La ola que regresa – de Fabio Morábito –

Lunes, lava, baldíos. Estas palabras aparecen dispersas en el primer libro de poesía de Fabio: Lotes baldíos. Los siguientes se llaman así: De lunes todo el año y Alguien de lava. Este hallazgo, que pudo haber sido incidental para el autor, da la primera nota de unidad en esta trilogía reunida en La ola que regresa.

Lotes baldíos marca senderos que seguirá recorriendo en los libros posteriores: la Ciudad de México, la soledad del emigrado, la nostalgia por las cosas pequeñas. Es con los tirones de una música que seduce que la lectura se hace. Las palabras descuelgan y van encajando en los lugares precisos para que el sonido  se acompañe del silencio. No hay prisa ni grasa, en la levedad de los versos no se distingue esfuerzos inútiles y búsquedas estructuradas. Hay voluntad de abandonarse y dejar que el poema se desarrolle —Hoy no mido mis versos/ no disciplino mi corazón— y pare cuando tenga que parar. Brevedad y secreta complejidad, para decirlo con Borges. Aun en su aparente docilidad, los versos tienen múltiples vistas. Este primer libro remata con Canto del lote baldío, una representación de ese territorio como lugar de lo salvaje, de la naturaleza que reclama un lugar en la ciudad, de una alucinación del mar perdido.

Es en el libro intermedio, De lunes todo el año, donde encuentro los poemas más hermosos, los que se ajustan mejor a mi experiencia y a mis olores, los que en transfiguración de experiencia personal logro sintonizar más claro. Aquí viene el primer poema que conocí de Morábito: A fuerza de mudarme/ he aprendido a no pegar/ los muebles a los muros, / a no clavar muy hondo, / a atornillar sólo lo justo. Estas líneas inician en mi un proceso mental donde mis mudanzas se parecen a la del poema, tan respetuosa y extraña. Este texto forma parte de las dos primeras series, ligadas fuertemente a la Ciudad de México, con un personaje que conocemos por lo que dice en voz baja sobre los columpios, la vida atrás de las ventanas y el ruido que comparten todos en un edificio: mejor la filtración de los sonidos que el insensato enclaustramiento. De nuevo hay lava; es otra representación del mar en desplazamiento lentísimo, enmarcada para que apreciemos su vigor. Hay una vacilación del protagonista en la tristeza que siente de no tener más oficio que el de las letras, un destino que añora el esfuerzo físico y que lo hace sentir envidia hasta de los inefables burócratas. Tercera y cuarta series vuelven a las tristezas y separaciones del emigrado. Qué enorme goma de borrar/ es el océano, / con más verdad/ que todas las promesas. Madurez y primera adolescencia comparten el sentimiento de lejanía y patria perdida. Ya la quinta serie se inaugura con el poema del título del libro. Es lunes, y hay que perpetuarlo todo el año. No como día de vuelta a las impuestas obligaciones, sino su reverso, al giro de la rebeldía.

También dividido en cinco secciones, el último libro tiene en su inicio una declaración así. No quiero, pese a todo, / muros gruesos, / tan gruesos que no oiga/ el silencio de los otros. Una reelaboración del poema que Fabio esta escribiendo desde Lotes baldíos. Mejor esa convivencia omnipresente a una celda aislada. Ventanas encendidas, mi tormento. Es la mirada del protagonista que no cesa de prolongarse, de derretirse y encenderse; de buscarnos y hacernos a nosotros también de lava. Nuestro cuerpo sigue disolviéndose hasta que oscuro y necesario como la escritura, / que es brasa que también, / con calculada lentitud, se enfría.

Gran sertón: veredas – de João Guimarães Rosa –

Un diálogo donde tenemos que intuir las respuestas de la segunda persona por las palabras del narrador, un paraco viejo que puede estar imaginando un fantasma para ir soltando trozos de su vida. Con esto se puede comenzar. Después pensar que el libro se trata de un viaje a caballo por un mundo perdido donde la lección de botánica nos inunda por quinientas páginas. También que es una historia de amor frustrada, como todas las historias de amor que valen la pena. Además están las pasiones de los hombres: su venganza, su miedo, sus momentos mágicos de confianza, su levantamiento para después presentarse de manera solitaria ante la muerte. Agregaría que es un romance de la mayor isla del continente americano: Brasil. Una isla rodeada del mar de la lengua española casi en su totalidad. Una isla a la que sus vecinos literarios regularmente ignoran. ¿Habría que tener el primer acercamiento con uno de sus clásicos? Vale la pena tomar los riesgos por los beneficios.

Me concentro en ciertas historias  del paraco viejo con las que va trazando su vida. La que más me apasiona es la de él, Riobaldo, con Reinaldo, su compañero. Un amor que surge con el reconocimiento del valor y la clara aceptación de cuando dos personas deben estar juntas. En medio esta un demonio que sólo existe en la cabeza de Riobaldo y que arroja un estado de glaciación en lo que hubiera podido ser un hermoso infierno. Guimarães Rosa sintió todo el tiempo la pulsión de entregarse a ese desenlace, pero sabía que el libro lo hubiera quemado. El final que nos presenta tiende a decepcionar a los salvajes o a reconciliar la buena conciencia. Sin embargo, se presiente que el final es otro y que esa vuelta de tuerca es floja. Hay que tomar la llave y dar ese otro apriete. ¿Qué más hay en esta novela de paracos brasileiros del siglo XIX? Una representación del miedo y cómo se puede derrotar en ciertos momentos, en otros, rendirnos sin nunca aceptar la batalla. Están los momentos de transición a la frontera de los hombres que han nacido para mandar.  Esta su naturaleza, matándose por esa sensación de poder y respeto. Hay una voluntad de girar las palabras para que se arrastren o salten hasta despedazarse. Hay momentos de pesadez y lentitud que desaparecen cuando los gestos del amor, el impulso del odio, la ceguera de la violencia o la confrontación de los sentimientos lanzan sus destellos.  Hay un libro que vale leerse. Y ante la anunciada pregunta si era necesario escribir ese número de páginas para decir lo que se dijo, hay que esperar y decir que el mar no tendría porqué ser más pequeño.

Siempre juntos y otros cuentos- de Rodrigo Rey Rosa –

Analicemos las pruebas. Roberto Bolaño señaló  a Rodrigo Rey Rosa como el mejor cuentista de su generación. Ante una sentencia de ese tamaño siempre habrá discusiones largas y argumentos repletos de nombres: el canon contra los oscuros. Olvidemos el adjetivo mejor para evitar sombras en la página y leamos los cuentos de esta antología que nos presenta la editorial Almadía. Diecisiete piezas de longitud variable, agrupadas en bloques cronológicos. El editor hace una apuesta: abre la serie con textos del libro más reciente, Otro Zoo, para después continuar con aquellos que aparecen en el primer libro, El cuchillo del mendigo / El agua quieta, son veintiún años de separación entre ambos. Pocos escritores soportarían este margen de contraste: la fuerza y madurez adquiridas en el camino regularmente intimidarían los rasgos de experimentación y búsqueda de los primeros años. Acá hay que hacer una pausa. Acá no pasa lo mismo. La cuidadosa selección de palabras es constante en los dos conjuntos. La incertidumbre, la penumbra y la caída también. No se vislumbran fórmulas ni devoción ciega por los métodos. Existen los finales donde el hacha pendula hacia atrás y antes de que caiga llega el punto que no parece final. En otros, el malestar, o una extrañeza, se va colando de a poco, hasta que la saturación se consigue. Ahí esta Guatemala ciudad, la Alta Verapaz, el Petén y las primeras muestras de un escritor que parece no creer en la superstición de los inicios con frases escandalosas, ni los finales de sorpresa reveladora. Ambas cosas se agradecen. Después viene el texto más largo del libro, Cárcel de árboles, una historia que da para una novela y que Rey Rosa condensa en cuarenta páginas: una esclavizante presencia ubicua, una celebración de la escritura, el suspenso colgado de los árboles y una deliciosa intriga neuronal que alimenta un poema. La capacidad de generar historias de Rodrigo, esas que persisten más allá del estilo, tiene como una de sus joyas este relato. Estamos pasados de la mitad del libro y aun faltan dos bloques, el siguiente formado por un texto solitario de 1994, La peor parte, una brevedad que es una lección. Sin la pesadez del didactismo, el narrador nos muestra como se pueden tratar localismos latinoamericanos sin volver a la cueva del costumbrismo. Un aliento venido desde muy atrás empuja hacia adelante. La parte final son relatos de Ningún lugar sagrado, con atmósferas en Nueva York. No hay provincianismo de ninguna clase; se habla de la ciudad pero sin que ella se coma las ideas, el ritmo o la estructura. Hay ejercicios donde conocemos el diálogo entre dos personas mediante una sola voz, un juego donde la mano aparece y desaparece. Hay una peculiaridad en donde se entierra a la trama y se sueltan fragmentos con la capacidad de sorprendernos. Sin hacer del drama o la emoción una pañoleta barata, se envuelven los pedazos en un aire lacónico y sobrio. Aquí el final. Releo el texto y pienso que me hubiera gustado señalar defectos e imprecisiones. Me detengo, sería una sólida prueba de mezquindad. Me siento ante un escritor de verdad, una figura que emerge de lo oscuro para situarse en el canon. De nuevo, un punto lateral, excéntrico, que posiciona un nuevo canon.