La sueñoteca

(Basado en el sueño de L)

La noche anterior L había tenido una larga discusión con su hermano P. L decía que todo el mundo sueña, que soñar es una función vital que nos permite mantener la cordura en un mundo tan terrible. Su hermano aseguraba que él no soñaba en absoluto; que si acaso, en algunas noches mientras dormía, le venía a la cabeza una imagen del día que acababa de vivir o un pendiente del mañana. P afirmaba que de esa manera había logrado resolver algunas tareas de matemáticas a las que despierto no había podido dar solución. L insistía que no era posible que sólo soñara cosas de la vida real, que en el mundo de los sueños la realidad siempre es rebasada por la fantasía.

L tomó de la mano a P, como cuando era pequeño y tenía que dejarse guiar para cruzar la calle, sólo que ahora era L quien dirigía a su hermano mayor. Lo condujo hacia lo que parecía un clóset. Al abrir la puerta descubrieron que el espacio era enorme, más bien parecido a un vestidor de súper lujo. Las tres paredes disponibles del clóset -la cuarta estaba ocupada por la puerta- estaban cubiertas de una cuadrícula de madera, pequeños nichos que guardaban cajitas de colores.

Mira, esta es mi sueñoteca –dijo L en el momento en que una comezón terrible le obligó a rascarse el dorso de la mano derecha. Era una comezón muy intensa, localizada en apenas un poro de la piel. Mientras tanto el hermano mayor observaba las cajas de colores archivadas en las paredes. ¿Y cómo organizas todo esto? – preguntó P, sin salir de su asombro.

Muy fácil -dijo L que seguía rascándose la mano-, los tengo acomodados por colores: los sueños que me causan dolor o melancolía los guardo en cajas azules; los sueños que me causan felicidad están en cajas rojas; los sueños en los que puedo volar y hacer otras cosas extraordinarias están en esas cajas verdes. Las cajas rosas tienen sueños de amor y las anaranjadas tienen sueños y deseos.

En ese momento L interrumpió la lista de su catálogo de sueños porque la comezón se había transformado en un dolor intenso, quizás provocado por dormir en una mala posición.

L volteó a ver su mano para tratar de descubrir cual era el origen del dolor y vio como una pequeña flor surgía en el dorso de su mano. Crecía lentamente primero el tallo, luego una hoja y finalmente la flor se desdoblaba para convertirse en un hermoso tulipán color rosa. L mostró a P el tulipán surgido del poro de su piel y dijo: combinando el color de dolor con el de la felicidad obtenemos un morado, aquí guardaré este sueño.

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El premio a la insistencia

Verónica E. Llaca

La simetría de los árboles

México, Editorial Planeta (Joaquín Mortiz), 2016

Resultado de imagen para la simetria de los arbolesA veces ser empecinado tiene sus recompensas. El premio puede ser simplemente la satisfacción que se siente al finalizar la tarea. Por ejemplo, cuando colocamos la última pieza de un rompecabezas, o cuando, tras subir una cima, nos giramos para observar el camino recorrido, el punto de origen, la cuesta empinada. Y entonces viene la sensación de que ha valido la pena el esfuerzo.

No crean que voy a comenzar una perorata acerca de la perseverancia y de perseguir tus sueños; soy demasiado receloso de esas frases motivacionales acompañadas de un bello paisaje que abundan en las oficinas empresariales. A decir verdad, no soy un ejemplo en cuanto a eso de luchar incansablemente por un objetivo. Un inicio de novela que lleva incubándose algo así como dos años y una decena de cuentos inacabados pueden dar cuenta de ello; además de los libros abandonados a medias, del curso postergado de certificación de yoga, de la pared sin pintar del jardín y de algo que las lluvias de verano me han recordado con sorna, la impermeabilización del techo de mi casa. Podría dar más ejemplos en cuanto a mi inconstancia, pero creo que ya dejé claro el punto.

Esta vez, sin embargo, quiero hablar de una vez en la que me revestí de tenacidad y tuve un premio a mi insistencia de cobrador de Coppel o cualquiera de esas tiendas que venden electrodomésticos en abonos.

La escritora Verónica E. Llaca, ganadora del Premio Nacional de Novela Negra Una Vuelta de Tuerca 2015, vive en la misma ciudad que yo, y pensé que sería una gran idea invitarla a grabar un podcast con 3C Libros, en el que hablaríamos sobre novelas detectivescas. La busqué en Facebook, redacté una larga carta de invitación, en la cual recurrí a mi pasión por la literatura y por el yoga (Verónica E. Llaca además de escritora es maestra de yoga), se la envié y me senté a esperar.

Después de dos semanas estaba a punto de darme por vencido. Pero pensé que nada perdía si buscaba otra manera de hacerle llegar la invitación. Me sumergí nuevamente en internet y llegué a un catálogo de artistas queretanos en el que encontré el medio de contacto. Dos o tres semanas más tarde llegó la respuesta a través de Facebook.

Para no hacer larga esta historia, resumo diciendo que tomó algo así como dos meses ponernos de acuerdo. El momento en que la autora tocó a la puerta de mi casa en la fecha y hora fijadas para la grabación, fue como colocar la última pieza del rompecabezas.

Leer La simetría de los árboles de Vero E. Llaca fue otro gran premio en mi camino a la entrevista tan deseada. En este libro, la protagonista Laura Fernández nos cuenta a manera de confesión o, mejor dicho, como si el lector fuera su psiquiatra, qué es lo que la llevó a ser internada en una clínica de salud mental. Las razones de ese desequilibrio emocional son muchas y son contadas de manera no ordenada cronológicamente, lo cual requiere de mucha atención por parte del lector-psiquiatra, para ir armando ese rompecabezas.

La hermana de Laura fue asesinada, lo cual provoca una profunda depresión a su padre que se encierra por un año en su cuarto. Después de ese año de duelo, sale de la habitación y de la casa para no regresar jamás. Laura, por su parte, escucha la voz de su hermana muerta, desde su interior, como si se hubiera enquistado en su propio cuerpo. Encontrar a su padre desaparecido se convierte en una obsesión que la aleja de su familia, de sus amigos y hasta de Santiago, el amor de su vida.

De esa línea principal en la trama salen muchas ramas. La relación entre vivos y muertos nos da una reminiscencia a la tradición rulfiana. La familia de Laura y la de Santiago son inmigrantes españoles que llegaron a México huyendo de la dictadura franquista, así es que la novela también tiene una veta histórica. La muerte de la hermana de Laura estuvo relacionada con el narcotráfico, por lo que también tiene una ramita que nos muestra un poco de la corrupción y el tráfico de drogas que azotan al país desde hace un tiempo. Otra rama importante en la historia es la relación amorosa entre Laura y Santiago que por diversas circunstancias no han podido estar juntos. En la corteza de esa historia que crece como un gran árbol, encontramos también referencias a otras artes, como La nave de los locos del Bosco; la arquitectura y esculturas en los cementerios de La Recoleta en Buenos Aires y el Père-Lachaise en París; el libro de Sebastian Brant titulado Stultifera Navis, etc.

Y como un remate floral que adorna La simetría de los árboles, encontré muchas frases y conceptos que me dejaron pensando después de terminar el libro. ¿Cuál sería mi posición sobre la eutanasia? ¿De qué depende mi equilibrio mental? ¿Cómo afecta el bagaje familiar a mi propio comportamiento? ¿Por qué valoro tanto mis recuerdos?

Quiero detenerme en las últimas dos preguntas, porque las respuestas, que ya estaban en mi cabeza, encontraron una redacción perfecta en el libro de Vero Llaca.

“Quizás eso sea lo que compone nuestra memoria celular, fragmentos de vida de nuestros antepasados que a veces no son tan notorios como la sensación de caminar manteniendo el equilibrio.”

“El único capital que tenemos son nuestros recuerdos, así que conserva recuerdos que te hagan feliz cuando llegues a la edad en que vivas de ellos”.

Al final, Laura ve tristemente recompensado el esfuerzo puesto en la búsqueda de su padre. Santiago se arrepiente de no haberle insistido lo suficiente a Laura. Y yo estoy sumamente satisfecho de no haber desistido en mi búsqueda de Vero Llaca. La recompensa más grande a mi terquedad fue haber compartido con ella y con mis amigos Mike y Rag, una entretenida charla sobre libros y mil temas más. Uno de esos momentos que tendré que atesorar para cuando tenga que vivir de mis recuerdos.

 

Dejo el link de spotify en el que pueden encontrar las dos partes de la entrevista con Vero E. Llaca, acerca de la Simetría de los árboles

 

 

Sueño eterno

(Basado en los sueños de M)

Para mi papá en su santo.

Estaba ansioso de recibir la noticia de su alta. Su habitación daba a un hermoso jardín, aunque desde la posición de la cama sólo alcanzaba a percibir una pequeña mancha verde de pasto y unas cuantas aves del paraíso con sus hojas abiertas como abanico. El canto de las aves le había hecho más llevadera la recuperación. Llevaba días internado en un silencioso hospital, después de la que sería su primera intervención.

– ¿Y la monjita? – le dijo a su hija al despertar de un sueño sereno.

– ¿Quién?

– La que me dio la comunión.

– Papá, no ha entrado nadie.

– ¿No viste a la monjita?, traía una falda larga color azul cielo y tenía unas facciones muy bonitas. Me dijo que ya nos podemos ir.

En ese momento entró al cuarto el hijo mayor acompañado del médico que reflejaba en su rostro la buena noticia sobre la salud de don Alfonso: estaba listo para irse a su casa.

Unas horas más tarde, aún en silla de ruedas, pero ya vestido con su propia ropa en lugar de esa agraviante bata que deja toda la espalda descubierta, don Alfonso recorrió el pasillo blanco acotado por el jardín. En el fondo de un pequeño oratorio, casi junto a la salida, vio la imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, con su hábito azul celeste de delicado perfil y mirada tierna, tal como la novicia que había visto al despertar.

***

Años más tarde, la hija de don Alfonso -ahora en su rol de madre- iba comentándole a sus tres retoños mientras los llevaba a la escuela:

– Tuve un sueño extraño. Soñé con su abuelo. Me decía que le pasara la chaqueta del perchero y yo, al alcanzarla, me espanté porque encima de ella había una araña de esas planas. Le dije que no quería que se la pusiera y entonces la araña comenzó a crecer. Se hizo cada vez más grande y el abuelo me decía que no la veía, que no veía nada. Desde que desperté quería contarles el sueño para que no se hiciera realidad.

Por la tarde, mientras recogían los trastes de la comida, sonó el teléfono. Esta vez las noticias no eran buenas: el abuelo nuevamente estaba enfermo, al parecer un derrame le había nublado la vista. El presagio de la araña, ahora plasmada en un encefalograma, crecía de manera imparable.

***

Meses después, todavía en un proceso de duelo que no termina de cicatrizar, la hija se obliga a sacar a pasear al perro a caminar. Hay que distraer la tristeza, se dice a sí misma. Y mientras camina se pierde en pensamientos. Se acerca el 12 de diciembre y quiere ir a hacer una ofrenda a la Virgen, para pedirle por su padre que ya no está. Y por ella, que debe seguir estando. Llega rendida a casa, aunque el perro aún quiere jugar. Se acuesta sin cenar y apenas toca la almohada, un sueño profundo como el mar arrastra su pesar.

A la mañana siguiente, su esposo la despierta y le dice que se tranquilice, que sólo está soñando. Ella abre los ojos y se limpia las lágrimas de felicidad, todavía diciendo “gracias por venir”. La última imagen grabada en su subconsciente es la de su padre entrando por la puerta de su casa con los brazos abiertos y un efusivo “mija, ¿quién es la favorita?”.

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Su huella (microrrelato)

Es apenas la segunda vez que me aventuro en esto de los microrrelatos, y realmente no sé cual es el secreto. Me imagino que se trata sólo de dejar una idea que eche a volar la imaginación del lector. Como el inicio de algo mucho más grande.

¿Qué continuación le darían al siguiente microrrelato?

Su huella.

Estando ahí, frente a ella, hice conciencia por apenas unos segundos que quería conservar ese momento en mi memoria. Cada detalle, cada palabra, cada parpadeo, cada roce. Quería conservar esa huella que ella estaba imprimiendo en mí. Esa era la única forma en que podría durar para siempre.

 

Más allá de las olas.

Después de un tiempo ausente de este blog regreso con más relatos basados en sueños. En esta ocasión se trata del sueño de una amiga que conocí en la secundaria. Nuestros caminos se cruzaron momentáneamente, luego se separaron por las mismas inexplicables razones por las que se juntaron. Hablamos poco; ambos éramos extremadamente tímidos; quizás más yo. Pero a veces un momento breve, una frase, una mirada son suficientes para establecer conexiones perdurables.

Sin más preámbulos, comienzo una breve historia basada en el sueño de N.

Más allá de las olas.

olas

Trepada en un risco, la pequeña Nadia observaba las olas del mar reventando a sus pies. A su espalda, a unos diez metros de distancia y oculto detrás de una roca alta, Raimundo la observaba en silencio. Nadia alzaba los brazos y hacía movimientos circulares hacia su derecha, luego a la izquierda y luego al centro, como si estuviera dirigiendo una orquesta. Raimundo sabía el motivo de estas oscilaciones y sonrió.

Durante el recreo, de casualidad, Raimundo había escuchado una conversación en la que Nadia le decía a Lupita que había ido al cine a ver Fantasía 2000 de Disney, que le había encantado. Y ahora estaba ella jugando a ser aprendiz de brujo con el mar.

Raimundo había hablado pocas veces con Nadia y cada vez que tenía que hacerlo porque les tocaba hacer algún trabajo en equipo, lo hacía con la cara sonrojada y una tartamudez incontrolable. Pero esa tarde había decidido seguirla a la salida de la escuela. Sin que ella se diera cuenta, por supuesto. Había guardado una distancia prudente para no ser descubierto y en un par de ocasiones en que Nadia volteó para cruzar la calle, se había metido a una frutería y se había ocultado detrás de un puesto de revistas. Él sabía que ella vivía cerca del embarcadero, pero por alguna razón, Nadia había desviado su camino hacia los riscos. Y la razón era ese ritual mágico.

A medida que pasaban los minutos, los movimientos de Nadia eran más amplios y el mar se iba picando, in crescendo como la misma obra de Paul Dukas. Las olas chocaban contra el risco salpicando a veces las piernas de Nadia. La espuma escalaba más y más con el ir y venir del mar.  La marea iba subiendo y Raimundo observaba preocupado la embestida de las olas. Y cuando creía que aquello ya era sumamente peligroso gritó: ¡Nadia!

Nadia giró y aún sin distinguir quién la llamaba, dijo: ¿Lalo?

Raimundo salió de su escondite y corrió hacia Nadia. De pronto un impulso lo dominó como un conjuro que moviera sus piernas involuntariamente. Quería abrazarla y convertirse en su héroe. Y cuando estaba a pocos pasos de alcanzarla, una enorme ola se alzó a las espaldas de Nadia y los devoró a los dos.

Después de unos segundos de confusión, Raimundo sintió un golpe en el hombro y un raspón en la rodilla. Estaba aguantando la respiración y tenía los ojos cerrados. No sabía hacia donde debía nadar para alcanzar la superficie. La desesperación comenzaba a apoderarse de él. Abrió los ojos y vio a Nadia con los cachetes inflados, y los ojos llenos de terror. Raimundo recordó que quería ser su héroe y nadó hacia ella para tranquilizarla. La tomó de la mano y dijo: No te preocupes, puedes respirar.

Nadia soltó el aire que acumulaba en sus cachetes, se relajó. Juntos nadaron hacia el fondo del mar, se sentaron sobre una alfombra verde de algas y ahí conversaron como no lo habían hecho nunca en su otro mundo.

 

La indignación y la rabia

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Viaje a Yucatán II

John Lloyd Stephens

México, Ediciones Promo Libro

¿Alguna vez han estado a punto de dejar un libro por la indignación que les causa leerlo? Yo estuve a punto con El viaje a Yucatán II de John Lloyd Stephens. ¿Y porqué causaría indignación un libro que habla de viajes?

Quizás debo empezar diciendo que, hasta hace poco, era un necio que casi nunca abandonaba un libro. A pesar de lo sinuosa que pudiera resultar una lectura, yo me empeñaba en terminarla, pensando que quizás lo mejor estaba por venir. Y en algunas veces resultó así. Por ejemplo: El diario de un caracol (1972) de Günter Grass fue un libro pesado, poco interesante, ininteligible por momentos. Cada página llena de nombres y siglas sin significado para mí se volvía más fatigosa, y sin embargo seguí. Ya casi al final del libro, a manera de premio a la perseverancia, aparece un grabado de Alberto Durero llamado Melancolía, seguido de una disertación que valió la pena el tortuoso camino a través de más de 400 páginas.

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Ahora sigo siendo un necio y mi porcentaje de abandono de libros sigue siendo bajo. Hay quienes aconsejan que si llegas a la página 100 y no hay nada que te vincule al libro, lo dejes. Otros dicen que con 50 páginas es más que suficiente para saber cómo será el resto del libro. Pero no hablan para nada de cuáles son los sentimientos que provoca el libro que te orillan a abandonarlo. Podría ser la tristeza, el miedo, la rabia, la abulia y quizás la indignación.

John Lloyd Stephens (1805-1852) fue un explorador, escritor y diplomático estadounidense que en los años treinta del siglo XIX hizo varias expediciones a Centroamérica y el sur de México para explorar sitios arqueológicos. Documentó sus experiencias en Incidentes de viaje en América Central, Chiapas y Yucatán Vols. I y II, todos ellos con ilustraciones de Frederick Catherwood, quien lo acompañó en sus travesías. Sus relatos son tan interesantes que sirvieron de inspiración a Edgar Allan Poe. Como diplomático, Stephens desempeñó un papel crucial en la negociación y planeación del ferrocarril trans-ítsmico de Panamá. Mientras supervisaba la obra del ferrocarril, contrajo la malaria y aunque fue llevado a Nueva York para su tratamiento, no logró sobrevivir.

Con tales cartas de presentación, pareciera que la indignación no podría ser un sentimiento producido por sus libros. Sin embargo, lo es.

En alguno de los pasajes de Viaje a Yucatán II, Stephens relata como encuentra una pintura dentro de uno de los muros interiores de una pirámide. Llama al dueño de la finca y le pide que lleve a un cantero para que extraiga el muro. Pero como el muro con la pintura es tan grande, no puede salir por la puerta, por lo que pide que destruyan el techo y lo saquen por arriba. Finalmente, no pudo llevarse el muro por lo pesado que era y escribe “ojalá llegue otro compatriota que se lleve esa pintura a la National Gallery”.  John Lloyd Stephens, como muchos arqueólogos sin ética profesional, era un cazador de tesoros, un saqueador de templos y tumbas. Pero lo más indignante, es que el dueño de la finca accede a que se lleve lo que quiera.

Para sumar a mi indignación, Stephens se refiere en varias ocasiones a los habitantes de Yucatán, como una raza abyecta, ignorante, sucia y miserable, a la cual era fácil explotar. Un fragmento aquí para demostrarlo, en el que habla sobre los cultivos de azúcar:

“[…] la línea desde Campeche a Tabasco es muy buena para aquel cultivo, desde donde estará al alcance en los mercados extranjeros. Las principales ventajas consisten, primero en que no hay que emplear el trabajo de los esclavos y, segundo, en consecuencia, de que no se necesita el grueso capital para la compra de ellos. En Cuba y la Luisiana el plantador tiene que contar entre sus gastos el interés del capital invertido en la compra de esclavos y el costo de su manutención; mientras que en Yucatán no tiene que desembolsar ese capital: el trabajo del indio, según afirman personas competentes que lo han comparado con el del negro de Cuba, es el mismo que el de éste, y, dando ocupación constante a los indios, puede cualquiera procurarse el número que le apetezca a razón de un real diario, que es menos del interés del costo de un negro, y menos que el gasto de mantenerlo, aún cuando no costase nada”.

¿Cómo no llenarse de indignación al leer tanta voracidad y tanto desprecio por negros e indios? En ese punto estuve a punto de abandonar el libro. Una inmensa rabia contra el autor crecía en mi estómago. Pero como lo mencioné antes, sigo siendo un necio.

A pesar del enojo, seguí la travesía a través de la península, en una época en la que Santa Anna perdía gran parte del norte del país y contenía la revolución en el sur; aguantando el calor, las garrapatas, los mosquitos, la falta de agua y a veces de comida; y por otra parte, asombrándome con las estructuras mayas cubiertas de maleza, refrescándome en los cenotes que servían como única fuente de agua en zonas en las que no hay lagos ni ríos naturales, y maravillándome con todos los vestigios de una civilización que dominó la arquitectura, la astronomía (esto no lo supo Stephens), la escritura, la escultura y muchas cosas más.

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Y entonces descubrí que no todo mi coraje era producto de lo que escribió Stephens hace más de 170 años. El coraje era (es) principalmente porque la humillación del vecino del norte hacia todos los mexicanos, en especial a nuestros indígenas sigue presente. La indignación es porque han pasado más de 170 años y persisten la miseria, el analfabetismo y otras formas de ignorancia que vio el explorador estadounidense. El enojo es porque el servilismo y el sometimiento ante los norteamericanos han cambiado de forma, pero prevalecen. La rabia es porque gobiernos van, gobiernos vienen, cambian de color y de siglas partidistas, pero todos agachan la cabeza ante el Estados Unidos. La rabia crece por la iniciativa Mérida, por el acuerdo migratorio, por que siempre actuamos con la anuencia de su majestad o no actuamos; la rabia me ahoga porque somos humillados y además debemos estar agradecidos por sus empresas (las plantaciones de azúcar han dejado de ser redituables) y porque nos libraron de sus aranceles. La indignación es por ser un patio trasero.

Viaje a Yucatán de John Lloyd Stephens, es una excelente crónica de viaje que te transporta a otra geografía y otra época, pero hay que leerlo con un nudo en el estómago. Las maravillosas ilustraciones de Frederick Catherwood siempre ayudan a clarificar las descripciones y a veces sirven de oasis en medio de las quejas de Stephens. Es un libro recomendable para todos aquellos que, como yo, son arqueólogos frustrados y también para aquellos que quieren reflexionar sobre una realidad dolorosa de México.

 

La puerta de entrada

(Basado en el sueño de Lu)

La cama es la puerta que separa el mundo real del onírico. Al acostarte entras al mundo de los sueños. Al levantarte regresas a la realidad. Así es como funciona normalmente, pero a veces este portal parece dar un giro de 180 grados y todo se trastoca.

Cuando entré a la secundaria sufrí muchos cambios. La adolescencia a todos nos afecta, decía mi madre. Yo veía a Claudio, mi hermano mayor, tan tranquilo, sólo con una voz más gruesa y un bigote incipiente. Yo en cambio tenía una confusión terrible entre lo real y lo soñado, sin mencionar los cambios físicos en mi cuerpo.

Una mañana le reclamé a Claudio por no haberme dejado dormir toda la noche con sus canciones de trova y él me dijo que estaba loca que jamás cantaría semejante cosa. Y ya meditando un poco, entendí que eso no era posible, Claudio es un metalero irredento y yo que soy un año menor, adquirí sus mismos gustos musicales.

Otro día al bajar a desayunar le pregunté a mi madre qué iba a hacer con todas las gallinas que estaban en el patio, y ella me dijo asombrada que en la casa no había gallinas. Después reímos juntas cuando le conté mi sueño.

Todos eran sueños muy vívidos.

Al entrar en la preparatoria, más de alguna vez me levanté a las tres o cuatro de la mañana. Me metí a bañar, me vestí y me arreglé para ir a la escuela. Y cuando bajé a la cocina esperando encontrar a mi madre con el desayuno listo, me di cuenta que un sueño me había hecho una mala broma. El despertador no había sonado aún, ni mi hermano había salido de bañarse antes que yo.

Lo contrario también llegó a ocurrir. Dentro del sueño me levanté, y seguí todo el ritual para irme a la escuela. Hasta estoy segura que desayuné un pan con mermelada y un poco de leche. Y justo cuando estaba por darle el último sorbo al vaso de leche, escuché el grito apurado de mi madre diciéndome que no alcanzaría a llegar a la escuela si no me levantaba inmediatamente.

La culpa no era mía. Era esa cama que había pertenecido a mi abuela Clara. Ella padeció sonambulismo desde los 13 años hasta sus últimos días. Diariamente dejaba varias bandejas con agua alrededor de la cama, para despertar en caso de levantarse dormida.

Yo afortunadamente no he tenido que llegar a tanto, sólo debo de cantar Dream on de Helix al despertar, para saber que no estoy soñando.