Sueño eterno

(Basado en los sueños de M)

Para mi papá en su santo.

Estaba ansioso de recibir la noticia de su alta. Su habitación daba a un hermoso jardín, aunque desde la posición de la cama sólo alcanzaba a percibir una pequeña mancha verde de pasto y unas cuantas aves del paraíso con sus hojas abiertas como abanico. El canto de las aves le había hecho más llevadera la recuperación. Llevaba días internado en un silencioso hospital, después de la que sería su primera intervención.

– ¿Y la monjita? – le dijo a su hija al despertar de un sueño sereno.

– ¿Quién?

– La que me dio la comunión.

– Papá, no ha entrado nadie.

– ¿No viste a la monjita?, traía una falda larga color azul cielo y tenía unas facciones muy bonitas. Me dijo que ya nos podemos ir.

En ese momento entró al cuarto el hijo mayor acompañado del médico que reflejaba en su rostro la buena noticia sobre la salud de don Alfonso: estaba listo para irse a su casa.

Unas horas más tarde, aún en silla de ruedas, pero ya vestido con su propia ropa en lugar de esa agraviante bata que deja toda la espalda descubierta, don Alfonso recorrió el pasillo blanco acotado por el jardín. En el fondo de un pequeño oratorio, casi junto a la salida, vio la imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, con su hábito azul celeste de delicado perfil y mirada tierna, tal como la novicia que había visto al despertar.

***

Años más tarde, la hija de don Alfonso -ahora en su rol de madre- iba comentándole a sus tres retoños mientras los llevaba a la escuela:

– Tuve un sueño extraño. Soñé con su abuelo. Me decía que le pasara la chaqueta del perchero y yo, al alcanzarla, me espanté porque encima de ella había una araña de esas planas. Le dije que no quería que se la pusiera y entonces la araña comenzó a crecer. Se hizo cada vez más grande y el abuelo me decía que no la veía, que no veía nada. Desde que desperté quería contarles el sueño para que no se hiciera realidad.

Por la tarde, mientras recogían los trastes de la comida, sonó el teléfono. Esta vez las noticias no eran buenas: el abuelo nuevamente estaba enfermo, al parecer un derrame le había nublado la vista. El presagio de la araña, ahora plasmada en un encefalograma, crecía de manera imparable.

***

Meses después, todavía en un proceso de duelo que no termina de cicatrizar, la hija se obliga a sacar a pasear al perro a caminar. Hay que distraer la tristeza, se dice a sí misma. Y mientras camina se pierde en pensamientos. Se acerca el 12 de diciembre y quiere ir a hacer una ofrenda a la Virgen, para pedirle por su padre que ya no está. Y por ella, que debe seguir estando. Llega rendida a casa, aunque el perro aún quiere jugar. Se acuesta sin cenar y apenas toca la almohada, un sueño profundo como el mar arrastra su pesar.

A la mañana siguiente, su esposo la despierta y le dice que se tranquilice, que sólo está soñando. Ella abre los ojos y se limpia las lágrimas de felicidad, todavía diciendo “gracias por venir”. La última imagen grabada en su subconsciente es la de su padre entrando por la puerta de su casa con los brazos abiertos y un efusivo “mija, ¿quién es la favorita?”.

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