saluda de beso a todos los pasajeros. Algunos al verla rehúyen y abandonan el vagón. Según ella, el novio le roció alcohol y le prendió fuego mientras dormía; el novio declaró que fue un accidente y ahora se encuentra libre. Víctima del novio y revictimizada por los jueces que no le creyeron. Igual al caso de ella, hubo otros casos, hasta que el hartazgo por falta de justicia las hace quemarse voluntariamente. Más mujeres solidarias se lanzan a la hoguera: si los hombres no eran capaces de respetarlas, vivirían con monstruos. ¿De qué otra manera podrían hacer patente la violencia que padecían? ¿De qué manera, en que fueran escuchadas?

“Por lo menos ya no hay trata de mujeres, porque nadie quiere un monstruo quemado y tampoco quieren a estas locas argentinas que un día van y se prenden fuego – y capaz que le pegan fuego al cliente también”. [p. 195]

Los relatos de Mariana Enríquez están llenos de una realidad actual e histórica, una realidad más bien maligna que a veces quisiéramos que no fuera real. Sin embargo, los diarios nos dicen que existen los rituales narco-satánicos, las desapariciones masivas, la drogadicción el abandono y la pobreza extrema, el aborto ilegal, los tipos que son capaces de arrojar ácido a una mujer por celos, la violencia de género.

Ojalá que este tipo de historias fueran solo parte de ese universo literario de Mariana Enríquez. Me he vuelto fan de esta autora y en cuanto pueda compraré su nuevo libro premiado para dejarlo reposar un buen tiempo en mi librero.

Antígona buscando a su hermano desaparecido

Image result for antigona gonzalezAntígona González

Sara Uribe

Según el mito griego, Antígona es hija de Edipo y Yocasta, producto del incesto. Recordemos que cuando Edipo nació, el oráculo predijo a su padre, Layo, rey de Tebas, que su hijo lo mataría a él y se acostaría con Yocasta, su madre… y la profecía se cumplió. Cuando Edipo se dio cuenta de lo que había hecho se sacó los ojos. Tiempo después Antígona fue la única que acompañó a su padre ciego hasta su muerte.

Después de la muerte de Edipo hubo una guerra en la que lucharon Polínices y Eteocles, ambos hermanos de Antígona. Pelearon en bandos contrarios y ambos murieron.  Sin embargo, Creonte, el rey del bando ganador ordenó que enterraran a Eteocles, su aliado, y que desaparecieran el cuerpo de Polínices, su enemigo. Antígona no descansó hasta encontrar el cadáver de Polínices y darle sepultura.

Sara Uribe retoma este mito griego y le da vida a Antígona González, una mujer mexicana que busca a su hermano desaparecido, uno de tantos que deja su hogar para emigrar a Estados Unidos en busca de una mejor vida. Uno de tantos que desaparece sin dejar rastro.

Siempre son mujeres las incansables buscadoras, las que no se conforman con cerrar los casos, las que se empeñan en encontrar a los desaparecidos.

Sara Uribe escribió este libro pensando en el mito griego y pensando en los miles de migrantes anónimos que nunca llegan a su incierto destino, pensando en los desaparecidos cuyos nombres quedan archivados en dependencias municipales, estatales o federales y con suerte en algún periódico local; lo hizo pensando en esos cuerpos insepultos.

Lo escribió juntando las voces de los que no se conforman con olvidar a los desaparecidos. A través de fragmentos de notas periodísticas, de declaraciones de los familiares y de cantos de protesta. Pequeños retazos de frases como los pedazos de cuerpos que aparecen revueltos en fosas clandestinas. Y amalgamando todo este dolor, logró un libro escrito en prosa poética, en el que ni la poesía logra endulzar el trago amargo del tema que denuncia.